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martes, 15 de noviembre de 2011

Los intelectuales y la crisis de la izquierda. Por Carlos Illades.




Nuestro compañero Carlos Illades del Seminario "Enfoque metodológicos para el estudio de la historia intelectual y de la filosofía" ha presentado la siguiente intervención en el encuentro "La cultura política de la Revolución y de la izquierda democrática en México" que tuvo lugar en el CIDE México el 8 de noviembre de 2011.





Intelectuales y la crisis de la izquierda. Por Carlos Illades.


Hoy día es tópico afirmar que la izquierda está en crisis. El meteoro neoliberal debilitó apreciablemente a la clase obrera industrial, sujeto revolucionario del marxismo clásico, al grado de que su retroceso parece a Eric Hobsbawm irreversible, y desmanteló el Estado benefactor, soportes ambos de la socialdemocracia. Tras la implosión del socialismo realmente existente en Europa oriental, el flanco comunista todavía no recompone su paradigma político de manera tal de articular una alternativa creíble al statu quo que coloque en el centro la cuestión social, ese logos que da sentido a su existencia, y su expresión socialdemócrata no ha ido más allá de asumir las premisas de sus adversarios. Entre tanto, día a día la derecha europea en el poder socava las conquistas que los trabajadores lograron en la posguerra (pleno empleo, educación gratuita, salud pública, pensiones y seguro al desempleo). La desconfianza, dice Tony Judt, ha roto los lazos cohesivos incluso en sociedades que se caracterizaron por ser las más igualitarias del planeta
[1].
En América latina el curso ha sido algo distinto, ya que después de dos décadas de administraciones neoliberales actualmente la mitad es gobernada por la izquierda, pero, salvo Brasil y Bolivia, no hay evidencia de que el discurso y las prácticas políticas de aquélla sufrieran transformaciones significativas, por no hablar de un retorno al populismo en varios países. México, la única de las naciones grandes del subcontinente donde la izquierda todavía no alcanzó la presidencia de la república, aunque con oportunidades reales en 1988 y 2006, tampoco escapó a esta ruta. De hecho, la respuesta de la izquierda comunista al colapso del bloque soviético fue la evasión, incluyendo a las tendencias marginales que habían combatido el estalinismo: primero hacia el nacionalismo revolucionario, y después, en dirección del neozapatismo; esto es, asimilándose a otras corrientes históricas de la izquierda nacional. Algunos abandonaron el activismo o literalmente se reacomodaron en otros puntos del espectro político.
De los noventa para acá, la elaboración teórica de la izquierda con respecto de sí ha sido escasa, en tanto que el análisis de los comentaristas políticos no pasó de ser superficial, cuando no equívoco[2]. Al menos del lado de aquélla esto no deja de sorprender, sobre todo si tomamos en cuenta que había tenido un papel fundamental en el debate público y la ciencia social mexicanos. Este texto presenta en una perspectiva histórica las líneas generales de esta discusión, intentando insertarla dentro del campo intelectual y sus desplazamientos ideológicos recientes.

¿Reforma o revolución?

Después de lustros de persecución, los setenta ofrecieron a la izquierda la coyuntura propicia para participar en la competencia política. La confluencia de varios factores abrió esta posibilidad. Para empezar, la recesión de 1974-1975 (seguida por la de 1980-1981) fue la primera crisis global del capitalismo de posguerra y la fuerza acumulada por los sindicatos en los “treinta gloriosos” se pondría a prueba ante el inminente ataque a sus conquistas. Tras una actitud más bien pasiva en la revuelta estudiantil de 1968, y con la excepción del movimiento consejista en Italia al año siguiente, el proletariado industrial europeo podría ahora salir de su letargo. En segundo lugar, la ola revolucionaria en Sudamérica, potenciada con la victoria de la Unidad Popular chilena en las elecciones presidenciales de 1970 (después el foco se desplazaría hacia América central). Y, más específicamente mexicanos, el distanciamiento de la alta burguesía neoleonesa con la administración echeverriísta a raíz de la ejecución de Eugenio Garza Sada a manos de la Liga Comunista 23 de Septiembre, haciendo prever el resquebrajamiento de la alianza Estado-empresarios fraguada en el alemanismo y exclamar a Carlos Fuentes “Echeverría o el fascismo”; también, la emergencia del sindicalismo independiente, que permitía vislumbrar el debilitamiento del corporativismo, y el renacimiento de la guerrilla rural y la aparición de la urbana. Por último, la reforma política de 1977 como respuesta a la erosión del régimen.
Mientras Octavio Paz se quejó de “las actitudes ambiguas que [el terrorismo] ha provocado y provoca entre los intelectuales de izquierda”, Luis Villoro condenó el asesinato de Garza Sada, argumentando que la violencia únicamente servía de pretexto al empresariado “para exigir un gobierno represivo”, pues el temor real de éste era la democracia. Sin embargo, fue precisamente desde la izquierda donde Carlos Pereyra elaboró el análisis más contundente acerca de la violencia política de los setenta. De un lado estaba la violencia represiva del Estado, con el ejemplo reciente de la dictadura chilena, pero también estaban los casos guatemalteco, soviético y los excesos criminales del diazordacismo. La introducción de la violencia en la política –sostenía Pereyra— provenía de las clases dominantes. La contraparte de ésta la constituía la violencia aventurera de los pequeños grupos que pretendían sustituir a las masas en su proceso de emancipación, partiendo del supuesto equivocado de que la revolución era el resultado de la voluntad y no del “desarrollo de las condiciones históricas”. Caso aparte eran las insurrecciones populares, como la vietnamita, donde la dinámica de la lucha de masas, la ausencia de opciones democráticas para canalizar la insurgencia civil y la represión estatal condujeron a la violencia. El mismo Paz fue indulgente con la guerrilla rural, a la que consideró un “recurso de excepción en una situación de excepción… [que] encarna en su misma clandestinidad y aparente aislamiento la voluntad de una población a la que se ha negado la posibilidad de expresarse, organizarse y actuar”[3].
Reacia en principio para intervenir en la política parlamentaria, suponiendo que ésta la desviaría de la lucha social, el grueso de la izquierda partidaria decidió finalmente hacerlo: unos por táctica, otros por estrategia, todos por necesidad. El eurocomunismo rompió con las tesis leninistas sobre la toma del poder y la transición socialista. Teóricos como Pietro Ingrao y Nicos Poulantzas asumían que el marco democrático era el terreno propicio para alcanzar el socialismo, en tanto que para Louis Althusser y Étienne Balibar el abandono del leninismo significaba renunciar a este objetivo. De acuerdo con Ernest Mandel, la estrategia eurocomunista era consecuencia de la crisis del estalinismo, terreno común en el que se movían los eurocomunistas y la oposición dentro de sus propios partidos[4].
En cierta manera, aunque con una lógica propia, este debate se trasladó al Partido Comunista Mexicano (pcm) enfrentando a los llamados renovadores con los dinosaurios hacia comienzos de los ochenta. Los “renos”, encabezados por Enrique Semo y con su base en el Distrito Federal y Puebla, defendieron la definición leninista del partido bajo la consideración de que “la vía parlamentaria aparece como un recurso táctico importante, pero no como el terreno propicio para la elaboración de una estrategia global”; los “dinos”, asentados en la dirección de la organización y con un apoyo más extendido en el país, se pronunciaron por “el poder democrático obrero” abandonando el dogma de la dictadura del proletariado. Según Jorge Castañeda Gutman, la publicación de la revista El Machete por decisión del grupo hegemónico, incluso abría la puerta a “ciertas corrientes marxistas mexicanas y europeas, francamente oportunistas tanto en la teoría –antimarxismo en boga— como en la política. Obviamente la línea de los “dinos” ponderaba la estrategia reformista por encima de la revolucionaria. Este era el parecer de Roger Bartra, quien estaba cierto que si bien las tradiciones democráticas de la izquierda eran precarias, “en la derecha son casi inexistentes”, y “el liberalismo mexicano desconoce casi completamente lo que significa la democracia”[5].
De antiguo, otras corrientes de la izquierda concedieron un valor capital a la democracia. Tal fue el caso de los intelectuales y sindicalistas que se agruparon alrededor de Rafael Galván e integrarían en 1981 el Movimiento de Acción Popular (map) y las distintas tendencias trotskistas que, por muchos años, demandaron la democratización del bloque socialista, el respeto de los derechos civiles de la población e hicieron campañas para excarcelar a los disidentes. Pereyra fue quien hiló más fino al vincular la democracia con la cuestión social. Desde la perspectiva del filósofo mexicano, las reivindicaciones populares (salariales, autonomía sindical, derechos sociales, etcétera) formaban parte de un proyecto nacional incluyente el cual sólo podía realizarse por la vía democrática, entendida ésta como la democracia representativa. No obstante, una cosa era el mecanismo procedimental y otra el control del poder por parte de la sociedad, el cual no quedaba agotado con “la vigilancia de los órganos de decisión política, pues ha de cubrir también el control de las empresas y de las instituciones de la sociedad civil”[6].
Rolando Cordera y Carlos Tello intentaron recuperar el proyecto de la Revolución mexicana. Detectaron el embrión de una alianza social que reunía a obreros, campesinos, indígenas, empresarios nacionalistas y un segmento del Estado. De índole nacionalista, pugnaba ésta por reducir la desigualdad social y la marginalidad rural y urbana, desarrollar una industria propia e insertar de manera autónoma al país en el mundo globalizado propulsándolo con el motor de la industria energética. Su adversario era el neoliberalismo, quien amenazaba con consolidar la dominación de la burguesía rentista, las transnacionales y del capital especulativo concentrado en el sistema financiero, ofreciendo por único horizonte la integración subordinada a los Estados Unidos. Preveían que su aplicación significaría un costo muy alto para la sociedad mexicana haciendo peligrar “la estabilidad y la vigencia del orden jurídico-institucional”[7].
Si bien respetable la perspectiva política y económica de los intelectuales del map, Bolívar Echeverría la consideraba síntoma del desencanto de la izquierda latinoamericana de los ochenta, que reemplazaba el paradigma revolucionario por la “modernización”, la “democracia inmediata” por la democracia liberal, la alternativa crítico-utópica por el realismo político. Al final de su vida, el filósofo ecuatoriano-mexicano situó en perspectiva este realismo, concibiéndolo como la autolimitación que se impusieron las democracias occidentales en la posguerra para prevenir los totalitarismos fascista y estalinista. De esta forma, las cuestiones sustantivas de la vida comunitaria, particularmente las concernientes a la producción y reproducción social, fueron desterradas del mundo de la política[8].

Promesas del Este

Con razón, Enrique Krauze destaca que el interlocutor de los ensayos políticos de Octavio Paz fue la izquierda intelectual; sin ella, soslaya las convicciones democráticas, el rechazo de la violencia política y la crítica del “socialismo realmente existente” que cuando menos una parte de ésta inició desde la década de 1960. Salvo unas cuantas organizaciones pro-soviéticas, la izquierda mexicana era crítica del régimen estalinista, por lo cual no deja de sorprender lo poco que sus intelectuales escribieron acerca del colapso del bloque socialista. El pcm, aunque no lo enfrentó abiertamente, desaprobó la intervención del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia y el estado de sitio decretado por el general Wojciech Jaruzelsky en Polonia, mientras el Partido Revolucionario de los Trabajadores (prt), sección mexicana de la Cuarta Internacional, dio un apoyo incondicional a Solidarnosc. Ya en 1968 José Revueltas había rechazado las “dictaduras burocráticas” y, desde los tempranos setenta, Carlos Pereyra fue categórico en reconocer el “carácter no socialista de la Unión Soviética”. Partiendo de Rudolf Barho y Roy Medvedev, Roger Bartra caracterizó a principios de la década de los ochenta al socialismo realmente existente como un sistema en el que la política ocupa el lugar de las leyes económicas en una suerte de transposición de la base con la superestructura. Y Adolfo Gilly, antiestalinista de toda la vida, escribió un pequeño libro acerca de la transición socialista, tratando de fundamentar, de acuerdo con La alternativa del disidente germano-oriental, cómo el fin de la sociedad de clases era la reversión del sistema de castas que condujo a ella. Según su compañero de militancia Guillermo Almeyra, el curso de las huelgas polacas confirmaba la predicción de Trotsky con respecto de la revolución política en el Este[9].
Bolívar Echeverría, uno de los contados marxistas mexicanos sin adscripción leninista, apuntó en su primer libro que tanto el comunismo como la izquierda y el marxismo estaban en crisis, no por la debilidad de su pensamiento político y la limitación que le confería concebir al Estado únicamente como negatividad, como afirmaba Althusser, o por su ausencia “de la confrontación crítica y el debate contemporáneo”, como escribió Pereyra en uno de sus últimos textos, sino –decía Echeverría— por la incapacidad de la clase obrera industrial para “ofrecer un plano homogéneo de acción a los demás sujetos de la rebeldía”, el Gulag y la comprobación de que la tecnología moderna no conducía a la liberación de las potencialidades humanas, antes bien encerraba una destructividad desaforada[10]: el acongojado “ángel de la historia” de Benjamin miraba lo que la civilización devastó en nombre del progreso.
Para Echeverría la caída del muro de Berlín ponía fin al “bolchevismo como una figura despótica peculiar de la gestión económica-política que adoptó el imperio ruso en estos últimos setenta años”; según Gilly el emblemático acontecimiento renovaba la validez del marxismo-leninismo, en tanto que Enrique Semo, quien había sido bastante discreto en sus objeciones al modelo soviético, recorrió el escenario de las revoluciones de terciopelo esperando descifrar las claves de la coyuntura. Con todo, fue el único que escribió un libro al respecto. La rapidez del derrumbe de todo el bloque, hizo que la expectativa de que la oposición de izquierda tomara la dirección del movimiento cediera ante la evidencia de la restauración, de una “revolución conservadora” que permitió el retorno de la burocracia, el segundo desenlace previsto por Trotsky. Antes de concluir el siglo, el historiador búlgaro-mexicano declaró muerto al comunismo inspirado en la Revolución de Octubre[11].

“Un paso adelante, dos pasos atrás”

Las izquierdas dieron pasos consistentes hacia la unidad, primero con la formación del Partido Socialista Unificado de México (psum) en 1981, el cual agrupó al grueso del arco socialista, esfuerzo al que no se sumaron los trotskistas. Y seis años después, con la fusión de los socialistas con la izquierda nacionalista, dando lugar al Partido Mexicano Socialista (pms) en 1987. Unos meses habían pasado cuando apareció la marea neocardenista a la cual se adheriría un segmento del prt, quien tomó prestado el nombre de Movimiento al Socialismo (mas) de otros grupos latinoamericanos. Según los críticos de la unidad a toda costa, los intereses de los aparatos partidarios fueron los que se impusieron, pasando a segundo término los de la militancia y las diferencias ideológicas. Otros pensaron en contrario que el proyecto de la izquierda socialista tocó fondo con la implosión del socialismo del Este. Para Semo el “réquiem por las viejas izquierdas” había sonado[12].
Con la excepción de Gilly, casi toda la intelligentsia de la izquierda menospreció el alcance de la escisión neocardenista, en buena medida porque no se ajustaba a la presunción de que la izquierda independiente por sí sola derribaría las puertas de la fortaleza priísta, y también, porque a esas alturas la Revolución mexicana no presentaba signos de vida. De hecho, hacía más de cuarenta años que Jesús Silva Herzog y Daniel Cosío Villegas le habían dado la extremaunción. Descolocados por el acontecimiento, los intelectuales fueron afinando el pronóstico. No deja de llamar la atención la poca simpatía que despertó en los militantes del map, más si tomamos en cuenta que si algo estaba en disputa en ese momento era justamente la nación. Por su parte, la resurrección del cardenismo casaba muy bien con la tesis de la “revolución interrumpida” expuesta por Gilly en los comienzos de los setenta, lo que lo llevó a participar en la campaña del Frente Democrático Nacional (fdn) en 1988, la fundación del Partido de la Revolución Democrática (prd) al año siguiente, y en el gobierno capitalino del hijo del general en 1997. A la vez que se distanció del prd a finales de esa década, porque éste “se desplazó gradualmente hacia el centro, convirtiéndose en una organización únicamente centrada en la política electoral y en las alianzas carentes de principios que ello implica”, reforzó sus lazos con el neozapatismo, movimiento que considera también heredero de la Revolución mexicana. Sin embargo, advierte que “en la actualidad, en México, como en otras partes, el espacio para una izquierda revolucionaria simplemente no existe, de acuerdo con los criterios del siglo xx[13].
Al arrancar los noventa, intelectuales como Jorge G. Castañeda, de pasado comunista y brigadista del sandinismo, vislumbraban un futuro alentador para la izquierda latinoamericana porque el fin de la Guerra Fría le había permitido arrojar por la borda el lastre soviético y comenzar a zafarse del cubano, ofreciéndole buenas posibilidades en la competencia electoral. Castañeda fue tenaz impugnador del fraude de 1988 y crítico agudo del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (tlcan), pugnando por un acuerdo en el sentido del que negociaron los europeos en Maastricht. Perdida esta batalla, el evidente declive del cardenismo, la insurrección neozapatista y el imaginario “choque de trenes” que descarrilaría al país en 1994, lo hicieron caminar por la ruta conocida del itinerario neoconservador, como destaca David Priestland para los intelectuales radicales estadounidenses[14].
Menos estridente fue el repliegue político del también comunista Roger Bartra. De los intelectuales del pcm fue quien más temprano se acercó al eurocomunismo, reconoció el valor de la democracia para el proyecto de la izquierda y se alejó del socialismo realmente existente. No obstante su explícito rechazo del nacionalismo revolucionario, en 1988 se sumó a las voces disconformes con el fraude electoral, combatiendo en la prensa el minimalismo de los intelectuales que llamaban a capitalizar lo que el régimen cediera en el recuento final de los votos y a negociar una reforma política sustantiva. Ningún entusiasmo le motivó el neozapatismo, preocupándole en cambio que en el país comenzaran a establecerse “mecanismos postdemocráticos de legitimación”. Sin embargo, celebró que el prd contribuyera a atajar una salida represiva del régimen, asumiendo que en México “los tradicionales administradores del capitalismo son cualquier cosa menos democráticos”, en tanto que las fuerzas de la izquierda “albergan una persistente vocación democrática”[15].
Consistente en su desprecio hacia los mecanismos autoritarios y clientelares del nacionalismo revolucionario, llevándolo a una dura crítica del candidato presidencial de la izquierda en 2006, no dejó de asombrar la simpatía de Bartra por el prospecto de la “derecha moderna”, tanto porque no reconocía esa faceta de la derecha mexicana (La democracia ausente y La sangre y la tinta simplemente negaron tal posibilidad), como por el talante autoritario que pronto mostró el candidato panista. En verdad no sabemos cuán moderna pueda ser una derecha cuyo primer acto de gobierno fue ocupar militarmente una parte del país, por no mencionar sus objeciones diarias a la secularización, esto es, a uno de los rasgos capitales de la modernidad. A juicio de Bartra, “el marxismo y el socialismo comunista se encuentran en proceso de desaparición y no parecen ser campos fértiles que podrían ser trabajados por un reformismo intelectual renovado”[16].
Enrique Semo --rival político e intelectual de Bartra no obstante que codirigieron por varios años la revista Historia y Sociedad patrocinada por el pcm--, participó en la fundación del prd y, a pesar de reconocer las enormes taras del partido, ha tratado de recuperar de los escombros tribales algunos muebles de la izquierda independiente que por medio siglo contribuyó a formar. Coincidió con Bolívar Echeverría en el grupo de intelectuales que elaboraron el Proyecto Alternativo de Nación de Andrés Manuel López Obrador. Esto no deja de ser ilustrativo del trayecto de la izquierda de los sesenta para acá. Entonces, cada uno estudiaba en uno y otro lado del muro de Berlín, bastando ese elemental dato postal para diferenciar dos perspectivas irreconciliables del comunismo.
Mientras el orden de posguerra llegó a su fin en 1989, ahora crece la evidencia del agotamiento del modelo que lo reemplazó. La ilusión de traspasar un horizonte poshistórico, y por tanto infranqueable, sintomáticamente aproxima el apotegma neoliberal al credo comunista, de la misma manera que ambos comparten la creencia de que basta la ingeniería social para corregir las desviaciones de una ruta preestablecida por la razón. El siglo xx dejó crueles enseñanzas al respecto, mostrando la imposibilidad de esta tentativa. No obstante el innegable progreso material de los últimos doscientos cincuenta años, en grandes porciones del planeta la cuestión social permanece irresuelta y en el mundo desarrollado ha tomado renovada actualidad desde la crisis de 2007-2008. La izquierda debería tener algo que decir, pues la solución de ésta es la razón de su existencia y el trasfondo de su tradición bicentenaria. Desde tres perspectivas distintas han surgido algunas recomendaciones para salir del pasmo de los últimos treinta años: “democratizar la economía de mercado y… profundizar la democracia”, sugiere Roberto Mangabeira Unger; recuperar lo público, plantea Tony Judt; “tomarse en serio a Marx”, recomienda Hobsbawm[17].

Bibliografía

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Periódicos

Excélsior, México D.F.
La Jornada, México D.F.
Unomásuno, México D.F.

Entrevistas

“‘Lo que existe no puede ser verdad’”, entrevista a Adolfo Gilly, New Left Review, núm. 64, 2010, pp. 28-44.
“Viaje a las entrañas de Octavio Paz”, entrevista de Rafael Rodríguez Castañeda a Enrique Krauze, Proceso, 1823, 9 de octubre de 2011, pp. 6-17.


[1] Hobsbawm, Cómo cambiar al mundo, p. 419; Judt, Algo va mal, pp. 72-73.
[2] Véase, por ejemplo, Aguilar Camín, Pensando en la izquierda, 2008.
[3] Paz, “Aterrados doctores terroristas”, pp. 489n, 490; Luis Villoro, “El miedo a la democracia”, Excélsior, 29 de septiembre de 1973; Pereyra, Política y violencia, p. 48.
[4] Ingrao, Crisis y tercera vía, 1980; Poulantzas, Estado, poder y socialismo, 1979; Althusser, Lo que no puede durar en el Partido Comunista, 1978; Balibar, Sobre la dictadura del proletariado, 1977; Mandel, Crítica del eurocomunismo, 1978.
[5] Semo, Viaje alrededor de la izquierda, p. 84; Jorge G. Castañeda, “Lo que puede cambiar en el pcm v. Prueba de dispersión: El Machete”, Unomásuno, 22 de octubre de 1980; Bartra, La democracia ausente, p. 285.
[6] Pereyra, El sujeto de la historia, p. 237.
[7] Cordera y Tello, México: la disputa por la nación, p. 11.
[8] Echeverría, “Carlos Pereyra y los tiempos del ‘desencanto’”, p. 49; Echeverría, Modernidad y blanquitud, p. 217.
[9] Krauze, “Viaje a las entrañas de Octavio Paz”, pp. 8 y ss.; Revueltas, México 68, p. 275; Pereyra, Política y violencia, p. 10; Bartra, Las redes imaginarias del poder político, p. 180-181; Gilly, Sacerdotes y burócratas, 1980; Almeyra, Polonia, obreros, burócratas y socialismo, pp. 196-197.
[10] Althusser, “El problema del Estado”, p. 23; Pereyra, “Señas de identidad”, p. 629; Echeverría, El discurso crítico de Marx, p. 13.
[11] Echeverría, Las ilusiones de la modernidad, p. 17. Énfasis propio; Gilly, “1989”, pp. 83 y ss.; Semo, Crónica de un derrumbe, p. 199; Semo, La búsqueda, II, p. 286.
[12] Anguiano, “El eclipse de la izquierda en México”, p. 359; Modonesi, La crisis histórica de la izquierda socialista mexicana, p. 148; Semo, La búsqueda, I, p. 65.
[13] Gilly, “‘Lo que existe no puede ser verdad’”, pp. , 43, 42, 43-44. Sobre el neozapatismo véase Gilly, Chiapas: la razón ardiente, 1997.
[14] Castañeda, La utopía desarmada, p. 299; Priestland, Bandera roja, pp. 507 y ss.
[15] Roger Bartra, “Legalidad subversiva: las paradojas del fraude”, La Jornada, 5 de agosto de 1988; Bartra, La sangre y la tinta, pp. 24, 22. Se cita éste.
[16] Bartra, Izquierda y derecha en la transición mexicana, p. 25.
[17] Mangabeira Unger, La alternativa de la izquierda, p. 10; Judt, Algo va mal, p. 158; Hobsbawm, Cómo cambiar al mundo, p. 424. Sobre las perspectivas de la izquierda en el horizonte posmoderno merece verse Semo, “La metamorfosis de la izquierda”, 2011. Sin embargo, no deja de sorprender que la “cuestión social”, queda prácticamente al margen de su reflexión.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El género biográfico según F. Dosse

Reproduzco un fragmento del capítulo "El William Morris de E.P. Thompson" de Clio frente al espejo. Un socioanálisis de E.P. Thompson, en el cual utilizo la clasificación que propone F. Dosse para comprender él estudio biográfico que realiza Thompson de William Morris.


6.3- La toma de posición retórica: el género biográfico.
William Morris puede considerarse como una obra biográfica. Esta forma de encarar el estudio del personaje implica una toma de posición retórica con implicaciones de carácter teórico y metodológico. Thompson aborda el estudio de una extensa documentación, la organiza y crítica en función de una serie de supuestos e hipótesis y ofrece un relato, una estructura narrativa disciplinada y plausible. Si comparamos la elaboración y exposición del William Morris con otros trabajos historiográficos de Thompson, es posible atisbar en ésta su primera gran obra, elementos de lo que puede denominarse, no sin cierta violencia, como “estilo retórico thompsoniano”.
El volumen de documentación que maneja Thompson a lo largo de las más de 800 páginas que constituyen el William Morris resulta impresionante. La apertura de facetas enteras de la vida del personaje, como por ejemplo su etapa de militancia en la Liga Socialista, se deben prácticamente al esfuerzo de investigación de Thompson. Documentos oficiales, cartas personales, conferencias, prensa, documentación aportada por otros autores, amén de la extensa producción de Morris en la que se dan cita textos en prosa, poemas, reflexiones sobre arte, estudios históricos, análisis político, etc. constituyen el formidable conjunto de fuentes primarias desde las que Thompson va a construir, argumentar y polemizar en torno a la figura del personaje. La meticulosidad empírica, el rastreo minucioso y la sistemática organización de las fuentes puede considerarse como una marca característica de la historiografía marxista británica. Esta predisposición a una meticulosidad empírica constituye, de aquí en adelante, una seña de identidad del trabajo historiográfico de Thompson. Volveremos sobre el problema de las fuentes a la hora de abordar el tratamiento que de las mismas realiza nuestro autor. Porque una cuestión previa debe ser -al menos desde una concepción constructivista- de qué supuestos retóricos a priori parte Thompson; supuestos que determinan, no ya el tratamiento y articulación, sino incluso la elección de la documentación pertinente o la preeminencia que se otorga a unas fuentes sobre otras. Estos supuestos llevan implícitas tomas de posición, producto de la interacción del habitus con las posibilidades estratégicas que abre ese particular género que constituye la biografía.

a) El campo de posibles
El género biográfico goza de rancio abolengo. Práctica impura, disciplinariamente hablando, su evolución se ha nutrido de los cambios en la forma de practicar, especialmente, la literatura y la historia –si bien en el siglo XX, las aportaciones de disciplinas como la psicología y la sociología desempeñan un papel importante. Frente a una presentación estrictamente cronológica de la evolución del género, F. Dosse privilegia un enfoque formal por el que distingue tres tipos de biografías: la heroica, la modal y la hermenéutica (DOSSE, 2007: 17). Si bien es cierto que cada una de estas variantes domina en un momento dado en la evolución del género, no lo es menos que al adoptar un enfoque cronológico, se observa como los tres tipos de tratamientos se combinan en el curso de un mismo periodo.
La forma heroica se corresponde con aquellas variantes biográficas que pretenden reflejar en el relato, no sólo “la vida” de un personaje, sino una “manera de vivir” (DOSSE, 2007: 103). Próxima a la filosofía y diferenciada en sus orígenes clásicos de la historiografía, esta forma biográfica se caracteriza por su dimensión inequívocamente moral, al elevar un juicio sobre las actitudes del biografiado con el fin de transmitir una serie de valores edificantes. Dosse distingue varias especies dentro de esta modalidad: la biografía clásica (donde se retratan a personajes representativos, especialmente ligados a la magistratura), la hagiografía (donde se pretende representar vidas ejemplares acordes al ideal cristiano), la heroica (con raíces en la mitología griega y profusamente desarrollada durante el periodo feudal), la de los grandes hombres (en la que el héroe –guerrero vencedor en el campo de batalla- da paso a un personaje cuya grandeza se la otorga “el don de sus obras”) y la del artista (que, según Bourdieu, alcanzaría su expresión paradigmática en el romanticismo y la figura del genio creador)1.
La segunda forma, la modal, se corresponde con un tipo de relato biográfico en el que la vida del personaje tiene valor, no en sí misma, sino como indicativa de un determinado orden social o simbólico (DOSSE, 2007: 183). Resulta especialmente interesante cómo vincula Dosse la eclosión y auge de esta variante con la institucionalización de la historia (primer paso hacia su profesionalización) en el siglo XIX- de manera que la biografía pasaba a ser dominio de amateurs- y con el impulso de las ciencias sociales a finales del XIX y comienzos del XX. Las biografías que aún así se escriben bajo el manto de esta tendencia aspiran en consecuencia a mostrar, a través de la vida del personaje, las fuerzas anónimas que actúan sobre los individuos, los hechos colectivos que, más allá de las intenciones de los actores, conforman el escenario en el que estos llegan a ser la particularidad que son. La biografía social pretende ilustrar “un contexto, un momento, una categoría social” (DOSSE, 2007: 205).
El historiador francés identifica una tercera forma biográfica a la que denomina hermeneútica (DOSSE, 2007: 221). En relación a la biografía modal se trata de un verdadero retorno al sujeto que pretende asir la singularidad del personaje, dando entrada para ello a disciplinas como la sociología, antropología y psicología; materias que matizan la dependencia del género respecto a la literatura a la par que ponen en liza un ejercicio de reflexión sobre la subjetividad y los procesos de subjetivación. La forma hermeneútica admite múltiples variables según el ángulo desde el que ensaya este asalto a la singularidad del sujeto. Dosse distingue dos especies dentro de esta variante que se diferencian por una concepción, podríamos decir, opuesta de la subjetividad. La primera, bien representada por la biografía existencial de Sartre en su obra cumbre sobre Flaubert, aspira a comprender desde la filosofía del sujeto del humanismo existencialista esa singularidad del autor, rescatando la unidad irreductible que representa la persona biografiada. Sartre encuentra esta unidad en la particular mediación entre las estructuras sociales – que, a través de un ejercicio de psicología social vincula a las experiencias familiares de la infancia de Flaubert- y el trabajo creativo del escritor; mediación, en definitiva, que permite explicar como éste “llegó a ser lo que fue” (how a writer comes to be what he is) (BOURDIEU, 2004: 160-161)2. La segunda modalidad, en cambio, parece diluir la unicidad de ese sujeto en una multiplicidad de formaciones discursivas –es el caso de los biografemas de Barthes (DOSSE, 2007: 307)- o de regímenes de historicidad –como en la hermeneútica de Ricoeur (DOSSE, 2007: 355-357). Por su parte, Bourdieu no duda en situar en el origen de la novela moderna (de Joyce a Faulkner) la ruptura con la convención literaria que identifica el discurrir de una vida con una secuencia orientada de acontecimientos; es decir, como un recorrido, un itinerario orientado y dotado de un sentido cronológico y lógico (BOURDIEU, 2002: 74-83). La ruptura con esta convención puede relacionarse con un cuestionamiento de orden filosófico: la sospecha de que la vida (o la historia) no está intrínsecamente dotada de un sentido racional. Lo real, concebido como una yuxtaposición de elementos discontinuos, requiere una nueva expresión literaria que rompa con la ilusión biográfica que presenta una vida bajo una concepción unitaria, como una serie única y suficiente en sí de acontecimientos sucesivos sin más vínculo que la asociación a una subjetividad que Bourdieu identifica, en el sentido más primario, con ese “designador fijo” que es el nombre propio.
El William Morris de Thompson se aleja de esta última concepción del género biográfico. Lo que Thompson nos ofrece es una narración articulada según una secuencia cronológica y orientada por el sentido que el autor imputa a la historia vital del personaje. Sin embargo, sí es posible encontrar elementos característicos de las otras modalidades esbozadas por Dosse, si bien con diferente acento. Por ejemplo, no hay duda de que las dos versiones de la obra poseen un contenido moral, y evidentemente político. Morris se presenta como un caso ejemplar del cual es posible extraer criterios de orientación práctica para el mundo que al lector le toca vivir. Mas no sólo se trata de una forma de vida que merece ser evocada por su ejemplaridad. El periplo de Morris desde el romanticismo al socialismo esta narrado como si de una travesía épica se tratara, en la cual Morris desempeña el papel de héroe. Un héroe en la batalla por el socialismo, pero también un gran hombre en virtud de su catadura moral, de sus dotes como artista y escritor, de su sagacidad como intelectual. Ahora bien, el relato de Thompson se aleja de la factura de las biografías eruditas tan denostadas desde comienzos del siglo XX. No se trata aquí de narrar una hazaña con todo lujo de detalles mediante una simple acumulación de hechos discretos. Situado en la estela de una historiografía marxista que había hecho de la historia social su bandera frente a la historia tradicional, Thompson aspira en todo momento a situar la particularidad del personaje en un trasfondo social, intelectual y político que, lejos de constituir un mero producto de la voluntad del héroe, constriñe y orienta su acción. No se trata sin embargo de usar a Morris como “pretexto” para acceder a una realidad ulterior, de considerarlo como un mero indicativo de una formación colectiva. Thompson se esfuerza por entender precisamente lo que de singular tiene el personaje y las propuestas que éste acierta a ensayar; singularidad, que lejos de desembocar en la disolución del sujeto propia de la novela moderna, se identifica con la particular experiencia vivida –que no es sino resultado de la medicación entre contexto social y libertad individual- de ese “designador fijo” que es William Morris3.
¿Qué determina estas elecciones retóricas de Thompson? Nuevamente debemos acudir a la dialéctica entre las disposiciones del habitus y el contexto al que se enfrenta nuestro autor. Optar por el género biográfico como carta de presentación en el mundo académico no deja de ser una apuesta arriesgada si nos situamos, como es el caso, en pleno proceso de transición hacia la hegemonía de la historia social. Apuesta arriesgada que cabe relacionar con la posición de clase que ocupa el propio Thompson y que hereda vía familiar. Descendiente de una aristocracia intelectual que debe el éxito intelectual más a la herencia familiar que a la propia institución escolar, las apuestas intelectuales de esta elite adquieren formas más arriesgadas y desafían la seguridad que ofrece el actuar conforme a la norma que rige el entorno escolar en cuestión (BOURDIEU j PASSERON, 2003: 31). Una biografía sobre Morris se presenta como una elección hasta cierto punto exótica, que parece responder más al puro placer intelectual que a la norma de la historiografía marxista en la que nuestro autor se reivindica4. Por otro lado, resulta difícil no apreciar el papel que desempeñan las disposiciones primarias y las experiencias políticas vividas hasta la fecha. Lejos de la biografía que diluye al sujeto al admitir la problematicidad del sentido (racional) de la vida, Thompson actúa desde la predisposición a construir un relato con sentido lógico y cronológico. Su propia trayectoria política atestigua que la implicación en los lances mundanos tiene una causa (o una Causa) y que este leiv motiv dota de sentido a la propia autobiografía. Por otro lado, no cabe duda de que los recursos artísitico-poéticos incorporados junto con la experiencia de la guerra y de los Frentes Populares, anima a concebir el periplo vital del personaje en términos de gesta heroica, como el resultado de una constante lucha contra las adversidades y contra uno mismo; lucha de la que emerge un personaje más complejo, más completo. La búsqueda de la singularidad de Morris –aun situada en un trasfondo político e intelectual colectivo, guiño deudor de la cultura marxista en la que el autor se está formando- también se inscribe en las disposiciones del habitus. Tanto el profetismo como el capital artístico incorporado tienden a percibir la vida de Morris, no como índice de una serie anónima, sino como un proyecto vital irreductible a otras singularidades.
Dicho esto, salta a la vista que no interpretamos la elección del género biográfico por parte de Thompson como mero efecto del zeitgeist, de la atmósfera intelectual de los años 50 dominada, en este caso, por diferentes variantes del existencialismo. Considerar la obra de Thompson como un producto “acorde a los tiempos” no sólo nos expone a minusvalorar lo arriesgado de la apuesta –y oscurecer, en consecuencia, las determinaciones de clase que operan para el caso. También corremos el peligro de deformar las particularidades del mundo intelectual a partir de categorías holísticas que, sin embargo, fueron forjadas para contextos muy determinados. Cuando afirmamos que en el Morris de Thompson domina una forma biográfica que aspira a comprender la singularidad del autor rescatando su unidad irreductible, no queremos decir que la obra deba entenderse como una variante de la biografía existencialista. El camino que lleva a Thompson a escribir el William Morris transita alejado de un existencialismo con escaso eco en el ámbito británico: la biografía de Morris tiene su raíz, no sólo en la posición de clase que ocupa Thompson en el espacio intelectual, sino en el tipo de capital con el que cuenta el autor (especialmente literario, pero también historiográfico y marxista), en las experiencias vividas (la guerra y la militancia comunista) y en las relaciones de fuerzas del campo político e intelectual en la que éste se ubica.


1 Esta última variante resulta especialmente relevante para nuestro estudio. La biografía como reconstrucción de toda la historia personal del artista en un proyecto puramente estético está relacionada con la autonomización del campo artístico y la elevación del crédito simbólico de los productores intelectuales, siendo en época romántica cuando la propia vida del artista –concebida como obra de arte- se constituye en objeto literario. Especialmente los escritores, apelan a una lectura biográfica de su creación y entienden la relación entre la obra y el público como una especie de comunión que vincula al creador y al lector. Se establece así una relación encantada entre el autor y su obra que, a juicio del sociólogo francés, ha contribuido a conformar la representación que, aún hoy, los intelectuales tienen del mundo y de su posición en él (BOURDIEU, 2005: 24-26).
2 En esta misma especie de forma biográfica, incluye Dosse a propuestas tan diversas como las biografías de vida y la microhistoria. Desarrollar el argumento de Dosse al respecto desbordaría los límites de este apartado.
3 Se adelanta así una pieza teórica clave en la propuesta thompsoniana sobre la formación de clase: la experiencia vivida como instancia que media entre la estructura y la acción social.
4 Sin duda, esta disposición rupturista debe situarse en su justo contexto. No debemos olvidar que los integrantes de la tradición marxista británica se acercaron a la historia y a una determinada concepción del marxismo merced a sus tempranas inquietudes literarias. De aquí que la apuesta por una biografía de un reputado escritor y militante socialista, aun siendo arriesgada, no resulte una excentricidad del todo descabellada.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Sesión de seminario de trabajo 2011-2012: Francisco Manuel Carballo sobre el capítulo 8 del Razonamiento sociológico

Ayer comenzó nuestro seminario de formación 2011-2012. Francisco Manuel Carballo Rodríguez expuso el capítulo 8 del Razonamiento sociológico de Jean-Claude Passeron. He aquí el guión de su intervención.

 
El texto que nos ocupa hoy se integra en el conjunto de textos que componen este libro que acaba de ser publicado en lengua española. Publicado por primera vez en francés en 1991, El razonamiento sociológico, propone un conjunto de respuestas a una pregunta general que podría resumirse del siguiente modo: ¿qué significa hacer prueba en una ciencia histórica como es la sociología?, o dicho de otro modo, cómo razonan los sociólogos cuando afirman o niegan algo. Como un método de prueba más, a disposición de los investigadores en las ciencias sociales, el método biográfico centra el interés de Passeron en este capítulo que voy a presentar.
Lo primero que cabe destacar, es algo en lo que Passeron insiste de una manera explícita al principio del texto y que permanece constante en su argumentación a lo largo del mismo. Para Passeron, podemos acordar que el método biográfico ofrece, o puede ofrecer, datos pertinentes del fenómeno que nos proponemos estudiar y sobre el que tenemos la necesaria ambición de concluir algo relevante, aunque sólo sea minimamente. Pero para validar la fuente del relato biográfico o autobiográfico, conviene darse algunas pautas de exigencia científica que nos protejan del peligro de concederle un poder de interpretación excesivo. Si nos ponemos de acuerdo, como señala Passeron, en que las descripciones que proporciona el método biográfico se presentan de un modo extremadamente inteligible, en tanto que son más “parlantes” y menos fragmentadas que, por ejemplo, las que nos proporcionan las técnicas estadísticas, también deberemos asumir la necesidad de ofrecer explicaciones e interpretaciones que estén a la altura de dicha riqueza narrativa. En otras palabras, podría decirse que la descripción no sustituye  a la explicación, sino que cuanto mejor es la primera, más necesitamos de la segunda.
Esta reflexión teórica y epistemológica sobre el método biográfico surge en Passeron, de la práctica misma de la investigación y de la observación de los diferentes usos que la sociología o la antropología han hecho y continúan haciendo de él. De este modo, establece dos polos desde los que se puede definir de una forma sintética los procedimientos mediante los que se aplica este método y que tienen su origen en dos sensibilidades respecto al devenir de los acontecimientos, al tiempo.
El primer polo es el del relato biográfico en estado puro (La utopía biográfica). Esta posición es fácilmente reconocible en un buen número de trabajos que se denominan “estudios de caso”, en los que a través de una o varias historias de vida, se ofrece bajo la etiqueta de “investigación sociológica” un relato de un cierto valor literario por su riqueza descriptiva, pero con un escaso valor demostrativo. Pienso aquí en los resultados de las investigaciones etnográficas tan de moda en la actualidad, en una parte de la sociología francesa, al menos, en la que yo he podido conocer. En estos casos, el trabajo del etnógrafo con tendencia a contarlo todo, hasta el más mínimo detalle, corre el riesgo de perder de vista, como nos recuerda Passeron, los problemas teóricos que plantean la selección de los rasgos pertinentes de la descripción.
En el segundo polo, se encuentran aquellos que se interesan por una realidad que pueda ser descrita en el marco de una estructura realista y que permita un análisis longitudinal de los fenómenos. En este modelo o estilo de descripción, los individuos, nos dice Passeron, pueden perder su identidad a través del tiempo. De hecho, los trazos pertinentes para la descripción que interesan a este modelo, se encuentran más a menudo bajo la forma de unidades estadísticas y por lo tanto intercambiables entre sí, que bajo la forma de individualidades biográficas.
Llegados a este punto, y una vez presentadas las ventajas y los riesgos del método biográfico, Passeron discute la capacidad probatoria que se concede al método biográfico y a los datos que él produce cuando se utilizan de manera poco controlada, en dos conceptos centrales de dos importantes corrientes teóricas en sociología: la primera, la de trayectoria estrechamente ligada a la escuela de Bourdieu. La segunda, la de carrera, desarrollada por la sociología interaccionista de la Escuela de Chicago.
Empezaré por la segunda.
La noción de carrera integra el tiempo biográfico y sus cambios según un modelo secuencial y jerarquizado. La carrera designa la sucesión ordenada de pasos de una posición a otra en un sistema dado, bien se trate de un sistema profesional para los trabajadores o del sistema de salud para los enfermos. En este sentido, la carrera supone el reconocimiento de esta evolución por una autoridad competente. En suma, el concepto de carrera, nos informa de la movilidad en el interior de un espacio dado de referencia, estructurado por lógicas propias que definen el acceso a las diferentes posiciones en su interior. Por último, la noción de carrera integra, como recuerda Howard Becker tanto los hechos objetivos de la estructura social, como los cambios en las perspectivas, las motivaciones y los deseos de los individuos. Según esto, en la carrera (de un enfermo, de un delincuente o de un obrero de la construcción), se encontraría el producto cruzado de una decisión subjetiva y de la objetividad de una coacción inscrita en el curso previsto de un itinerario.
El segundo concepto, el de trayectoria, supone un camino (un recorrido) predeterminado cuyo rumbo es mantenido por una fuerza (que puede ser la del habitus) que se actualiza a lo largo del tiempo  y de la que resulta difícil sustraerse. En este esquema, el análisis de los datos biográficos está restringido al marco de una estructura de reproducción y a su relación con los acontecimientos. Passeron duda en este punto de la validez (al menos en todos los casos) de este modelo y plantea la hipótesis de que Bourdieu se sirvió del recuerdo del modelo matemático mediante el cual Leibniz explicaba de qué modo la pendiente de una curva (su fórmula matemática) se encontraba en cada punto matemático de la misma. Así, escribe Passeron: “¿quién creerá que un individuo, o incluso un organismo vivo, sea una cosa tan simple o tan dócil que pueda actualizar un habitus inherente a lo largo de su trayectoria, del mismo modo que un punto actualiza a lo largo de la curva la función matemática que define la curva? Demasiado bonito para el tejido del que están hechas las cosas sociales”.
Pero la noción de trayectoria que utiliza Bourdieu se encuentra con un problema cuando se le presentan informaciones producidas en un relato biográfico. Para que funcione a la manera de la curva de Leibniz, necesita que el relato tenga continuidad. Bourdieu intenta salvar el obstáculo en el conocido artículo titulado “La ilusión biográfica” donde critica la manera ficticia en la que un individuo representa la continuidad de su persona. Esta continuidad se distinguiría del habitus, entendido como una continuidad diferente, esta vez reconstruida por el sociólogo, a partir de propiedades objetivables. Al riesgo de la pérdida de identidad de los individuos a lo largo del análisis longitudinal propuesto por Bourdieu, Passeron propone un análisis de flujos que tiene en cuenta a los individuos en la medida en que pueden ser intercambiados según determinadas condiciones.
La duda se situa en que método se elige para la gestión de la prueba, de los datos, pero no sobre la naturaleza de los datos. La cuestión dirá Passeron, es qué se hace con ellos.
Cuando se plantea esta cuestión, que es la que recorre la preocupación de Passeron de principio a fin del texto, un último riesgo es el que supone la mera movilización de los conceptos pero no las exigencias científicas que los hacen realmente fértiles.

Gouvernementalité, biopolitique, néolibéralisme : Foucault en situation in EspacesTemps.net, Textuel, 07.11.2011

Résumé

La première partie de cet article s’attache à retracer le contexte politique des cours donnés par Foucault entre 1977-1978 et 1978-1979. Dans la seconde partie l’auteur propose une analyse de ces cours en insistant sur l’articulation des significations théoriques et politiques, sans oublier les clins d’œil et le travail de démarcation (principalement par rapport au marxisme et à la sociologie).

Abstract

In this article I reconstruct, in the first place, the political context in which Foucault dictated the courses of 1977-1978 and 1978-1979. Next, I analyze these courses with special attention to the articulation between theoretical and political meanings, not forgetting  the winks and the differentiations made by the author in the intelectual field (mainly, related to marxism and sociology).

sábado, 5 de noviembre de 2011

El debate sobre Manuel Sacristán y Gustavo Bueno: Anales del seminario de Historia de la Filosofia

Dentro de nuestro  proyecto sobre la relación entre la filosofía y las ciencias sociales en España y Francia, esta nueva reconstrucción sociológica y filosófica de un debate más mentado que conocido. (Se ha publicado en Anales del seminario de Historia de la Filosofia, vol. 28, pp. 229-252.) Se pretende, por una parte, reconstruir la genealogía de la creación intelectual durante la dictadura franquista, por otra, comprender la teoría crítica española en filosofía -como el libro sobre Jesús Ibáñez lo hizo sobre las ciencias sociales. También recuperar la altura de un tiempo intelectual,  que, en lo que respecta al problema de la hibridación de la filosofía y las ciencias, aún no hemos dejado atrás. Se encuentra  delante nuestra, esperándonos, aburrido ante nuestra tendencia, no general pero todavía muy presente, al empantanamiento en la importación competitiva de novedades, con su correlato de desprecio ignorante del próximo, atención aduladora de los grandes centros internacionales de manufactura de bienes simbólicos y de enciclopedismo alodóxico. En fin: así se pensaba antes de la división en áreas de conocimiento, que tanto bien nos ha hecho.