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miércoles, 13 de febrero de 2013

Castoriadis y la sociología de la filosofía

¿Qué enseña Castoriadis a la sociología de la filosofía? No entraré aquí en cómo la sociología de la filosofía puede comprender a Castoriadis, lo que exigiría una reconstrucción de redes políticas, historiográficas y filosóficas que incluirían a Lefort y Vidal-Naquet pero también a la inmigración griega y a su trabajo en la OCDE; y por supuesto la historia del trotskismo y del pensamiento libertario. Hay excelentes trabajos sobre el particular. Si Castoriadis se revaloriza, lo que uno desea, comenzaremos a conocer esa literatura y desconectaremos la historia del pensamiento francés contemporáneo del mundo académico y de las historias de la ÉNS. Pero ese es otro trabajo.
Me centraré de manera muy sumaria en otra cuestión: en qué puede ayudarnos a quienes hacemos sociología de la filosofía.  
Castoriadis asume, en cada página, su posición hermenéutica, que nada tiene que ver con la simple erudición universitaria. Leyó la historia y, sobre todo, la Antigüedad clásica, desde un presupuesto: existieron tres grandes olas de emancipación política. La más reciente la protagonizó el movimiento obrero; ésta vino precedida por las revoluciones burguesas; en fin, en Atenas, durante el siglo V y el IV (Castoriadis, frente al parecer de otros estudiosos, tiende a privilegiar, de un modo no siempre convincente, la época de Pericles), se alumbró un experimento político radical de emancipación. Esas tres grandes olas tuvieron su aspecto siniestro: la ineficacia, la fealdad (Castoriadis insiste en ese punto que no es banal) y la tiranía de los regímenes comunistas (tiranía prefigurada en el modelo de partido de Lenin), el esclavismo, la explotación capitalista y la democracia falseada y pobre (cuando la hay: a menudo el capitalismo prefiere torturadores feroces), la esclavitud y la exclusión de las mujeres en Atenas –nadie en su sano juicio puede acusarlos de excluir de los derechos políticos a los extranjeros, los metecos, ya que hoy se sigue haciendo. Ningún régimen político considera ciudadano a cualquier bípedo parlante, remarca Castoriadis.
Cada uno de esos procesos constituye un germen de autoorganización. Imitarlos es absurdo: olvidarlos lo es aún más. Porque el movimiento socialista, la liberación de las colonias americanas o la Revolución Francesa siguen planteándonos preguntas que incentivan nuestra imaginación política. Tal es el marco general desde el que lee Castoriadis el pasado. Vayamos concretando y entremos en su historia de la filosofía griega.
A menudo se habla del helenocentrismo de Castoriadis. Personalmente, no lo veo por parte alguna. Castoriadis no dice que Grecia sea la cuna de nada. Eso es hablar mal: no Grecia, ni el genio griego, ni la luz del Egeo, ni esas zarandajas de romanticismo esencialista (que circulan aún en la vida académica, por sonrojantes que sean): son las democracias griegas del siglo V y IV, entre las cuales sabemos algo de la ateniense -pero hubo más, la de Abdera, patria de Demócrito y Protágoras, por ejemplo. Ni siquiera se trata de los griegos, sino de redes de interacción cultural y política. La primera defensa de la democracia Herodoto la pone en boca… de Otanes, ¡un persa!¡Un bárbaro! Cierto que existen asambleas en otros pueblos, por ejemplo en determinadas tribus. Pero las formas no son lo único que caracteriza a la democracia. Una cosa es recibir una institución de los ancestros –las asambleas o una monarquía, poco importa- y otra considerar la polis como un problema colectivo, como el resultado de la creación política consciente de un pueblo. Atenas no tiene más entidad que los atenienses. Castoriadis recuerda la amenaza de Temístocles a los aliados en los prolegómenos de Salamina: podemos hacer Atenas en cualquier parte, muy lejos del Pireo y de las flores de la Pnyx. Somos los atenienses quienes gobernamos, ni la ley de los ancestros (como la mitificada Constitución de Licurgo en Esparta), ni el espíritu de la ciudad o las Escrituras. Si existe una asamblea de manera impuesta por la tradición no hay autogobierno, sino reiteración de una herencia.
Castoriadis considera que junto a la democracia caminan la filosofía y la historia. Resulta difícil seguirle en esas tesis, que exigirían un trabajo comparativo más amplio. La confrontación con Randall Collins muestra muchas lagunas en la concepción de Castoriadis. Nadie duda de la calidad comparativo de la reflexión en Grecia, que dependen de cadenas de generación y de la articulación de centros de debate (de los que careció la India). Puede admitirse, además, la relación esencial de la creatividad filosófica con la democracia: al fin y al cabo, la estatalización del pensamiento en China fue un obstáculo para la creatividad filosófica. Pero filosofía hubo en China e India.
Por lo demás, tampoco convence completamente su vinculación, cuando es demasiado tajante, entre religión, filosofía y democracia. La tesis de Anaximandro sobre la indeterminación esencial del mundo puede dar lugar a formas muy diversas de vida política. Lo mismo cabe decir de las conexiones entre la filosofía de la naturaleza de Anaxágoras o la antropología de Tucídides con la democracia.
Más impresiona la vinculación entre la fama y la religión griega. Con un más allá como el Hades, y la penosa imagen que allí ofrece hasta el gran Aquiles, la concentración en la actividad terrena parece obligada. Que la idea de la fama y la gesta pudiera civilizarse y moderarse en la polis, fue una tesis de Hannah Arendt que Castoriadis asume y profundiza –y es que la base historiográfica de la gran filósofa salta a los ojos de cualquiera con un mínimo de información.  
Cabe defender entonces una versión débil de la tesis de Castoriadis. Sí puede reivindicarse la conexión entre un tipo de filosofía, la actividad política democrática y la visión global del mundo (expresada en la religión). Siendo el caos lo primigenio, la idea de un orden global resulta imposible. Aunque, si las formas surgieron del caos, cierta ordenación puede realizarse: la historia no la cuenta un idiota y tiene significados. Hay que agarrarse a ellos: en la biografía personal, en la ciencia y en la política. En ese contexto cultural, la filosofía no puede construir sistemas deterministas sino constelaciones cambiantes de acontecimientos de los que cabe extraer guías de acción pero nunca recetas de aplicación mecánica. Es una filosofía histórica, atenta a las conexiones imprevistas de los acontecimientos, pero también a regularidades y tendencias. Castoriadis tiene comentarios magistrales sobre Herodoto o Tucídides a quienes convierte en pensadores centrales de la historia griega. Uno encuentra más filosofía política en el debate sobre Mitilene entre Cleón y Diódoto que en La República, un libro que supura resentimiento y falsedad sobre la experiencia de Atenas.
La Política o las Éticas de Aristóteles son un monumento de esa forma de filosofar (pero podemos intuir más de esa filosófía en lo que Platón cuenta de Protágoras). Castoriadis convence cuando ve en él al gran filósofo de la democracia. Su maestro Platón, sin embargo, constituye la primera tentación epistemocrática: el saber permite ordenar lo bello, lo bueno y lo justo. Dicha filosofía nace de la democracia (que Aristóteles conoció en su agonía), pero también contribuye a ella. Lo hace porque muestra el poder de la inteligencia humana colectiva cuando se aplica al mundo con coraje, pudor y responsabilidad: pocas apologías tan convincentes del poder del demos ateniense, enseña Castoriadis, como las existentes en descripciones de Aristóteles.
En fin, en ese sentido, Castoriadis mostraría la conexión entre una religión ajena al más allá, una filosofía centrada en la descripción –porque no acepta la hipótesis de un sistema y ahí la conexión religiosa- y la inteligencia democrática de la multitud organizada en instituciones. Tal hipótesis plantea interrogantes fértiles que permitirían plantear preguntas empíricamente relevantes para una sociología de la cultura, de la filosofía y de la práctica políticas.      
  

domingo, 10 de febrero de 2013

Recordando a Eugenio Trías

Acabamos de enterarnos del fallecimiento, hoy mismo, de Eugenio Trías, con 71 años, a consecuencia del cáncer con el que venía luchando desde hace bastante tiempo. Es una noticia muy triste que deja huérfana a la comunidad filosófica española y que viene a ahondar -todavía está reciente la muerte de Paco Fernández Buey, compañero suyo en la Pompeu Fabra- la impresión de vacío. Eugenio Trías era sin duda uno de los filósofos más relevantes del siglo XX en nuestro país, con una obra ensayística de extraordinaria altura y originalidad. En 1985, con la publicación de Los límites del mundo, comenzó su etapa sistemática, con la elaboración de la filosofía del límite. A finales de noviembre de 2006 estuvo en Cádiz para participar en las "Presencias Literarias " organizadas por la Universidad. Lo presentó José Luis Moreno Pestaña y luego estuvimos cenando y departiendo con él, hasta muy tarde. Ha sido muy importante en mi formación, sobre todo sus ensayos de juventud, en su etapa nietzscheana. Siempre se mostró abierto y generoso, afrontando la enfermedad con esa "Gran Salud" que Nietzsche reconocía en los espíritus libres. Su respaldo fue fundamental para poner en marcha el proyecto de Er. Revista de Filosofía (1985-2005). Su desaparición, precisamente en unos días tan marcados por la desmoralización política y la debacle económica que atraviesa toda España, aumenta aún más la sensación de vivir en un erial. Quedan no obstante sus numerosos y activos discípulos así como su majestuoso legado filosófico.

jueves, 7 de febrero de 2013

Francisco Vázquez reseña "Clio ante el espejo" de Alejandro Estrella en la revista Historiografías.




Publicado en la revista Historiografías, revista de historia y teoría 4 (julio-diciembre de 2012)

http://www.unizar.es/historiografias/numeros/4/vazquez.pdf


Esta monografía pertenece a una dinastía de trabajos sociogenéticos centrados en la reconstrucción de trayectorias intelectuales individuales: los de Moreno Pestaña sobre Foucault y Jesús Ibáñez y el de Ildefonso Marqués sobre Bourdieu.1 Estas investigaciones, que recomponen a la vez la historia del campo y la historia de lo que los sociólogos vinculados al Centre de Sociologie Europénne (París), denominan el habitus, se salen del género de estudios convencionales sobre “el autor y su obra”, esos análisis de corte idiográfico, ensimismados en el examen paralelo de los textos y de la vida del creador y que tienden a olvidar la condición colectiva de toda producción intelectual.
El trabajo emprendido por Alejandro Estrella tampoco se identifica con el comentario docto y erudito que pretende sacar a la luz y sistematizar la teoría implícita del autor estudiado, forzando así una sincronización intelectualista que olvida las condiciones materiales en las que tiene lugar la creación conceptual. Por otra parte, esta monografía no habría sido posible sin la existencia, desde hace ya casi una década, de una red –de la que el recensor forma parte- nacida en Cádiz y que con este libro de Alejandro Estrella (antiguo becario postdoctoral de la Universidad de Cádiz y actualmente profesor en la Universidad Autónoma Metropolitana de México) y con otros futuros libros que tendrán que llegar, encuentra sus ramificaciones al otro lado del océano.
El estudio de caso sobre E. P. Thompson sirve aquí como experimentum crucis de una nueva metodología en los estudios sobre historiografía. Este territorio, el de la historia de la historiografía, constituye el punto de partida de Alejandro Estrella. El autor, tras su largo periplo académico por Santiago de Compostela, Leeds y México DF, ha encontrado por fin un terreno propio, un método que ha hecho suyo; ni exploración de los paradigmas y de la formación de comunidades profesionales (algo que ha inspirado aquí a trabajos importantes como los de Gonzalo Pasamar, Ignacio Peiró o Carlos Barros) ni historia conceptual al estilo de Koselleck (imitada aquí, entre otros por José Luis Villacañas o Faustino Oncina). Lo que se despliega en su libro es un socioanálisis de inspiración bourdieusiana combinado creativamente con una sociología de las redes y cadenas rituales de interacción al estilo de Randall Collins. El autor ha sabido encontrar aquí, más allá de cualquier tentación dogmática, las bondades del eclecticismo, una virtud que con tanto acierto ha sabido ponderar Jean Claude Passeron en sus reflexiones epistemológicas.2
La virtud principal de esta monografía consiste en seleccionar a un agente destacado y que ha tenido consecuencias decisivas en el destino del campo historiográfico profesional; se trata de seguir las ondas expansivas del “efecto Thompson” para mostrar cómo puede tomar forma un sano ejercicio de reflexividad crítica en historia social. Con el oficio y la frialdad de un experimentado médico forense, Estrella disecciona y extrae las condiciones sociales que hicieron posible la caja de herramientas thompsoniana. Esto le permite dar cuenta de los sesgos derivados del impensado social del creador y de las consecuencias que se siguen de su falta de control. En el caso de Thompson, este déficit de autocontrol le impidió percatarse –como muy bien señala Moreno Pestaña en el prólogo- de su propia carencia de recursos filosóficos, lo que le abocó a convertirse en un fallido teórico social sin dejar de ser al mismo tiempo, un historiador sobresaliente. No se trata por tanto de un análisis completo del pensamiento thompsoniano sino de una sociogénesis del proyecto historiográfico que puso en pie, seguido hasta la publicación de su obra principal: The Making of the English Working Class (1963).
El fracaso de Thompson como teórico tuvo que ver con su impericia a la hora de expresar en conceptos una teoría que se mantuvo siempre en estado práctico o tácito – esa “teoría escondida en el relato” a la que se refiere el autor en su estudio, y que tan fecunda y atinadamente orientó las explicaciones empíricas del historiador británico. Thompson forjó una antropología humanista e intelectualista desmentida en realidad por la subjetividad de carne y hueso descrita en sus relatos históricos. Esto le condujo a diversos malentendidos a la hora de encontrarse con la tradición francesa en filosofía y ciencias sociales (Althusser, Bachelard, Canguilhem, Foucault), y se deja ver en las deficiencias epistemológicas de ese arreglo de cuentas que es la obra titulada Miseria de la teoría.
El texto se vertebra en tres grandes apartados, precedidos por una introducción de carácter metodológico. En esta se pondera el valor de la “historia social de la historia social” como una herramienta para corregir los excesos intelectualistas y profesorales de la propia mirada histórica. La primera parte, titulada “Los senderos del profeta y la llamada de la historia”, reconstruye minuciosamente la gestación el habitus primario de E. P. Thompson, siguiendo el proceso en el medio familiar, escolar y profesional, incluida la experiencia de la Guerra y de la militancia en el Partido Comunista. Esta trayectoria, muy marcada en el historiador por las relaciones con la herencia paterna y fraterna, es encuadrada también en el amplio contexto de la historiografía británica hasta mediados de la década de los 50, delimitando las estructuras principales de este campo científico y la entronización de Thompson en el mismo.
La segunda parte (“En busca de un valle que dé fruta”), sigue de cerca la formación del marco conceptual thompsoniano, emplazando la singladura del historiador dentro del subcampo político-intelectual que constituyó la iniciativa de New Left durante los años más recios de la Guerra Fría. Posteriormente, en uno de los momentos cumbres de esta monografía, se analiza el encuentro de E. P. Thompson con la figura y la obra de William Morris, una etapa crucial para entender el primer esbozo de los conceptos thompsonianos de “subjetividad” y de “agencia”, forjados en esa experiencia combinada de Morris, de su herencia política y de las posibilidades del humanismo socialista en el horizonte de la Guerra Fría.
La última parte del trabajo es una meticulosa reconstrucción de las condiciones sociales e intelectuales que hicieron posible la redacción del The Making of the English Working Class, sin duda una de las obras maestras de la historiografía contemporánea. Por una parte se recomponen los motivos y el público al que podía apuntar un proyecto como éste, en el que se trata de evitar, simultáneamente, las tentaciones del academicismo y del populismo. Posteriormente se diseccionan los grandes lineamientos arquitectónicos del libro y las disposiciones historiográficas y políticas que están en el trasfondo de su construcción. A partir de aquí se desbrozan las aportaciones teóricas involucradas en esta investigación empírica, enfatizando las peculiaridades de los conceptos de “sujeto” y de “clase social” movilizados por E. P. Thompson y que sentarán las bases de sus futuras creaciones como historiador. La lectura de este apartado ayuda a despejar nuestras dudas acerca de la noción de “teoría” con la que trabajaba el estudioso británico y permite comprender en sus justos términos lo que este pudo entender por “miseria de la teoría” en su diatriba contra el marxismo althusseriano. El mérito principal de este trabajo –que utiliza todas las fuentes primarias y secundarias disponibles correspondientes a E. P. Thompson-3 es haber dado forma expresa y coherente a esa teoría tácita de la acción y de la subjetividad presente en el autor de The Making. Pero el más difícil todavía consiste en haber evitado, en su tarea de reconstrucción, el recurso intelectualista que consiste en exhibir ex post facto la arquitectura conceptual thompsoniana, como si se hubiera obtenido la osamenta después de descarnar al cadáver. El empeño de Estrella se parece más en esto a la vivisección que a la autopsia. Ha rastreado en la trayectoria y en el cuerpo viviente de Thompson la génesis de su modus operandi hasta llegar a su culminación con la publicación del The Making. Ha sabido mostrar cómo las disposiciones cristalizadas en el habitus primario del hijo de un pastor anglicano se transformaron en los esquemas de actuación de un scholar, de un historiador profesional. Esto se logra enfocando a cámara lenta la travesía y las reconversiones de Thompson a través de distintos mundos sociales: político, familiar, religioso e historiográfico. A este efecto, Estrella monta su angular en doble perspectiva, atendiendo a la vez al análisis de trayectoria (en particular durante los dos primeros capítulos en los que se advierte el recorrido del habitus primario en el campo escolar y en el paso por William Morris y por su herencia) y el análisis del campo y de sus estructuras (en varios apartados del primer capítulo sobre el campo historiográfico y del posterior estudio de la recepción del The Making en el medio profesional de los historiadores).
Con un derroche de inteligencia y con una escritura casi metálica, cuya precisión nunca se coge en falta, Alejandro Estrella inaugura en este libro un nuevo modo de practicar la historia de la historiografía, sin muchos precedentes en España o fuera de este país. Las posibilidades abiertas por el método utilizado nos revelan que, en los estudios sobre historiografía, queda aún mucha tela por cortar. Esperemos que la comunidad de los estudiosos, en estos tiempos de penuria para la investigación, sepa aprender la lección.



J. L. Moreno Pestaña, En devenant Foucault. Sociogénèse d’un grand philosophe (Paris: Éditions du Croquant, 2006); J.L. Moreno Pestaña, Filosofía y Sociología en Jesús Ibáñez. Genealogía de un pensador crítico (Madrid: Siglo XXI, 2008) e I. Marqués Perales, Génesis de la Teoría Social de Pierre Bourdieu (Madrid, CIS, 2008)
J. C. Passeron, Le raissonnement sociologique. Un espace non poppérien de l’argumentation, Paris, Albin Michel, 2006), 552

3 Como señala el autor, los fondos inéditos de Thompson, distribuidos entre las bibliotecas de la Bodleian y la de Brynmar Jones (Universidad de Hull) sólo serán plenamente accesibles, según Dorothy Thompson, en el año 2043, cuando se cumplan 50 años del fallecimiento del historiador. Hay que entender por tanto que la reconstrucción propuesta en esta monografía es una work in progress, que deberá ser revisada cuando estén disponibles esos fondos documentales. 

miércoles, 6 de febrero de 2013

Francisco Vázquez publica en "Mientras Tanto" un comentario bibliográfico sobre la 'Gauche Divine' barcelonesa

Acaba de salir, en el nº 110 (febrero de 2013) de la revista Mientras Tanto (boletín digital), un comentario bibliográfico de Francisco Vázquez titulado "La Gauche Divine como precursora del postmodernismo". En él se reseñan dos dos libros recientes cuya temática común es la Gauche Divine de Barcelona: Alberto Villamandos, El discreto encanto de la subversión. Una crítica cultural de la Gauche Divine (Pamplona, Laetoli, 2011) y Mercedes Mazquiarán de Rodríguez, Barcelona y sus "divinos" (Barcelona, Bellaterra, 2012).