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martes, 30 de octubre de 2012

¿La sociología de la filosofía se opone a la filosofía?



La última reseña de Gerardo Bolado al número colectivo dedicado por la revista Daímon a la sociología de la filosofía en España plantea, entre otras muchas cuestiones interesantes, una cuestión primordial: la de la relación de la sociología de la filosofía con el ejercicio de la filosofía. Sin ánimo de polémica, pues nula polémica cabe con una lectura honesta, rigurosa e informada, por muy crítica que sea con lo que uno hace, me gustaría señalar cómo la sociología de la filosofía sirve para un mejor ejercicio del trabajo intelectual. Recurriré a argumentos procedentes de José Ortega y Gasset, fundamentalmente, de su libro La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva, libro sobre el que preparo una edición para la editorial Biblioteca Nueva.

Habitualmente, se acusa a la sociología de la filosofía de olvidar el significado de los argumentos intelectuales, obsesionándose con la reconstrucción de los marcos sociales en los que se produce la obra. Quienes defendemos esta perspectiva de trabajo, consideramos que la sociología de los productos intelectuales permite comprender mejor el significado de la filosofía y, de esa manera, utilizar mejor su riqueza semántica para conocer no sólo el mundo  de los diferentes autores, sino el mundo al que los textos se refieren. Ese mundo puede ser intelectual porque todo autor escribe sobre problemas tratados por una tradición. Pero, por supuesto, puede también referirse al mundo real, es decir, puede ayudarnos a comprender problemas científicos, políticos o estéticos que se les planteaban a los individuos en un contexto histórico concreto que puede también ser, al menos en alguna dimensión, el nuestro.

Al historiar la filosofía, desde nuestra perspectiva, se intenta apuesta por un doble movimiento. El primero, radica la filosofía en contextos intelectuales y sociales, obviamente históricos, determinados. Para decirlo con José Ortega y Gasset (La idea de principio en Leibniz, IX, 1066-1067), no solo buscamos delimitar qué piensa el autor, sino también qué es lo que “sotopiensa”, es decir, qué nos transmite sobre su experiencia social y cultural sin enunciarlo explícitamente. La recepción meramente textual de una filosofía, insistía Ortega, deviene “escolástica” pues olvida las instituciones, las experiencias vitales de las que brotaron los textos y que raramente se muestran abiertamente.

El segundo movimiento recoge también una exigencia del filósofo madrileño. El escolasticismo se incrementa cuanto más lejos estamos del autor que leemos –insistimos: sólo internamente. Cuando la filosofía recibida y la receptora se encuentran próximas en el tiempo y en el espacio social (La idea de principio en Leibniz, IX, 1072)  las experiencias vitales se transmiten mejor con los conceptos y la lectura de textos deja de ser una simple exploración semántica más o menos rigurosa. La cercanía social y temporal ayuda a comprender cómo se incardinan los conceptos y la vida y, por tanto, permite medir o no en qué medida un concepto puede resultarnos pertinente para nuestra experiencia –o, por el contrario, sirve solo para mejor comprender un tiempo y un sistema de pensamiento pretéritos.

¿Qué se trata de impedir? Evitar que la lectura y la aplicación del pensamiento, sin reconstrucción social e histórica, se convierta en una simple manipulación de términos –porque ese es el problema fundamental- donde lo que se dice que se lee acaba siendo una simple reescritura de palabras (vaciadas de sus contextos sociales y temporales) en las que se proyecta, a menudo de manera inadvertida, los propios deseos del lector.

Al comparar el contexto de una filosofía con el nuestro, suele producirse una experiencia ambivalente. Los autores se vuelven extraños y comprendemos cuánto nos separa de las preguntas que se planteaban y de las respuestas que dieron. Ahora bien, las diferencias solo aparecen sobre ciertas similitudes, en ocasiones, enormes similitudes. Las coyunturas sociales e intelectuales nunca son idénticas pero pueden contener ciertos rasgos comunes. Al historiar un texto nos encontramos en condiciones de saber en qué sus problemas son los nuestros y cuáles de sus respuestas podrían resolver también nuestros interrogantes.
 

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