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jueves, 25 de mayo de 2017

Sobre la Antígona de Slavoj Zizek


Sófocles contiene una filosofía profunda de la democracia, no cabe duda. En hexis se ha comentado el clásico de Bernard Knox y, entre los autores que uno frecuenta, Foucault y Castoriadis han promovido lecturas sugerentes sobre las enseñanzas democráticas del genio de Colono. La de Castoriadis resulta de especial interés, pues consigue invertir la espontánea apuesta “libertaria” por Antígona y a mostrarnos la razón que asiste a Creonte. Si la tragedia funciona como filosofía de la democracia es porque renuncia a un Eje del Mal y nos ahce comprender cómo el orgullo nos conduce a aquello que odiamos ser: es la lección de Edipo, prototipo de caudillo sinceramente democrático. Cualquier lector que se entretenga en Sófocles comprueba cómo los personajes se contradicen y ocupan posiciones muy distintas en una y otra réplica. Lo que los lleva a la tragedia es la rigidez, la falta de comprensión de que la verdad se les escapa, de que no pueden tener razón solos. De hecho, el mítico Teseo, rey de la Atenas democrática, destaca por aceptar azorado las razones de Edipo, cuando este, ya ciego y abandonado, discute con él en Edipo en Colono. La idea esta clara: Teseo, fuerte y valiente, no necesita exhibir su poder obscenamente y puede recular: así es una democracia, esos son los dirigentes que se necesitan. 

Zizek ha reescrito Antígona (Akal, 2017, colección Cuestiones de Antagonismo) y lo hace acercándose al punto de vista de Castoriadis, al que sin embargo no parece haber leído (pues lo citaría). Tanto Creonte como Antígona viven en el formalismo de una convicción que se impone sobre todo. Creonte es un representante del pueblo, algo que en la obra de Sófocles (pero no en la versión de Zizek), afirma ser con orgullo: un igual entre iguales, que gobierna y sabrá ser gobernado. Pero su inquina contra Polinices, y sobre todo su incapacidad de escuchar a su pueblo (¡y a su hijo!), que comprenden y perdonan a Antígona, lo condenan. Su amor a la ley revela una obcecación malsana, incapaz de acoger el parecer ajeno. Obviamente, tras semejante intransigencia asoma una grosera debilidad, toda aquella de la que carece el modesto y titubeante Teseo. 

Antígona, por el contrario, pretende ser la voz de la exclusión. Es una mujer extraordinaria. Edipo —durante su final aventura en Colono— habla de sus hijas, Ismene y Antígona, como de mujeres que superan a sus hermanos. Ambas demuestran que son mejores ciudadanos que los hombres y Creonte insiste ante su hijo en el pánico que le causa ceder ante una mujer. Antígona, sin embargo, no es una heroína indiscutible: en momentos de la obra se ampara en leyes divinas sobre las que Creonte se muestra perplejo: ¿no hablará en Antígona el fanatismo de una iluminada que asigna a los dioses sus presunciones? Como su cuñado Edipo, Creonte tiene rasgos de la democracia y estos se ven en un espíritu ilustrado. Edipo lo muestra ante Tiresias, Creonte ante éste y su sobrina rebelde. 


Hasta aquí, más o menos, las interpretaciones de Castoriadis y Zizek podrían coincidir. Pero el filósofo franco-griego se quedaría aquí: la tragedia enseña que nada hunde más a la democracia que el exceso, la arrogancia del poder. Ser autónomo supone conciencia de que solo nos tenemos a nosotros mismos y a nuestros ciudadanos y que la vida política es un bien muy frágil que carece de garantías. Zizek, sin embargo, da un paso más y presenta al coro estableciendo un régimen nuevo, una democracia popular donde los ciudadanos no se encuentren zarandeados por los delirios de las familias notables. En su lectura de Antígona, Zizek nos ofrece varias versiones del famoso stasimon y, en cada una de ellas, el mensaje trágico se va cargando de sentido procedente del psicoanálisis y de un marxismo libertario. En un momento, Creonte parece un Lenin arrepentido de haber roto muchos huevos sin lograr tortilla alguna… ¡pero Antígona también! De hecho, el nuevo poder popular tebano la acusa de “sustituísmo”, de pretender abrir el paso a los excluidos sin escucharlos. Más abrasadora resulta la acusación a Antígona de ser una “poseur”, que goza secretamente haciendo de heroína y que en el fondo está deseando pasar a la posteridad. Toda su reivindicación de los principios es ansia de fama; de una fama que necesita la muerte propia pero que arramblará con la ciudad entera si hace falta. Ese poder popular pronto creará nuevos Creontes y Antígonas y ninguna democracia asamblearia podrá impedirlo. Solo el control mutuo puede intentarlo: el poder nos hace perder los estribos si no nos protegemos o nos protegen de ello. El lector sabrá identificar a muchas Antígonas y Creontes e incluso, con un mínimo de lucidez, se verá a sí mismo aplaudiendo a una u otra figura en un momento de su trayectoria. Incluso encarnándola. Con su lectura, Zizek no obstaculiza tal experiencia, sino que sabe acentuarla con su indiscutible inteligencia. 

sábado, 20 de mayo de 2017

Liliane López-Rabatel presenta la reproducción de un kleroterion



Liliane López-Rabatel, participante en nuestro proyecto de investigación, nos hace llegar su importantísima presentación de una réplica en piedra del Kleroterion, la fascinante máquina para el sorteo que se utilizaba en Atenas. Un ejemplo de que, como nos explica López-Rabatel, la democracia radical no produjo arquitectura distintiva... mas sí un mobiliario. 
Se producirá en el Salon Innovatives de Marsella, los días 17 y 18 de junio. Para más información cabe dirigirse al sitio del Institut de Recherche sur l'Architecture Antique o en este video del CNRS donde interviene nuestra compañera. 

lunes, 1 de mayo de 2017

Manel García Sánchez reseña la edición de "El Viejo Oligarca"


Aparece en Índice Histórico Español una reseña de la edición que José Luis Bellón Aguilera preparó sobre El sistema político de los atenienses La reseña la firma Manel García Sánchez y puede accederse a ella pinchando aquí

jueves, 30 de marzo de 2017

IV SEMINARIO DE LA RED ANDALUZA DE ÉTICA Y FILOSOFÍA POLÍTICA

Universidad de Jaén, 7 de abril de 2017 
Edificio A3, Salón de Grados

11:00-12:30. Comunicaciones 1. Lilian Bermejo-Luque (UGR) Título: The only rule that a super intelligent robot must obey 
2. David Rodríguez-Arias/ Alberto Molina (UGR) Título: ¿Cómo incrementar la donación de órganos en Europa de un modo éticamente aceptable? 
3. Olga Campos Serena (UGR) Título: Animales no humanos y Enhancement: ¿Tendríamos que mejorar las capacidades de todos los miembros de la comunidad moral? 
12:30-13:00. Pausa Café 13:00-14:00. Debate: Estado del área de Filosofía Moral en Andalucía 14:00-16:30. Pausa Comida 
16:30-18:00. Comunicaciones 
4. Hugo Viciana (IESA Córdoba) Título: ¿Qué puede aprender la filosofía moral de la investigación sobre encuestas? 
5. Pedro Francés Gómez / Paula Andrea Valencia (UGR) Título: Legitimidad de la jurisdicción especial para la paz 
6. José Luis Moreno Pestaña (UCA) Título: Jacques Rancière y la actualidad de la democracia ateniense 
18:00-18:30. Pausa Café 
18:30-20:00. Asamblea: Propuestas y proyectos de coordinación de la RAEFP

sábado, 18 de marzo de 2017

Retorno a un mito demófobo



Entre el 403 y el 399, la democracia ateniense vivió entre dos exigencias. La primera, el recuerdo de la tiranía de los Treinta. La segunda, la imposibilidad de acusar a nadie de las tropelías durante el régimen de terror. Trasíbulo y Anito, jefes de los demócratas, decretaron una ley de amnistía. La ciudad necesitaba olvidar. 
Sin embargo, no se olvidaba aunque no se pudiera llevar a nadie a juicio, so pena de graves consecuencias legales, por sevicias cometidas durante el gobierno de los Treinta. La democracia del siglo IV perseguía duramente las acusaciones espurias, también las dirigidas contra los enemigos de la democracia. Pese al mito del "siglo de Pericles", fue ese el gran momento garantista de la democracia ateniense. 
Los oligarcas derrotados, ya sin apoyo espartano, fueron exiliados a Eleusis. Mas nadie se quedó tranquilo: el pretexto de su rearme llevó a liquidarlos en el 401. Es una época donde en los tribunales se recuerda a menudo cómo se comportó el acusado durante el régimen sectario, aunque se le acuse de otra cuestión. Particularmente significativos eran los procesos de impiedad, ya que la religión y política se encontraban íntimamente conectadas en la memoria del pueblo; especialmente en aquellos años, cuando podía situarse a los Treinta dentro de una secuencia muy específica. ¿Cuál? En el 415, antes de la catastrófica expedición a Sicilia, se habían decapitado los Hermes en Atenas. Esa expedición fue espoleada por Alcibiades. Las últimas páginas de Tucídides describen al conservador Nicias cayendo como un patriota, aunque él se había opuesto a la campaña. Mientras tanto, el favorito de la elite ateniense se pasaba al enemigo. La burla de la religión —una religión cívica, con sus magistrados elegidos por sorteo— era algo común entre los enemigos de la democracia. La falta de piedad con aquella tendía a ir unida a una movilización feroz contra esta. En el año 399 se conocen al menos dos procesos por impiedad, uno de los cuales (incoado contra Andócides) hacía claramente referencia a los acontecimientos de 415.
En el otro gran proceso por impiedad, el jurado quizá se enfrentaba a una acusación formulada bajo una categoría técnica del derecho (introducción de nuevos dioses en la ciudad). Pero tal vez se juzgase otra cosa. Los jueces en Atenas disponían de una gran capacidad de interpretación en un derecho menos codificado y dogmático. Además, por impiedad podía caracterizarse un tipo de prácticas sociales enemigas tanto de la religión como de la vida social. Acoger a un parricida podría provocar un delito de impiedad. Frecuentar a enemigos de la religión y la democracia también. Algo muy delicado si entre tus amigos se encontraban los protagonistas de la traición del 415, el golpe del 411 y el terrible régimen del año 403, un régimen que incluso asustó al muy conservador sobrino-nieto materno de su jefe más conocido. 
Porque en tales círculos se trababan relaciones muy intensas. Los sofistas enseñaban gracias al dinero. De ese modo, objetivaban los servicios prestados y permitían la independencia psicológica, que tanto bien hace a la igualdad entre los individuos (Simmel tiene páginas fundamentales sobre el particular). Idéntico proceso de objetivación del don ocurría a nivel de la administración de la ciudad. El sistema de liturgias, suerte de impuesto jurídicamente garantizado, permitía a los potentados brillar por sus generosidad con la polis; siempre, y eso era fundamental, bajo canalización y coacción del poder público. 
Los afectos que se profesaban los enemigos de la democracia nunca fueron tan vulgares ni se dejaban aprehender en marcos utilitarios. Su referente se instalaba en la más absorbente de las lógicas, la del don: y un don nunca se devuelve del todo. ¿Cómo quedarse en paz con un maestro que te da todo tu saber? Casi resulta más difícil, sin duda es más difícil, que hacerlo con un patrón magnánimo en dineros y regalos. Ridiculizar el dinero es la marca de todos los sectarios. El dinero permite objetivar los servicios y quedarse en paz; la ausencia de contraprestación por un servicio solo puede saldarse con una entrega absoluta y permanente. (Solo un inciso: esto no agota el interés de la razón erótica socrática, asunto del que me he ocupado aquí.)
Bien: en el 399, Sócrates fue acusado de impiedad y de corromper a los jóvenes; todo ello en un marco en que muchos de sus jóvenes amigos, sobre los que gozaba de enorme ascendencia, habían sido responsables de crímenes continuados y particularmente traumatizantes. La persona acusada seguía, nos lo cuenta su discípulo Jenofonte, expandiendo sofisterías (su querida comparación ridiculizadora entre sortear un cargo público con sortear un técnico es eso: la peor sofistería) acerca de la maldad de la democracia y confundiendo acerca de sus procedimientos. Mogens Hansen, que también estudió el proceso, concluyó que el tribunal de Atenas votó honorablemente, dado además el comportamiento provocador del acusado. Paulin Ismard reconstruye la historia con detalle y claridad, iluminando especialmente sobre la vertiente religiosa de la acusación, sobre el encuadre jurídico del proceso y sobre los rasgos políticamente inquietantes de la pedagogía socrática. 
Libros como L'Événement Socrate (París, Flammarion, 2013) deberían modificar radicalmente la manera de enseñar la historia de la filosofía. Y ayudarnos a pensar cómo lleva mucho tiempo fundada en un mito demófobo: el asesinato del librepensador inocente por la chusma totalitaria. La construcción a lo largo de los siglos de dicho mito es otro de los grandes servicios que presta Paulin Ismard a nuestra conciencia histórica y a nuestra claridad intelectual.