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jueves, 30 de marzo de 2017

IV SEMINARIO DE LA RED ANDALUZA DE ÉTICA Y FILOSOFÍA POLÍTICA

Universidad de Jaén, 7 de abril de 2017 
Edificio A3, Salón de Grados

11:00-12:30. Comunicaciones 1. Lilian Bermejo-Luque (UGR) Título: The only rule that a super intelligent robot must obey 
2. David Rodríguez-Arias/ Alberto Molina (UGR) Título: ¿Cómo incrementar la donación de órganos en Europa de un modo éticamente aceptable? 
3. Olga Campos Serena (UGR) Título: Animales no humanos y Enhancement: ¿Tendríamos que mejorar las capacidades de todos los miembros de la comunidad moral? 
12:30-13:00. Pausa Café 13:00-14:00. Debate: Estado del área de Filosofía Moral en Andalucía 14:00-16:30. Pausa Comida 
16:30-18:00. Comunicaciones 
4. Hugo Viciana (IESA Córdoba) Título: ¿Qué puede aprender la filosofía moral de la investigación sobre encuestas? 
5. Pedro Francés Gómez / Paula Andrea Valencia (UGR) Título: Legitimidad de la jurisdicción especial para la paz 
6. José Luis Moreno Pestaña (UCA) Título: Jacques Rancière y la actualidad de la democracia ateniense 
18:00-18:30. Pausa Café 
18:30-20:00. Asamblea: Propuestas y proyectos de coordinación de la RAEFP

sábado, 18 de marzo de 2017

Retorno a un mito demófobo



Entre el 403 y el 399, la democracia ateniense vivió ante dos exigencias. La primera, el recuerdo de la tiranía de los Treinta. La segunda, la imposibilidad de acusar a nadie de las tropelías durante el régimen de terror. Trasíbulo y Anito, jefes de los demócratas, decretaron una ley de amnistía. La ciudad necesitaba olvidar. 
Sin embargo, no se olvidaba aunque no se pudiera llevar a nadie a juicio, so pena de graves consecuencias legales, por sevicias cometidas durante el gobierno de los Treinta. La democracia del siglo IV perseguía duramente las acusaciones espurias, también las dirigidas contra los enemigos de la democracia. Pese al mito del "siglo de Pericles", fue ese el gran momento garantista de la democracia ateniense. 
Los oligarcas derrotados, ya sin apoyo espartano, fueron exiliados a Eleusis. Mas nadie se quedó tranquilo: el pretexto de su rearme llevó a liquidarlos en el 401. Es una época donde en los tribunales se recuerda a menudo cómo se comportó el acusado durante el régimen sectario, aunque se le acuse de otra cuestión. Particularmente significativos eran los procesos de impiedad, ya que la religión y política se encontraban íntimamente conectadas en la memoria del pueblo; especialmente en aquellos años, cuando podía situarse a los Treinta dentro de una secuencia muy específica. ¿Cuál? En el 415, antes de la catastrófica expedición a Sicilia, se habían decapitado los Hermes en Atenas. Esa expedición fue espoleada por Alcibiades. Las últimas páginas de Tucídides describen al conservador Nicias cayendo como un patriota, aunque él se había opuesto a la campaña. Mientras tanto, el favorito de la elite ateniense se pasaba al enemigo. La burla de la religión —una religión cívica, con sus magistrados elegidos por sorteo— era algo común entre los enemigos de la democracia. La falta de piedad con aquella tendía a ir unida a una movilización feroz contra esta. En el año 399 se conocen al menos dos procesos por impiedad, uno de los cuales (incoado contra Andócides) hacía claramente referencia a los acontecimientos de 415.
En el otro gran proceso por impiedad, el jurado quizá se enfrentaba a una acusación formulada bajo una categoría técnica del derecho (introducción de nuevos dioses en la ciudad). Pero tal vez se juzgase otra cosa. Los jueces en Atenas disponían de una gran capacidad de interpretación en un derecho menos codificado y dogmático. Además, por impiedad podía caracterizarse un tipo de prácticas sociales enemigas tanto de la religión como de la vida social. Acoger a un parricida podría provocar un delito de impiedad. Frecuentar a enemigos de la religión y la democracia también. Algo muy delicado si entre tus amigos se encontraban los protagonistas de la traición del 415, el golpe del 411 y el terrible régimen del año 403, un régimen que incluso asustó al muy conservador sobrino-nieto materno de su jefe más conocido. 
Porque en tales círculos se trababan relaciones muy intensas. Los sofistas enseñaban gracias al dinero. De ese modo, objetivaban los servicios prestados y permitían la independencia psicológica, que tanto bien hace a la igualdad entre los individuos (Simmel tiene páginas fundamentales sobre el particular). Idéntico proceso de objetivación del don ocurría a nivel de la administración de la ciudad. El sistema de liturgias, suerte de impuesto jurídicamente garantizado, permitía a los potentados brillar por sus generosidad con la polis; siempre, y eso era fundamental, bajo canalización y coacción del poder público. 
Los afectos que se profesaban los enemigos de la democracia nunca fueron tan vulgares ni se dejaban aprehender en marcos utilitarios. Su referente se instalaba en la más absorbente de las lógicas, la del don: y un don nunca se devuelve del todo. ¿Cómo quedarse en paz con un maestro que te da todo tu saber? Casi resulta más difícil, sin duda es más difícil, que hacerlo con un patrón magnánimo en dineros y regalos. Ridiculizar el dinero es la marca de todos los sectarios. El dinero permite objetivar los servicios y quedarse en paz; la ausencia de contraprestación por un servicio solo puede saldarse con una entrega absoluta y permanente. (Solo un inciso: esto no agota el interés de la razón erótica socrática, asunto del que me he ocupado aquí.)
Bien: en el 399, Sócrates fue acusado de impiedad y de corromper a los jóvenes; todo ello en un marco en que muchos de sus jóvenes amigos, sobre los que gozaba de enorme ascendencia, habían sido responsables de crímenes continuados y particularmente traumatizantes. La persona acusada seguía, nos lo cuenta su discípulo Jenofonte, expandiendo sofisterías (su querida comparación ridiculizadora entre sortear un cargo público con sortear un técnico es eso: la peor sofistería) acerca de la maldad de la democracia y confundiendo acerca de sus procedimientos. Mogens Hansen, que también estudió el proceso, concluyó que el tribunal de Atenas votó honorablemente, dado además el comportamiento provocador del acusado. Paulin Ismard reconstruye la historia con detalle y claridad, iluminando especialmente sobre la vertiente religiosa de la acusación, sobre el encuadre jurídico del proceso y sobre los rasgos políticamente inquietantes de la pedagogía socrática. 
Libros como L'Événement Socrate (París, Flammarion, 2013) deberían modificar radicalmente la manera de enseñar la historia de la filosofía. Y ayudarnos a pensar cómo lleva mucho tiempo fundada en un mito demófobo: el asesinato del librepensador inocente por la chusma totalitaria. La construcción a lo largo de los siglos de dicho mito es otro de los grandes servicios que presta Paulin Ismard a nuestra conciencia histórica y a nuestra claridad intelectual. 

sábado, 4 de marzo de 2017

El sorteo, a favor de mejores elecciones

Se ha publicado en castellano Contra las elecciones de David Van Reybrouck, un libro valioso por su claridad, su reconstrucción histórica y su estado de la cuestión acerca del uso del sorteo. Los interesados tienen un acercamiento diferente en la guía que publicamos en abierto dentro de la colección Efialtes. El segundo libro de esta colección acaba de aparecer y contiene una edición de un panfleto antidemocrático de autor desconocido y que servirá al lector interesado para comprender la permanencia de la actitud antidemocrática. Próximamente se prepara un volumen de trabajos sobre democracia y sorteo de Yves Sintomer. Poco a poco se encuentra disponible en castellano una importante literatura sobre los fundamentos de este instrumento de la democracia antigua que tanto puede hacer por la actual. 

No tengo mucho que añadir a la reseña que realicé hace unos años de la edición francesa del libro de Van Reybrouck. Quisiera insistir en un aspecto del libro que puede prestarse a confusión y que nunca estorba insistir en él. Veamos

Van Reybrouck contrapone con razón las asambleas deliberativas sorteadas con aquellas formadas por voluntarios. Las primeras pueden recoger mayor diversidad real y sobre todo librarse de esos profesionales de la militancia que tienden, por su presencia y su entrenamiento, a condicionar la participación política de manera permanente. De ese modo, el campo político erige pantallas de protección contra el entrometimiento en los asuntos públicos de los ciudadanos no especialistas. Van Reybrouck explica bien las virtudes de las asambleas deliberativas y cómo suelen producir discusiones de enorme calidad que contrastan con lo que acostumbra a pasar en asambleas tan “espontáneas” como cualquier mercado desrregulado. Lo que sucede en los mercados no regulados es que siempre, salvo milagro, se imponen los grandes capitalistas: imponen su visión de las necesidades y su manera de satisfacerlas y eso lo sabe cualquier defensor democrático del mercado como mecanismo de registro de preferencias. Aunque debamos tener cuidado con la analogía, también existen capitalistas políticos capaces de movilizar redes de connivencia y retórica que siempre producen resultados idénticos: o se imponen o convierten los organismos políticos en un desierto donde solo sobreviven los conectados con sus redes ideológicas y/o clientelares. 
¿Y dónde quiero hacer una puntualización? Las asambleas deliberativas no carecen de problemas, los cuales recoge bien Van Reybrouck en su último capítulo, aunque esos problemas pueden solucionarse y siempre permitirán prácticas políticas más atractivas que las que ofrecen las asambleas de autodesignados. Me preocupa, sin embargo, otro punto. Efectivamente, no es igual un proceso electoral enriquecido con debates de asambleas deliberativas, que uno basado exclusivamente en la propaganda militar de facciones cuyas diferencias políticas reales, en bastantes ocasiones, cuesta distinguir. Van Reybrouck en El Mundo, señala que una pequeña muestra representativa de la sociedad puede producir resultados de mayor calidad que el voto sin deliberación de ciudadanos sorteadas. El autor puntualiza bien: puede. No siempre. ¿Por qué? En primer lugar, la representatividad estadística (en el fondo, un artefacto matemático) jamás puede sustituir el consentimiento de los ciudadanos. Ciertamente, estos no siempre votan informados en los procesos electorales, mas no cabe quitarles la potestad de tener la palabra en último término. Caeríamos, de lo contrario, en una suerte de aristocracia epistemológica deliberativa. Y la deliberación, a no ser que la idealicemos indebidamente, jamás es una comunidad transparente de voluntades racionales. En segundo lugar, el problema de la democracia no son solo las elites, sino también los ciudadanos. La gente puede votar de manera absurda y no informada en un referéndum o unas elecciones. También puede negarse sistemáticamente a participar en dispositivos sorteados (véase  por ejemplo este post) o participar en ellos de manera irresponsable —aunque, insisto, esto puede ser parcialmente controlado con una buena planificación de los mismos.
Van Reybrouck señala en su libro que el sorteo tiene dos grandes enemigos: unos medios de comunicación escandalosamente tendenciosos y los monopolizadores de los bienes políticos. Por el contrario, muchos ciudadanos tienden a abrazar la utilización del sorteo con simpatía. Mas, quienes lo defendemos, tenemos que pasar los filtros que constituyen los primeros. Debemos afinar muchísimo con nuestros argumentos. Defendemos la democracia: también la democracia representativa y creemos que el sorteo puede hacer mucho por hacerla más democrática y más representativa. No estamos contra las elecciones, sino por mejorarlas y puede que a menudo designando por sorteo a quienes debaten antes de que la ciudadanía tenga, como debe ser, la última palabra. El sorteo permitirá mejores elecciones ciudadanas, más informadas y complejas, tanto de representantes políticos como de alternativas que no siempre formulan bien los representantes políticos. No está contra las elecciones, está a favor de sean mejores elecciones.