Páginas vistas en total

miércoles, 31 de octubre de 2012

Foucault, the Family and Politics, con un capítulo surgido de nuestro proyecto


La colección Palgrave Macmillan Studies in Family and Intimate Life publica el libro dirigido por Robbie Duschinsky y Leon Antonio Rocha Foucault, the Family and Politics. En el libro se encuentra un capítulo de José Luis Moreno Pestaña dedicado al análisis de La police des familles de Jacques Donzelot, un libro fundamental para comprender la relación entre filosofía, ciencias sociales y Estado Social en rancia. 

He aquí el índice del libro que puede encontrarse, junto con el capítulo introductorio, aquí

Part I Expositions


1 Foucault and the Family: Deepening the Account

of History of Sexuality, Volume 1 19

Rémi Lenoir with Robbie Duschinsky

2 Foucault’s Familial Scenes: Kangaroos, Crystals,

Continence and Oracles 39

Vikki Bell

3 Foucault, the Modern Mother and Maternal

Power: Notes Towards a Genealogy of the Mother 63

Katherine Logan

4 Foucault, the Family and the Cold Monster

of Neoliberalism 82

Gillian Harkins

Part II Evaluations

5 Jacques Donzelot’s The Policing of Families (1977)

in Context 121

José Luis Moreno Pestaña

6 Gender, Reproductive Politics and the Liberal

State: Beyond Foucault 142

Véronique Mottier

7 Foucault, the Family and History: ‘Imaginary

Landscape and Real Social Structure’ 158

Deborah Thom

Las formas elementales de la vida religiosa





Los compañeros Jorge Galindo y Héctor Vera del Seminario de Historia Intelectual de la Universidad Atónoma Metropolitana - Cuajimalpa participan en esta magnífica edición crítica de "Las formas elementales de la vida religiosa" de E. Durkheim. 
La obra ha sido coeditada por el Fondo de Cultura, la UAM-Cuajimalpa y la Universidad Iberoamericana y se distribuye en España y en México. 
Fue presentada como parte de las actividades del “Coloquio internacional Las formas elementales de la vida religiosa en su centenario, 1912-2012”,  los días 24, 25 y 26 de octubre. 
Y es que los viejos rockeros nunca mueren.

http://historiaintelectual.blogspot.mx/

martes, 30 de octubre de 2012

¿La sociología de la filosofía se opone a la filosofía?



La última reseña de Gerardo Bolado al número colectivo dedicado por la revista Daímon a la sociología de la filosofía en España plantea, entre otras muchas cuestiones interesantes, una cuestión primordial: la de la relación de la sociología de la filosofía con el ejercicio de la filosofía. Sin ánimo de polémica, pues nula polémica cabe con una lectura honesta, rigurosa e informada, por muy crítica que sea con lo que uno hace, me gustaría señalar cómo la sociología de la filosofía sirve para un mejor ejercicio del trabajo intelectual. Recurriré a argumentos procedentes de José Ortega y Gasset, fundamentalmente, de su libro La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva, libro sobre el que preparo una edición para la editorial Biblioteca Nueva.

Habitualmente, se acusa a la sociología de la filosofía de olvidar el significado de los argumentos intelectuales, obsesionándose con la reconstrucción de los marcos sociales en los que se produce la obra. Quienes defendemos esta perspectiva de trabajo, consideramos que la sociología de los productos intelectuales permite comprender mejor el significado de la filosofía y, de esa manera, utilizar mejor su riqueza semántica para conocer no sólo el mundo  de los diferentes autores, sino el mundo al que los textos se refieren. Ese mundo puede ser intelectual porque todo autor escribe sobre problemas tratados por una tradición. Pero, por supuesto, puede también referirse al mundo real, es decir, puede ayudarnos a comprender problemas científicos, políticos o estéticos que se les planteaban a los individuos en un contexto histórico concreto que puede también ser, al menos en alguna dimensión, el nuestro.

Al historiar la filosofía, desde nuestra perspectiva, se intenta apuesta por un doble movimiento. El primero, radica la filosofía en contextos intelectuales y sociales, obviamente históricos, determinados. Para decirlo con José Ortega y Gasset (La idea de principio en Leibniz, IX, 1066-1067), no solo buscamos delimitar qué piensa el autor, sino también qué es lo que “sotopiensa”, es decir, qué nos transmite sobre su experiencia social y cultural sin enunciarlo explícitamente. La recepción meramente textual de una filosofía, insistía Ortega, deviene “escolástica” pues olvida las instituciones, las experiencias vitales de las que brotaron los textos y que raramente se muestran abiertamente.

El segundo movimiento recoge también una exigencia del filósofo madrileño. El escolasticismo se incrementa cuanto más lejos estamos del autor que leemos –insistimos: sólo internamente. Cuando la filosofía recibida y la receptora se encuentran próximas en el tiempo y en el espacio social (La idea de principio en Leibniz, IX, 1072)  las experiencias vitales se transmiten mejor con los conceptos y la lectura de textos deja de ser una simple exploración semántica más o menos rigurosa. La cercanía social y temporal ayuda a comprender cómo se incardinan los conceptos y la vida y, por tanto, permite medir o no en qué medida un concepto puede resultarnos pertinente para nuestra experiencia –o, por el contrario, sirve solo para mejor comprender un tiempo y un sistema de pensamiento pretéritos.

¿Qué se trata de impedir? Evitar que la lectura y la aplicación del pensamiento, sin reconstrucción social e histórica, se convierta en una simple manipulación de términos –porque ese es el problema fundamental- donde lo que se dice que se lee acaba siendo una simple reescritura de palabras (vaciadas de sus contextos sociales y temporales) en las que se proyecta, a menudo de manera inadvertida, los propios deseos del lector.

Al comparar el contexto de una filosofía con el nuestro, suele producirse una experiencia ambivalente. Los autores se vuelven extraños y comprendemos cuánto nos separa de las preguntas que se planteaban y de las respuestas que dieron. Ahora bien, las diferencias solo aparecen sobre ciertas similitudes, en ocasiones, enormes similitudes. Las coyunturas sociales e intelectuales nunca son idénticas pero pueden contener ciertos rasgos comunes. Al historiar un texto nos encontramos en condiciones de saber en qué sus problemas son los nuestros y cuáles de sus respuestas podrían resolver también nuestros interrogantes.
 

domingo, 28 de octubre de 2012

Marxismo y Estado de Antonio García Santesmases. Un libro antiguo para un debate actual

Antonio García Santesmases: Marxismo y Estado. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales 1986. ISBN: 84-259-0738-1. 308 pp.
Juan Gustavo Núñez Olguín (Universidad de Cádiz)      juan.nunez@uca.es


  
Entre las lecturas y búsqueda bibliográfica para los contenidos de mi tesis —que lleva por título: “El campo intelectual ante el acontecimiento histórico: la vía chilena al socialismo y la izquierda intelectual española de la transición”— me encontré, por recomendación de mi gran amigo Jorge Costa, con Marxismo y Estado de Antonio García-Santesmases. Aunque es un libro antiguo, presentado en primera instancia como tesis doctoral y publicado en 1986, bien vale la pena volver sobre él. Expondré las razones que motivan esta afirmación al final de esta reseña. Primero, revisemos muy brevemente los aspectos centrales del texto.
La reflexión teórica del libro que traemos a colación se orienta, como su título indica, en torno a la noción marxista del Estado. Marx, que llevó a cabo un estudio sistemático de las complejas relaciones entre las formas de dominación económicas, sociales y políticas, dejando una coherente teoría sobre el modo de producción capitalista, dejó también un vacío teórico sobre las estructuras del Estado y de la estrategia socialista revolucionaria. Al abrigo de los acontecimientos históricos y los contextos nacionales devenidos después de la muerte de Marx, fueron construyéndose las dos teorías antagónicas que intentarán en adelante llenar este vacío: la teoría leninista y la teoría socialdemócrata. Santesmases coincide con Perry Anderson en señalar que los comienzos de una ciencia marxista de la práctica política se inscriben en la obra de Lenin, pero agrega además a este comienzo los escritos de Bernstein, pues este primer revisionismo de la obra de Marx será piedra angular de elaboraciones teóricas posteriores.
El marxismo occidental, que emergió del fracaso de la revolución proletaria en occidente y del aislamiento de la revolución bolchevique, evidenció hasta fines de los años sesenta un alejamiento de la elaboración teórica con la práctica política —preocupación por cuestiones epistemológicas, búsqueda de un linaje fundacional en la teoría marxista (Hegel o Kant, Spinoza o Rousseau), reclusión de los teóricos en las universidades—, generando un lenguaje de difícil acceso para la clase trabajadora, cuestión que dificulta su participación en la discusión y la elaboración política. No quiero decir con esto que la dimensión teórica no sea relevante, claro que lo es, y de ella nacerán importantes innovaciones, pero conllevará un alejamiento de los temas que habían preocupado al marxismo clásico —leyes del capitalismo y de las economías imperialistas, desarrollo del Estado burgués, maquinaria política de los sistemas estatales occidentales, estrategia política en la lucha de clases—. Este será, en mi opinión, uno de los grandes aciertos de Santesmases al orientar su trabajo hacia una teoría marxista del Estado: poner al Estado en el centro del debate.
Si bien esta preocupación por cuestiones teóricas y de método, en detrimento de los temas económicos y políticos, será una característica del marxismo occidental, a partir de fines de la década de 1960 esta situación comienza a cambiar y se vuelve a retomar el debate en torno al Estado. De esta recuperación de la temática estatal en el marxismo contemporáneo también se ocupará Antonio García Santesmases, destacando las corrientes fundamentales que buscaron reconciliar el lenguaje teórico con la práctica política, a partir de la cual reaparece el análisis de las estructuras del aparato estatal. Entre estas corrientes, Santesmases no se olvidará de incluir la tradición que arranca a partir del pensamiento de León Trotski. Tradición perseguida e injuriada, pero que constituye para el autor “uno de los intentos más serios de romper el abismo entre teoría y praxis en el seno del marxismo clásico”.
Sobre estas premisas, analizadas todas ellas en profundidad, Santesmases estructura en cinco capítulos un discurso coherente y claro. El primero de ellos, se centra en el vacío dejado por Marx y se plantea la siguiente pregunta: ¿existe una teoría marxista del Estado? Una primera distinción, elemental pero importante, es entre la teoría marxiana y las elaboraciones marxistas posteriores, pues el marxismo no es única y básicamente el trabajo de Carlos Marx. A partir de esta obviedad, Santesmases establece un diálogo con destacados marxiólogos y se decanta por la tesis que adelantamos al principio: en el pensamiento de Marx la atención dedicada al Estado es fragmentaria y basada en principios lacónicos. Esta afirmación será para algunos una muestra del genial olfato de Marx, y para muchos otros, verdadero talón de Aquiles del pensamiento marxista.
Los capítulos segundo y tercero están dedicados a las teorías antagónicas surgidas para suplir esa carencia o vacío en el pensamiento marxiano. Para el leninismo será la dictadura del proletariado el concepto central de una teoría marxista del Estado, mientras que socialdemócratas verán en Marx a un defensor de la república democrática, el indicador de una vía gradual, legal y parlamentaria al socialismo. Marx como precursor del leninismo o Marx como precursor del socialismo democrático. Siempre en diálogo con los especialistas, se analizan de manera sucinta pero contundente el pensamiento y práctica política del leninismo y su degeneración en un régimen autoritario, y las premisas socialdemócratas clásicas y actuales —para la fecha de publicación del libro—, mostrando las limitaciones del reformismo, del eurocomunismo y del socialismo parlamentario.  
En los capítulos cuarto y quinto, Santesmases dedicará la atención a las alternativas surgidas desde los últimos años sesenta como respuesta a un marxismo en crisis, que debe volver a plantearse el problema del avance hacia el socialismo en sociedades capitalistas avanzadas y del paradigma revolucionario en sociedades que no cumplen las condiciones que profetizaron los clásicos. Para esto, el autor escoge, según criterios que se explicitan, a cuatro interlocutores: Ernest Mandel —continuador de la tradición leninista-trotskista—, Norberto Bobbio —heredero de la socialdemocracia clásica y del pensamiento de Bernstein—, Ralph Miliband y Nicos Poulantzas —como exponentes de elaboraciones que pretendieron superar el dilema de la construcción de una tercera vía alternativa—. En este análisis de las nuevas propuestas marxistas en torno al Estado, no se dejarán de lado los contextos y acontecimientos históricos que incentivaban y le daban consistencia al debate —el mayo francés, la primavera de Praga, el aplastamiento de la vía chilena al socialismo, la vuelta a los aparatos de Estado del eurocomunismo, el compromiso histórico italiano, entre otros—, otorgando al discurso, sin pretenderlo, una interesante dimensión histórica de los procesos sociales en relación a las elaboraciones teórico-políticas.  
Finalmente Antonio García Santesmases expondrá sus conclusiones. El lector atento al discurso del autor, no solo de este último apartado de conclusión, podrá darse cuenta que sus afectos se inscriben en un reformismo fuerte, capaz de resistir cuando el capitalismo reaccione violentamente, un socialismo —en cualquier caso— realista, democrático, que no pierda de vista el horizonte de la superación del capitalismo, cuestión que dará sentido a la idea de la reforma. Podrá estarse de acuerdo o no con la postura del autor, o las conclusiones a las que llega y que no detallaré. Solo diré que los argumentos a los que apela son en verdad contundentes y la información que se entrega valiosísima. 
Termino esta breve reseña recomendando enérgicamente este libro. El debate en torno al socialismo democrático como un bien simbólico-político en disputa por la izquierda intelectual española de los años setenta es un aspecto central de mi investigación, pero no es solo por motivos de interés personal que insisto en la recomendación. Pienso que Marxismo y Estado constituye un gran aporte desde dos perspectivas: una pedagógica y otra política. 
La primera de estas perspectivas, la pedagógica, porque, además de valioso instrumento de formación política, el libro constituye un claro ejemplo de cómo se estructura un buen trabajo de investigación y de como debiera utilizarse el lenguaje, con seriedad académica, pero de forma clara, concisa, sin pirotecnias ni divagaciones de ningún tipo. Este es, en mi opinión, un texto con un profundo sentido pedagógico en el discurso.
 El segundo aspecto que quisiera subrayar, desde una perspectiva política, tiene que ver con el tiempo histórico en que nos encontramos, a treinta años de aparecidos los análisis del libro. A partir del fracaso de las distintas estrategias leninistas y socialdemócratas, eurocomunistas y socialistas, y ante una nueva crisis del capitalismo que ha encontrado a las izquierdas europeas fragmentadas y sin capacidad de reacción ante el sometimiento dramático del poder político por el poder económico, cabe preguntarse: ¿es posible construir alternativas? Pienso que sí. Revisando lo que ha fracasado, los errores, planteando alternativas que incluyan a una amplia base social, buscando consensos mínimos que permitan avanzar, volver al análisis serio de las estructuras de la maquinaria estatal y las posibilidades de modificarlas. Es este sentido, Marxismo y Estado, aunque libro antiguo, constituye una útil herramienta para un debate actual.
El problema: aunque es posible encontrarlo para consulta en varias bibliotecas universitarias, debido a su antigüedad, no es un libro fácil de encontrar para su compra. Sin embargo, y seguramente debido al contexto actual, he podido observar en librerías una oleada de reediciones y reimpresiones de varios clásicos del pensamiento crítico (Marx, Engels, Lenin, Trotski, E.P. Thompson, P. Anderson, entre otros), no estaría mal que se hiciera lo mismo con textos de autores españoles. Marxismo y Estado de Antonio García Santesmases de los primeros.

martes, 16 de octubre de 2012

La Revista de Hispanismo Filosófico publica una reseña del monográfico de Daimon sobre Sociología de la Filosofía Española

   
Acaba de aparecer en el último número de la Revista de Hispanismo Filosófico, 17 (2012), pp. 333-338, una amplia reseña del monográfico de Daimon. Revista de Filosofía, 50 (2011), que dedicamos a Sociología de la Filosofía Española. La reseña, firmada por el profesor Gerardo Bolado -reconocido especialista en historia de la filosofía española- muestra los desacuerdos de su autor, como es lógico, con el enfoque y con los planteamientos vertidos en el mencionado monográfico, exponiendo los pertinentes críticas al respecto. Pero al mismo tiempo concluye señalando que "Creo que esta línea de investigación representa una de las formas más características e interesantes de historia reciente de la filosofía española que se está produciendo actualmente" (p. 338).


He aquí el texto de la reseña, amablemente cedido por el profesor Bolado.
La primera década del siglo XXI registra un considerable incremento de los estudios de historia reciente de nuestra filosofía que nacen de tres fuentes distintas: la experiencia y la reflexión de los protagonistas de los procesos de institucionalización de nuestra filosofía oficial en el último tercio del siglo pasado, las revisiones de este proceso de recepción y transformación por parte de los historiadores de la filosofía española, y la recepción y aplicación a nuestra filosofía contemporánea de la sociología de la filosofía de Pierre Bourdieu y sus seguidores del Centre de Sociologie Européenne, de la aplicación de la sociología goffmaniana de los rituales de interacción por parte de Randall Collins, o del programa fuerte de sociología de la filosofía de  Martin Kusch. La obra de referencia de ésta sociología de la filosofía en España, “La filosofía española. Herederos y pretendientes (1963-2000)” (2009) de Francisco Vázquez, fue objeto de atención y discusión en unas Jornadas de Debate que tuvieron lugar en la Fundación José
Ortega y Gasset entre el 1 y el 2 de junio del año 2010. Precisamente el Prof. Vázquez coordina este número monográfico de Daimon dedicado a la “Sociología de la Filosofía en España”, en el cual muestra una selección de artículos representativos de esta línea de investigación en Filosofía española contemporánea que está desarrollando con José Luis Moreno Pestaña en la Universidad de Cádiz.
Es un error que sólo puede nacer del desconocimiento de las publicaciones habidas desde los años noventa sobre historia reciente de nuestra filosofía oficial, y en general sobre los estudios de historia del pensamiento filosófico español, reducir aquélla a la aportación de Herederos y pretendientes…, y descalificar por “acrítica” la historia de instituciones que se sirve de conceptos como “áreas”, “materias”, “corrientes”, “recepciones”, “generaciones”, etc. -¿De qué otros conceptos iba a servirse una historiografía centrada en la transformación de las instituciones filosóficas que cifra su carácter crítico en atenerse a los hechos?-, o la “historia de las ideas”, o la “historia de los conceptos”, para considerar de manera adánica que la sociología de la filosofía con sus conceptos de “campo”, “red”, “nódulo”, “habitus”, “ritual de interacción”, “capital cultural”, etc., es la metodología crítica del futuro para estos estudios, como hace Antonio Campillo en su nota “La filosofía española en la Transición
”, que por otra parte concluye con un lúcido análisis de la situación de la institución filosófica española en el presente –neutralizada por una tendencia a la fragmentación y especialización en materias inscritas en áreas, desideologizadas y desconectadas, y por una tendencia a la mundanización que la reduce a los ocasionales productos del “filósofo asesor” o del “filósofo periodista”- y una propuesta de reabrir el debate sobre el lugar de la filosofía en el conjunto del saber.
Por otra parte, no basta con pedir, como hace el Prof. Campillo,  una revisión conceptual de la reconstrucción del “campo” filosófico español que encontramos en Herederos y pretendientes…, para dar cabida a la “perspectiva de género” -antes habría que hacerlo, por ejemplo, para contar con nuestra “perspectiva lingüístico-cultural” (lo español, lo hispánico o iberoamericano)-, urge más el abandono de la tentación dogmática de convertir esa obra en un núcleo firme desde el que desarrollar la investigación -conviene revisar a fondo sus desajustes y concesiones, por ejemplo su insostenible reconstrucción de la red alternativa, y retirar de ésta la denominación de “orteguiana” que no conviene a unos autores que en la Transición
se posicionaron de entrada “después de Ortega"-, y sobre todo reconsiderar sus posibilidades metodológicas y conceptuales, y su relación con los conceptos y resultados de las metodologías históricas.
La sociología de la filosofía no puede renunciar ni suplantar el trabajo histórico realizado o por realizar desde las metodologías históricas existentes, lo necesita y supone, pues sin su concurso sus conceptos son vacíos, o bizquean tartufamente hacia los conceptos históricos que niegan, o se aplican a la historia pionera que producen los mismos sociólogos que los ajustan para comprenderla.  Son éstas dos últimas opciones, sobre todo la tercera, las que encontramos en los artículos de este número de Daimon que se aplican a nuestra Transición filosófica -“Rituales de interacción y especies de capital en el neonietzscheanismo español (1968-1976)” del Prof. Vázquez y “La revancha de los orteguianos. Prensa y filosofía en la España
de la Transición” de Ildefonso Marqués Perales-, a nuestra filosofía oficial en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX -“Los usos del concepto de generación en la filosofía española de los años 1940: racionalizaciones biográficas, trayectorias académicas y tradiciones teóricas” del Prof. Moreno Pestaña, “Manuel Sacristán: génesis de un intelectual polifónico” de María Francisca Fernández Cáceres, y “Manuel Mindán Manero (1902-2006). Socioanálisis de un sacerdote-filósofo en el centro de las actividades de la red filosófica oficial del franquismo” de José Benito Seoane Cegarra-, o a comparar nuestra institución filosófica del final de la Restauración y la Segunda República con la correspondiente mejicana, en el artículo “Por una historia comparada de la filosofía: la formación del campo filosófico español y mexicano” de Alejandro Estrella González.
En el interesante artículo del Prof. Vázquez, que es la muestra principal del volumen, encontramos: un panorama histórico pionero del nietzscheanismo español, ordenado a la reconstrucción del Neonietzscheanismo de la Transición
como una cuarta “oleada” –metáfora que bizquea hacia el concepto de generación- de nietzscheanismo; una reconstrucción histórica pionera de la posición de ésta en los años setenta, que renuncia a la contraposición “recepción (epigonismo) / conservación”, y se basa en la contraposición “Bohemia / Academia”, considerada como una reacomodación de la oposición simmeliana, incorporada por Ortega, entre “vida” y “cultura hipertrofiada”; y, en fin, una sugerente lectura desde la sociología de las “cadenas rituales de interacción”, de la intervención de Eugenio Trías en el Congreso de Filósofos Jóvenes de 1967 –narrada por él mismo en El árbol de la vida (2003)-  con la ponencia titulada «De la conciencia desventurada al humanismo existencial». No me parece que la herencia de Ortega se pueda cifrar en la contraposición “vida / cultura hipertrofiada”, ni los planteamientos de los neonietzscheanos en la contraposición “Bohemia / Academia”, ni que cierta continuidad de aquella en ésta justifique la afirmación de que hay una reacomodación de la herencia orteguiana en la producción neonietzscheana de los años setenta. Así mismo, me parece discutible considerar “alternativos” a unos autores que estaban haciendo carrera universitaria en ese período, como era el caso de Trías de la mano del Prof. Álvarez Bolado.
La historia no está para reconstruir continuidades que no hubo, de tradiciones que no hay. A mi juicio, la continuidad que manifiestan esas contraposiciones, no es la del orteguismo en los neonietzscheanos, sino la de la situación de general desenraizamiento que experimenta la institución filosófica española desde el siglo XIX en una cultura que intenta sin éxito desarrollar tradiciones filosóficas modernas, después de haber interrumpido su propia tradición pre-ilustrada, y que las sustituye mediante una superposición de recepciones sucursalistas de las principales corrientes filosóficas contemporáneas. En los procesos de transformación de nuestra filosofía oficial que tuvieron lugar en el Tardofranquismo y en la Transición
, y que llevaron a la institución filosófica establecida por la LRU mediados los años ochenta, no jugaron ningún papel reseñable ni la figura ni las obras de Ortega, cuya recuperación no se normalizó hasta después de la conmemoración del centenario de su nacimiento y dentro de los estudios de historia del pensamiento español, única materia filosófica en la que son un referente en la actualidad.
En “La revancha de los orteguianos…”, Marqués Perales parte de la concepción de la transición filosófica española expuesta en Herederos y pretendientes…, en concreto de su reconstrucción de la “red alternativa” de ese “campo filosófico”, así como de la denominación “orteguiana” elegida para la misma. Y contrapone una tipología de los filósofos “orteguianos” que intervienen de manera relevante durante ese período en El País (1976-1981) a filósofos herederos del régimen que lo hacen paralelamente en ABC (Millán-Puelles, Gonzalo Fdez. de la Mora
). Estudia filósofos “orteguianos” que actúan como “intelectuales” abordando temas variados, así un Julián Marías “vigilante de la concordia entre los españoles”,  y un Aranguren “crítico de la cultura”; un filósofo “orteguiano” que actúa como políticos con lenguaje filosófico, así Tierno Galvan en su defensa de la política de unidad socialista; filósofos “orteguianos” convertidos de falangistas en liberales conservadores, como Antonio Tovar en defensa de un centro político frente a excesos de la derecha y de la izquierda socialista o comunista, y Laín Entralgo por una nación democrática y plural y una cultura común en español; y filósofos “orteguianos” polemistas o críticos del poder y promotores de un cambio de la estructura social y política, como Savater y Salvador Paniker. Con la excepción de Julián Marías, no creo que en la Transición se pueda considerar orteguianos a estos colaboradores de El País que se sumaron a la apuesta de los directivos de ese periódico “por ocupar el espacio de libertad buscado por los simpatizantes con el proceso democrático”.
La revisión “sociológica” de la teoría orteguiana de las generaciones es otro punto crítico abordado por algunos de los artículos de este monográfico de Daimon. El artículo del Prof. Moreno Pestaña es un estudio comparativo de la evolución biográfica de Julián Marías y Laín Entralgo en el marco del orteguismo, que le lleva a situar la raíz del debate desarrollado en los años cuarenta por estos autores sobre el concepto de generación en la diferencia de clave teórica, orteguiana en aquél y zubiriana en éste. Zubiri habría roto con el anclaje biológico de la sucesión histórica que mantiene la concepción orteguiana de “generación”, al insistir en que la historia es el resultado de poder actualizar o no las posibilidades de una coyuntura histórica. Siguiendo el trabajo del Prof. Moreno Pestaña, Costa Delgado intenta clarificar “Las nociones de vida y biología en la teoría de las generaciones de Ortega y Gasset”. El uso de natural o biológico es a su juicio ambiguo y depende del contexto: circunstancia se asocia a natural, cuando se contrapone a cultura objetivada, y biología tiene entonces carga positiva; en el contexto de cultura como proyecto, o de reflexión frente a “determinismo biológico”, natural o biológico está cargado negativamente. En el artículo del Prof. Estrella González encontramos la presentación breve de un concepto sociológico de generación, procedente de Mannheim, que se compone de “localización generacional” –en lugar de atender al determinante “biológico”-, “complejo generacional” o “destino generacional”, y “unidad generacional” o subgrupo dentro de un complejo generacional.
Esta atención al componente “biológico” de la teoría orteguiana de las generaciones parece interesada en cuestionar los resultados de los procedimientos que determinan a éstas como “grupos de edad” mediante un análisis biográfico-comparativo de las cronologías de los protagonistas de los acontecimientos desencadenantes de los cambios históricos y desde el establecimiento de la  funcionalidad socio-histórica de las mismas sobre la base de alguna cuantificación de su duración y de sus ritmos históricos, que confiere operatividad conceptual a la influyente metáfora de las edades naturales del hombre: niñez, juventud, madurez y vejez. Con todo, este procedimiento biográfico comparativo aplicado de manera crítica y flexible es irrenunciable en el proceso de identificación y caracterización de las generaciones, entendidas como unidades de acción que, si bien carecen de entidad suficiente para protagonizar una filosofía de la historia, resultan de gran utilidad para comprender los cambios de rumbo que se producen en distintos campos de la producción  cultural, por ejemplo en la producción filosófica.
Aunque no comparto la relación que plantean el Prof. Vázquez y el Prof. Moreno Pestaña entre su sociología de la filosofía y la historia de la filosofía (española), ni su ceguera para la “perspectiva lingüístico-cultural española”, considero dignos de estudio y discusión los resultados de la historia pionera que van produciendo -mediante el análisis  de memorias, entrevistas, escritos de homenaje y alguna fuente histórica secundaria, con atención menor a la obra de los autores-, al mismo tiempo que aplican sobre ella sus conceptos sociológicos que se ven afectados por su carácter provisional. Creo que esta línea de investigación representa una de las formas más características e interesantes de historia reciente de la filosofía española que se está produciendo actualmente.