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jueves, 31 de julio de 2014

EL JOVEN MANUEL SACRISTÁN: LA FORJA DE UN FILÓSOFO REBELDE



María Francisca Fernández Cáceres va a presentar, en el próximo otoño, su tesis doctoral, a cuya feliz lectura he dedicado esta semana.
Francisca, Pachi, se enfrenta a la formación personal, política e intelectual de Manuel Sacristán Luzón. Su trabajo aporta novedades importantísimas. En primer lugar, una sociogénesis de las disposiciones de Sacristán, resultado de un análisis cuidadoso de su experiencia familiar: toda familia es un campo de luchas por imponer un modelo de criatura y Sacristán sacó tanto de su padre, como de su madre. Francisca es sensible también a las maneras complejas en que nos inventamos una familia que no existió -a lo cual llamaba Freud la "novela familiar del neurótico".
Políticamente, la tesis recorre un camino espinoso. Combinando memorias, indicios y trabajos del propio Sacristán, Pachi estudia, con un nivel de precisión desconocido, un caso dentro de la gran transformación generacional que convirtió a muchos fascistas en opositores a Franco.
No voy a comentar los hallazgos fruto de un riguroso trabajo de archivos y un obstinado y reflexivo cruce de fuentes: espero que haya una editorial que publique pronto su libro. Diré algo que me parece metodológicamente relevante. Durante muchos años se impuso un consenso ideológico, sobre todo en la historiografía española: el fascismo era malo y el comunismo también y ya los malos de los malos fueron los que pasaron de uno a otro. Porque lo bueno, la norma, es haber pasado de uno u otro al liberalismo, como si en el fascismo no hubiese racionalidad ni en el marxismo emancipación. Así, ciertas carreras se convirtieron en normas que juzgaban a los demás, entre las cuales se encontraban importantes representantes del mundo de las Letras.
Francisca hace una cosa sencilla, muy sencilla de enunciar, pero dificilísima de practicar: colocar a Sacristán en su espacio de posibles y comprender cómo se hizo fascista, admirando a Simone Weil y a la cultura alemana. Posteriormente, Sacristán optó por otro compromiso. No era ya un adolescente hijo de un cuadro del Régimen, sino una persona adulta y reflexiva: entonces se hizo comunista. Sacristán era un hombre serio y en los ambientes letraheridos eso queda, en ocasiones, algo paleto, rígido, estirado. Algunas de los episodios sulfurosos de su biografía (conflicto con Barral, Gil de Biedma, Vázquez Montalbán...) son tratados de manera equilibrada. Sacristán aparece como un hombre de principios, que pueden resultar simpáticos o no, pero que siempre demostró, con un coraje enorme, que no estaba en política para chalanear.
Finalmente, en filosofía, su trabajo es maravilloso. Como el trabajo anterior se ha hecho bien, Pachi reconstruye la forja del filósofo rebelde y nos ofrece un mapa, apropiadísimo y adaptado a contexto, del esfuerzo de Sacristán por encontrar una voz propia. Y lo vemos leer respetuosamente a Heidegger pero cuestionarlo desde la epistemología de Ortega, definir políticamente su existencialismo y, siempre con Ortega en la mochila, asumir la racionalidad del marxismo. En ese sentido, respecto al marxismo, el existencialismo y, cómo no, la lógica, la tesis propone un soberbio estado del campo, tal y como se percibía en un punto de la España franquista en los años 50. Y, para acabar, otra enorme novedad de la tesis, Pachi ofrece un equilibrado estado del campo plasmado en un caso muy difícil de estudiar: las famosas oposiciones a la Cátedra de Lógica en Valencia. El resultado es extraordinario, un ejemplo de manejo de metodología comparativa y de erudición.
Entre los muchos documentos que rescata y analiza hay uno por el que tengo debilidad. En él Sacristán discute con Julián Marías sobre Ortega. Y hay que leer lo que dice de él, en Nuestra Bandera, en años de exilio y persecución. Y hay que leer lo que dice de Ortega, escribiendo como marxista y también como español, como hombre que se toma en serio la realidad de su pueblo, comparándolo con lo que habían escrito otras luminarias del comunismo de la época: Federico Sánchez (Semprún) y Fernando Claudín.
Semprún y Claudín renegaron del comunismo y, más o menos, del marxismo. Visto lo que escribían, tenían razones. Pero Sacristán, siendo un joven recién llegado, procedente del falangismo, que aún no se había asegurado el sustento (que nunca tendría) escribía otras cosas, con otro tono, con otro respeto al adversario, con una concepción amplia de su propia herencia intelectual. Para un español, dice Sacristán, es más importante medirse con Ortega que con Heidegger o Neurath: sus límites, los de Ortega, son también los de nuestra realidad nacional, a la que Ortega quiso permanecer fiel y en la que buscó desesperadamente interlocutores. Ese era el joven filósofo comunista, así hablaba, dijeran lo que dijeran Claudín o Semprún.
 Semprún y Claudín fueron los buenos, las trayectorias modélicas. Sacristán el dogmático.
Mentira: Sacristán nunca fue dogmático, por eso no se arrepintió de ser comunista, ni necesitó darse golpes en el pecho cuando dejo de creer en la URSS. No necesitó hacerse liberal ni proclamar (¡menuda estupidez, menuda impostura!) que tras la pulsión revolucionaria se esconden los aspirantes a comisarios del NKVD. Ser comunista no era ser dogmático, como lo fueron, y mucho, los dos pensadores nombrados -pero no Sacristán. Cuando se escriba un libro blanco del comunismo, Sacristán encontrará mucho espacio.
Un trabajo tan importante como este contribuirá a ello.

miércoles, 30 de julio de 2014

María Francisca Fernández sobre La norma de la filosofía





En el número 22 de la Revista Española de Sociología (RES) María Francisca Fernández reseña La norma de la filosofía: la configuración del patrón filosófico español tras la Guerra Civil, Madrid, Biblioteca Nueva, 2013.
Quien estudie el ámbito intelectual español reciente se encontrará con un relato bien asentado sobre los efectos de la Guerra Civil y la posterior transición. Básicamente este relato señala, primero, que la victoria de Franco acabó con la vida intelectual trasformando a España en un erial, por lo menos hasta mediados de los cincuenta, y luego, que la modernización intelectual se dio paralelamente y en estrecho vínculo con el tránsito ideológico de toda una generación de falangistas de “corazón liberal”. El presente trabajo de Moreno Pestaña se enfrenta a este relato relativizándolo, no sin recoger lo que él tiene, en parte, de realidad.
Para ello el autor propone una sociología de la filosofía española. Pero ¿qué es esto? ¿Puede la ciencia social ayudar a comprender mejor a los filósofos y sus filosofías? La respuesta es, según Moreno Pestaña, sin duda positiva. Lo que se gana con esta perspectiva es dar cuenta de la relación de la filosofía con las problemáticas concretas en las que se gestó, dimensión sin la cual no se comprende históricamente un pensamiento. El acontecimiento Guerra Civil toma así centralidad en un relato en el que se dan cita tres perspectivas de análisis. La que hace atención a la historia interna de las ideas, con su historicidad particular que conforma “una pantalla filosófica de doctrinas” (p. 173) a las que se enfrenta el filósofo; la trayectoria de los filósofos que las encarnan, con la diversidad de condicionantes vitales: origen social, formación y posición institucional, tienen un lugar importante en la descripción; y por último, una dimensión contingente en forma de acontecimiento.
Esta propuesta teórico-metodológica está expuesta en una larga introducción, de la que habría que destacar también la exposición de las relaciones posibles entre la filosofía y la sociología (y en general de la filosofía con las ciencias sociales). Aquí se sostiene que estas disciplinas, aunque independientes, se encuentran, tanto por sus objetivos como por las características de sus objetos de estudio en un proceso constante y tenso de hibridación o mutua implicación. El libro se incluye de esta manera en un proyecto intelectual más amplio, que se desarrolla en la Universidad de Cádiz junto a Francisco Vázquez, entre otros investigadores, y que ha dado ya, junto al presente libro, tres entregas de trabajos de sociología del pensamiento español: de Moreno Pestaña, Filosofía y sociología en Jesús Ibáñez. Genealogía de un pensador crítico, Siglo XXI, Madrid, 2008; de Francisco Vázquez García, La filosofía española: herederos y pretendientes. Una lectura sociológica (1963-1990), Abada, Madrid, 2009. Este último, para quien se interese por el tema, es una lectura obligada como continuidad de La norma…
El libro se ofrece en una introducción y cuatro capítulos que recogen tres debates intelectuales. En estos debates —y por ello, justifica el autor, se prefiere el estudio de debates antes que de escuelas o grupos— se juega la definición del filósofo y se configura “la norma” que regirá en gran medida la filosofía posterior.
En el primer capítulo, “Trayectorias de filósofos y Guerra Civil española”, se analiza el efecto que la Guerra Civil tuvo sobre el campo filosófico. En él se describen las condiciones sociales necesarias para ser considerado filósofo antes de la guerra y las trasformaciones que esta significó. Aquí Moreno Pestaña muestra, apoyado en documentos inéditos, los esfuerzos inmediatos que se hicieron para que “el más alto exponente del neoescolasticismo” (p. 69), el padre Santiago Ramírez, cubriera la cátedra de Metafísica de Ortega. Se introduce el primer debate en torno a la calidad filosófica de Ortega y su escuela. Lo interesante de esta reconstrucción es que muestra lo que hay de ruptura y de continuidad con el estado inmediatamente anterior del campo filosófico y especifica de manera concreta las formas en que la victoria de Franco institucionaliza una corriente filosófica (el neotomismo), que es también un proyecto intelectual ligado a personajes con características sociales bien definidas.
En el capítulo dos se presenta el debate sobre la teoría de las generaciones entre Pedro Laín y Julián Marías. El lector encontrará aquí la exposición de una discusión que contradice la supuesta nulidad intelectual de los años cuarenta. La problemática planteada, sobre la naturaleza de la filosofía y su relación con la historia, da cuenta de la persistencia en España de un debate internacional de ascendencia alemana, que en los cuarenta aún conformaba el presente intelectual para un Laín formado en el contexto de la universidad republicana. Gran parte de este capital cultural se perderá con la disolución de la Escuela de Ortega.
El tercer capítulo explora la “Estabilización del nuevo canon” tras la victoria de Franco. Este, argumenta el autor, va a definir la filosofía como una actividad cerrada sobre sí, la filosofía como “cultivo de textos y la producción de los mismos” (p. 127), como comentario especializado de filosofemas en gran medida independientes de los contextos tanto sociales como intelectuales en que fueron pensados. Con las herramientas de la sociología, Moreno Pestaña va a defender lo siguiente, y esta es una de las propuestas centrales del libro: el modelo intelectual ligado al neoescolaticismo, es decir, la filosofía como comentario de textos filosóficos, permanece “en las estructuras mentales de los agentes” (p. 128) más allá del contenido neoescolástico y esta norma de la filosofía, esta forma de ser y concebir el trabajo filosófico, se torna hegemónica en la transición. En la renovación y la apertura a la vanguardia internacional persiste una concepción mayoritariamente cerrada de la filosofía. Esta propuesta, polémica por cierto, puede ser un fructífero analizador del ámbito intelectual español en la transición con resonancia hasta la actualidad.
Finalmente el cuarto y último capítulo “¿Cómo continuar con la filosofía?” reconstruye el frustrado debate entre Gustavo Bueno y Manuel Sacristán de fines de los sesenta —frustrado, pues Sacristán lamentablemente guardó silencio—. Aquí Moreno Pestaña pone a funcionar su propuesta sociológica en este caso centrado en el análisis de la transmisión intelectual. Propone en este capítulo otra hipótesis polémica, a saber, aquella que defiende la coincidencia de fundamentos intelectuales entre Sacristán y Bueno, ambos marxistas aunque bien diferentes uno del otro. Esta coincidencia, argumenta el autor, emana de una misma raíz teórico-filosófica y está asentada en una experiencia generacional compartida, característica de un momento histórico en el cual Ortega tuvo un papel fundamental para aquellos jóvenes que iniciaban su vida intelectual alrededor de los años cincuenta. Evidentemente es muy difícil sostener tal hipótesis si se considera exclusivamente, ya sea la comparación de constructos filosóficos, ya sea la orientación política de los involucrados. La convergencia entre historicismo orteguiano y marxismo se construye sobre una red argumentativa compleja que hilvana la teoría en la trayectoria individual y social de sus protagonistas.
Moreno Pestaña nos presenta una reconstrucción compleja, atenta a fuentes empíricas diversas (textos filosóficos, entrevistas, trabajo sobre archivos, memorias, correspondencia), que tiene como objetivo “dibujar con toda la densidad posible” (p. 115) los múltiples efectos de la Guerra Civil para el campo intelectual. El resultado es un libro relativamente breve (214 páginas), de un estilo claro y directo mas sin por ello perder en consistencia y profundidad. Tanto por la innovación metodológica como por el rendimiento que de ella se deriva—en una reflexividad constante sobre el material empírico—, considero que este es uno de los trabajos más interesantes que se han realizado sobre filosofía española. Una sociología empírica que tiene como objeto de estudio los discursos dominantes es un trabajo que está muy expuesto a la crítica. Resulta mucho más polémico que otros objetos de estudio, pues apunta a dilucidar los implícitos que organizan el discurso legítimo, por tanto, las condiciones de producción de la verdad y la historia. Por ello este libro, además de ser un trabajo de gran calidad, es una propuesta valiente, que nace del compromiso del autor con la veracidad científica, asentado por lo demás en un fino y sobrio paladar epistemológico. Que otra selección de fuentes es posible, que una interpretación alternativa de las mismas también lo es, es cierto, pero estos riesgos son característicos de toda ciencia social que no esquive la complejidad del material empírico ni pretenda acomodarlo, sin más, a la razón teórica. La racionalidad en ciencias sociales se juega en un equilibrio precario entre pruebas parciales y coherencia de los supuestos teóricos, estos cuando se ensambla bien conforman una racionalidad situada, que debe atender tanto a la complejidad empírica como al “sentido común” de la ciencia. Moreno Pestaña, formado en la escuela de la epistemología francesa y traductor de Jean-Claude Passeron, maneja solventemente este alto estándar científico. La crítica que se haga a este trabajo debe considerarlo.
Por último, hay que señalar que la apuesta intelectual de Moreno Pestaña tiene una evidente inspiración orteguiana, presente de forma trasversal en el libro. Una inspiración crítica y selectiva que recupera y continúa la herencia de una filosofía racionalista, en hibridación con las ciencias sociales, fertilizándola con la sociología francesa (Pierre Bourdieu) y anglosajona (Randall Collins y Martin Kusch). El autor, como todo intelectual creativo, se encuentra inmerso en redes intelectuales heterogéneas (p. 101). En este contexto hay que entender su posicionamiento dentro de una genealogía intelectual de ascendencia orteguiana. Ella tiene, como diría el autor, dos supuestos: primero, que hay una herencia nacional intelectualmente valiosa; y segundo, que paradójicamente la persistencia de una norma implantada bajo el nacionalismo fascista ha hecho a la inteligencia española sorda de su propia tradición.


MARÍA FRANCISCA FERNÁNDEZ CÁCERES
mariafrancisca55@gmail.com

Doctoranda-investigadora, Área de Filosofía de la Universidad de Cádiz

viernes, 6 de junio de 2014

La norma de la filosofía en Televisión UNED


Una discusión en el programa Revista de Filosofía de la UNED acerca de La norma de la filosofía, con Teresa Oñate, Jesús Díaz y Francisco José Martínez.

jueves, 5 de junio de 2014

Artículo de Francisco Vázquez sobre el nietzscheanismo español de los años 70, publicado en la revista "Historia Social"

La revista Historia Social, nº 79 (2014) acaba de editar un dossier monográfico, coordinado por Javier Muñoz Soro, sobre "Los intelectuales en la España franquista". En el mismo figura un artículo de Francisco Vázquez, titulado "Un nietzscheanismo de izquierdas en el campo filosófico español (1969-1982)", pp. 147-166. Reproducimos, debajo, el abstract de este trabajo:



Abstract
This article presents a new interpretation of the Spanish Neonietzschean philosophical trend who flourished from the late Sixties to the early Eightees. Using the conceptual tools of the sociology of philosophy, we try to demonstrate that the Spanish leftist Neonietzscheanism was not a passing event but had lasting intellectual consequences on movements such as feminism, GLTB, antipsychiatry, pacifism and so on. At the same time, we show that the existence of a leftist Nietzschean thought in Postfrancoist Spain is not a logical or theoretical problem, but a sociological one. So, we must look for the cultural, political, institutional and intellectual conditions of this philosophical event.
Keywords: Sociology of intellectuals, Sociology of philosophy, Contemporary Spanish Philosophy, nietzscheanism, contraculture
Resumen
Este artículo presenta una nueva interpretación de la corriente neonietzscheana española, que floreció entre los últimos años sesenta y comienzos de los ochenta. Utilizando los instrumentos conceptuales de la sociología de la filosofía, tratamos de demostrar que el neonietzcheanismo español de izquierdas no fue un fenómeno pasajero, sino que tuvo consecuencias intelectuales duraderas sobre movimientos como el feminismo, el movimiento GLTB, la antipsiquiatría, el pacifismo, etcétera. Al mismo tiempo, mostramos que la existencia de un nietzscheanismo de izquierdas no constituye un problema lógico o teórico, sino un problema sociológico. Por tanto debemos indagar las condiciones culturales, políticas, institucionales e intelectuales de este acontecimiento filosófico.
Palabras clave: sociología de los intelectuales, sociología de la filosofía, filosofía española contemporánea, nietzscheanismo, contracultura



miércoles, 4 de junio de 2014

Artículos de María Francisca Fernández Cáceres y Francisco Vázquez sobre sociología de la filosofía española en la revista Historia y Política

Acaba de ver la luz el número 30 de la revista Historia y Política (junio-diciembre 2013), editada por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. En él se incluyen dos artículos de María Francisca Fernández Cáceres y de Francisco Vázquez García, sobre sociología de la filosofía española. El primero se titula "Los orígenes de una disidencia. Manuel Sacristán en las revistas Estilo y Cuadrante"; el segundo "Los Cuadernos de la Gaya Ciencia y el izquierdismo nietzscheano en la España de la Transición". Se incluyen debajo los resúmenes de ambos artículos en español y en inglés:

El presente artículo tiene como objetivo analizar una etapa poco conocida de la trayectoria del filósofo y político Manuel Sacristán Luzón, su etapa de joven falangista. Para ello se analiza su colaboración en dos revistas del Sindicato Español Universitario (SEU), la revista Estilo y la revista Quadrante. La metodología utilizada implica una doble perspectiva que abarca y pone en relación tanto el análisis textual como el análisis contextual. Este enfoque permite apreciar el auge y decadencia de la recepción de la «utopía» falangista en la generación de posguerra y entrega algunas pistas necesarias para comprender las condiciones históricas de la introducción del marxismo en España.
PALABRAS CLAVE: Falange; franquismo; Manuel Sacristán; SEU; filosofía española; sociología de la filosofía.
The purpose of the present article is to analyze a little known period of the trajectory of the philosopher and politician Manuel Sacristán Luzón, his years as a young Falangist. For that, we analyzed his collaboration with two magazines of the Sindicato Español Universitario (SEU), Estilo magazine and Quadrante magazine. The methodology used implies a double perspective which covers and relates not only the textual analysis, but also the contextual analysis. This approach allows to appreciate the boom and decadence of the reception of the Falangist «utopia» in the postwar generation and gives some hints needed to understand the historical conditions of the Marxism introduction into Spain.
KEY WORDS: Falange; Francoism; Manuel Sacristán; SEU; Spanish philosophy; Sociology of Philosophy.

 In this paper we present a research about the journal Los Cuadernos de la Gaya Ciencia, published in Spain between 1975 and 1976. Our approach uses a sociophilosophical methodology (Pierre Bourdieu, Randall Collins) in order to explore the historical context where this journal was born. Secondly, we place Los Cuadernos in the field of the Spanish philosophical journals in order to understand his singularity. At the same time, we make some remarks about the social origin of the journal’s contributors. Finally we focus in the contents, taking account of the main arguments, philosophical figures and intellectual trends invoked in the journal’s articles. In this way, we point specifically to the political subtext suggested by the journal essays
 KEY WORDS: contemporary spanish philosophy; nietzscheanism; sociology of philosophy; reviews.
 En este artículo presentamos una investigación acerca de la revista Los Cuadernos de la Gaya Ciencia, publicada en España entre 1975 y 1976. Nuestro enfoque utiliza a metodología sociofilosófica (Pierre Bourdieu, Randall Collins) con la finalidad de explorar el contexto histórico en el que nació esta publicación. En segundo lugar, situamos Los Cuadernos en el campo de las revistas filosóficas españolas a fin de comprender su singularidad. Al mismo tiempo, realizamos algunas observaciones acerca del origen social de los distintos colaboradores de la revista. Por último, nos centramos en los contenidos, dando cuenta de los principales argumentos, figuras filosóficas y tendencias intelectuales invocadas en los artículos. Apuntamos así, específicamente, al subtexto político sugerido por los trabajos publicados en la revista
PALABRAS CLAVE: filosofía española contemporánea; nietzscheanismo; sociología de la filosofía; revistas.

domingo, 18 de mayo de 2014

Francisco Vázquez sobre "La norma de la filosofía"



En el número 262 de la revista Pensamiento, Francisco Vázquez reseña La norma de la filosofía


Este libro ofrece al lector una reflexión olímpica acerca del presente de la filosofía española. Pero para entenderlo en sus justos términos, ese presente es afrontado en toda su densidad temporal, como si se tratara del precipitado de una herencia anterior, con sus fracturas, desplazamientos y continuidades. La herencia en cuestión la constituye el orteguismo. Este no se identifica con la escuela de Madrid, cuyos brillos se apagaron tras la Guerra Civil, ni siquiera con las ideas d esu jefe de filas. El orteguismo no es una doctrina sino un modo de ser filósofo y de practicar la filosofía. Esta se identifica con un quehacer abierto e híbrido, una reflexión de segundo orden a partir de las prácticas cotidianas y de los discursos científicos en el interior de una determinada circunstancia histórica. En este maridaje con los saberes, el orteguismo destaca la colaboración con las Humanidades. Las disciplinas humanísticas revelan el condicionamiento social e histórico de las construcciones filosóficas, mientras la filosofía pone al descubierto, mediante conceptos, los supuestos impensados desde los que operan las Humanidades.
Pues bien, el libro narra, en cierto modo, el destino histórico de este patrón orteguiano en la filosofía española posterior, desde la Guerra Civil hasta el final de la Transición. Para ello selecciona, analiza y contextualiza en profundidad una serie de debates teóricos que han jalonado las distintas etapas de este proceso. El debate, la controversia, s etransforman así en observatorio privilegiado a la hora de sondear distintos estados del campo filosófico español en diferentes momentos críticos.
El instrumento utilizado para moldear esta reconstrucción histórica lo constituye la sociología de la filosofía. Aunque formalmente esta disciplina es de factura reciente y se vertebra a partir de metodologías diversas (sociología de las redes intelectuales de Randall Collins, sociología de los campos de producción intelectual promovida por Bourdieu y sus discípulos, sociología de las estrategias argumentativas practicada por Martin Kustch), Moreno Pestaña encuentra su inspiración en el programa orteguiano. Este implicaba rechazar una concepción cerrada de la actividad filosófica, entendido como construcción de sistemas conceptuales a partir de la exégesis de los textos que componen la tradición. Este planteamiento presupone que la filosofía está constituida por un corpus textual autosuficiente, cuya validez es independiente del contexto histórico en el que se formula. Tal actitud, que implica el desgajamiento del sistema filosófico fuera de su peculiar circunstancia histórica, es lo que Ortega identifica y rechaza como “escolástica”. El contenido del sistema en cuestión es irrelevante, puede tratarse de Durando de San Porciano o de Antonin Artaud.
Con estos mimbres el autor traza, en la Introducción, un programa completo de los problemas y dificultades que debe afrontar la sociología de la filosofía entendida como prolongación del ejercicio de reflexividad que define a la actividad filosófica. Diseña así un mapa muy afinado para sortear ese campo de minas que implica la lectura de textos filosóficos, una guía para esquivar los precipicios paralelos del reduccionismo filosófico y del sociologismo. Este apartado introductorio está plagado de sugerencias, ofreciendo una amplia panoplia de herramientas para el historiador: significatividad de las luchas fronterizas (para fijar qué es y qué no es filosófico), importancia de los fracados y d ellos filósofos menores, formulación de la teoría d ellos tres polos de excelencia (institucional, intelectual, creativa), utilidad del concepto de “espacio de atributos”, relevancia otorgada a la construcción de esquemas idealtípicos.
En su argumentación, Moreno Pestaña atiende a las aportaciones de sus antecesores (Collis, Bourdieu & cia, Kustch), pero lo hace siempre criticándolas, evitando precisamente la actitud del escoliasta. Se llega así a una original combinación de estas contribuciones con el legado conceptual de Ortega y con la epistemología weberiana de Jean-Claude Passeron. Otra novedad lo constituye la selección de fuentes. En coherencia con el enfoque propuesto, atento a situar el filosofar en la vocación vital o trayectoria de los pensadores considerados, en su contexto práctico y en el menú de posibilidades que en cada caso conformaba el espacio filosófico, las fuentes consideradas no se limitan a la “obra” de los pensadores involucrados. El análisis de ese material se confronta con un corpus diferente, anómalo para el historiador académico de la filosofía: procesos de depuración en tiempo de guerra, expedientes administrativos, informes y ejercicios en tribunales de oposiciones, correspondencia privada, entrevistas orales con los protagonistas.
Con estos materiales y estas herramientas se aborda, en el primer capítulo, una de la primeras pruebas de fuego afrontadas por la herencia orteguiana: la Guerra Civil. En los relatos consagrados, este episodio habría partido en dos la historia de la filosofía española contemporánea. Exiliados en el exterior o en el interior, los represnetantes del orteguismo habrían sido borrados de la escena y reemplazados por partidarios del nuevo régimen, que habrían ocupado los puestos de sus mayores administrando un nuevo establishment, el de la filosofía bajo palio, dominado por el nacionalcatolicismo y la tradición tomista.El verjel se habría transmutado en erial.
Frente a esta vulgata resuelta con un par de brochazos, se presenta un relato mucho más matizado. Se calibra la importancia de graduar la incidencia de la Guerra Civil según las trayectorias individuales y las fases más afectadas de las mismas. Esto permite por una parte trazar una tipología de las carreras a partir del impacto que tuvo  sobre ellas el fatal acontecimiento: unas se vieron aceleradas (de modo variable según los casos), otras ralentizadas, frustradas o interrumpidas, otras se mantuvieron en sus expectativas anteriores. También varió la pauta de reclutamiento. Todo un espectro de filósofos de origen humilde (en contraste con la procedencia de clase media alta d ellos orteguianos) encontraron en la tutela eclesiástica y en el silencio de los seminarios el modo de superar sus obstáculos de clase aupándose a la consagración institucional o intelectual. La estrella sociocéntrica del nuevo amanecer era el Padre Santiago Ramírez.
Por otra parte, la herencia orteguiana no desapareció como por ensalmo. Muchos de los intelectuales fascistas se habían socializado filosóficamente en ella, de modo que seguñia investida de prestigio. La movilización político-militar hizo más dependiente la lógica del campo filosófico respecto a la del campo político, pero no evaporó totalmente su autonomía. El cambio afectó sobre todo a la institución filosófica, con el barrido del orteguismo en las Facultades de Filosofía y en el Instituto Luis Vives del CSIC. Pero la incidencia de esta tradición prosiguió a través de Ortega y sobre todo de la creciente influencia de Zubiri fuera de la Facultad de Filosofía (Laín, Conde, Gómez Arboleya). El análisis promenorizado y riguroso de las trayectorias le permite además al autor descartar otro tópico de la historiografía intelectual de este periodo: la supuesta contraposición entre falangismo “liberal” y tradicionalismo escolástico.
El segundo capítulo está dedicado a examinar el debate entre Laín y Marías, en la década de los cuarenta, a propósito del concepto de “generación”. Este estudio de caso permite poner en entredicho, d eun modo aún más concreto, el falso tópico del erial filosófico español durante el mencionado decenio. Como enseñó Braudel, la materia histórica está articulada en un tiempo múltiple, multidimensional, donde los campos no se transforman de manera sincronizada. Simétricamente, no es posible afronar la experiencia vital de un filósofo como si existieran compartimentos estancos entre sus distintas facetas (práxica, emocional, cognitiva, etc).
Mediada la década d ellos cuarenta, el trastocamiento del campo político producido por la Guerra Civil había afectado sin duda a las modalidades de reclutamiento profesional y de carrera académica de los filósofos, pero no todavía a su consagración intelectual. Moreno Pestaña traza la persistencia del orteguismo como filosofía persistencia en esta época, analizando el modo en que la filosofía híbrida defendida por Ortega recibía nuevas modulaciones en su discípulo Zubiri, encontrándose cuestionada por la referencia a Heidegger. Se sigue la estela de este problema en el debate Marías/ Laín, en un entorno donde los tomistas controlaban la institución filosófica pero no los valores que cotizaban en el mercado intelectual.
     En el tercer capítulo se dilucida un importante cambio de panorama. Desde las redes tomistas, hegemónicas en la filosofía universitaria desde la Guerra Civil, se trata ahora, ya entrada la década de los cincuenta, de desprestigiar el orteguismo, esto es, de derribar su preeminencia intelectual. El éxito de la campaña antiorteguiana, que es la controversia analizada en este capítulo, propició no sólo la expulsión de las ideas de Ortega, sino la consolidación de un nuevo habitus filosófico que habría de pervivir más allá del franquismo. En las tentativas de sistematización y en las diatribas de los Ramírez, Iriarte, Marrero y compañía contra Ortega, lo que se hace valer es un nuevo prototipo de filósofo: recio y ascético, retirado de las veleidades mundanas y dedicado a la construcción de vastas arquitecturas teóricas obtenidas a partir del culto y la exégesis de los grandes textos de la tradición. En estos pensadores de los cincuenta el corpus de referencia lo constituyó el legado tomista, pero la nueva generación de los sesenta no cambiará el patrón (“la norma de la filosofía”), sino sólo los contenidos. Según los casos se tratará del marxismo, de la filosofía analítica o del postestructuralismo, esto es, de las corrientes europeas importadas con avidez en los años de contestación política antifranquista. Pero filosofar continuará consistiendo en derivar un sistema a partir del  desciframiento de un canon textual, sea este el de Hegel o el de Foucault.
El capítulo cuarto nos relaja abriendo una espita para el optimismo. Aunque eclipsada y dominada, la filosofía híbrida, entrelazada con las ciencias históricas, defendida por Ortega, no quedó totalmente arrumbada en el panorama filosófico español de los años sesenta y setenta. En algunas instancias de la filosofía española de esa época existen rescoldos que nos permiten reavivar hoy el necesario fuego del orteguismo. Estos elementos se encuentran en el conocido debate que enfrentó a finales de los sesenta, a Manuel Sacristán y a Gustavo Bueno, a propósito de la titulación de filosofía.
Más allá de las estridencias de ambos contendientes, Moreno Pestaña revela una concepción compartida del filosofar como reflexión de segundo orden sobre las ciencias y sobre las prácticas mundanas. Ambos rechazan la “filosofía de lector” convertida en canon español desde la década de los cincuenta. La raíz de esta visión del quehacer filosófico se encontraría en Ortega, modelo permanente de Sacristán y objeto de una consideración más ambivalente por parte de Bueno. El autor dedica muchas páginas a reconstruir, en la larga duración, la perspectiva de Ortega acerca del nexo entre la filosofía y las ciencias históricas, poniendo de relieve el tronco neokantiano de las posiciones orteguianas y su vecindad con las ramificaciones del problema en la fenomenología y en el positivismo lógico. En este proceso Heidegger representa un cierto bluff, tanto por su recelo respecto a las ciencias como por su reducción de la historia a una combinación de etimología y comentario de textos filosóficos.
Pese a su proximidad, Sacristán y Bueno discrepan. El detallado seguimiento de sus trayectorias permite detectar la génesis de esta divergencia. El primero considera que la filosofía académica no aporta nada a la hora de componer una ciencia autocrítica y reflexiva. Por eso era partidario de eliminar la titulación específica de filosofía. Bueno sin embargo valora la contribución de esa filosofía universitaria, y la ejemplifica con los casos de Husserl, Heidegger y Bergson. La distancia entre ambos no está en su noción del filosofar, sino en su relación con la institución -integrada en Bueno, marginal en Sacristán, y en la amplitud de su público en esa época -de amplias miras culturales y políticas en Sacristán y más especializado en Bueno.
El Epílogo que cierra el libro amplía la hipótesis acerca de la persistencia de la “norma de la filosofía” instaurada durante los años cincuenta, aplicándola al universo de la filosofía española entre los años sesenta y noventa. Para ello se apoya en un generoso comentario de mi trabajo de 2009, La filosofía española. Herederos y pretendientes. Una lectura sociológica (1963-1990). Los cambios fundamentales que delimitan el proceso de transición filosófica descrito en esta obra no contradicen el continuado predominio de un quehacer filosófico confinado en la exégesis de textos e identificado con la tarea escolástica (en el sentido de Ortega) consistente en aplicar un sistema de referencia (en un repertorio ahora ensanchado, incluyendo a todas las corrientes de la modernidad) desgajado de su contexto a la comprensión de cualquier tipo de realidad.Escrita a la vez con amenidad y elegancia, la monografía de Moreno Pestaña no sólo ayuda a desembarazarse de una interminable lista de tópicos historiográficos sobre la filosofía española del siglo XX. Constituye al mismo tiempo uno de los mejores ejemplos de ejercicio filosófico original que podemos encontrar hoy en nuestro país; invita a retomar nuestra perdida tradición orteguiana para aprender a pensar de nuevo