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miércoles, 23 de octubre de 2013

La norma de la filosofía en la Revista de Hispanismo Filosófico



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El número 18 de la Revista de Hispanismo Filosófico publica una reseña de La norma de la filosofía, firmada por el profesor Gerardo Bolado y que se reproduce aquí con su amable autorización.  

Este ensayo de José Luis Moreno Pestaña es una sociología de la filosofía, inspirada principalmente en Pierre Bordieu, Randall Collins, etc., que se aplica a la interpretación del cambio experimentado por la filosofía oficial en España tras la Guerra Civil, interesándose sobre todo en mostrar la alteración en sentido “escolástico” del patrón filosófico orteguiano, gestada y establecida durante los años cuarenta y cincuenta, y que sólo empezará a ser replanteada avanzados los años sesenta, de manera ostensible en el debate sobre el lugar de la filosofía en el conjunto del saber entre Manuel Sacristán y Gustavo Bueno.
En la introducción, el autor caracteriza la norma orteguiana de la filosofía por su vigorosa implantación institucional, el desbordamiento del entorno académico en una influyente proyección socio-política, y, en fin, la trasgresión del canon filosófico y la práctica de una filosofía abierta a las ciencias, a las humanidades y, en general, al resto de los campos de la cultura. Y lo contrapone a la norma “escolástica” de la filosofía que se impone en la universidad española de los años cuarenta y cincuenta, sin más proyección que la académica, y guardiana celosa del canon filosófico.
En el capítulo primero, estudia las trayectorias de los filósofos (Santiago Ramírez, Juan Francisco Yela, Alejandro Gil y Fagoaga, Gómez Arboleya, Juan Zaragüeta, Adolfo Muñoz Alonso, Leopoldo Eulogio Palacios, Manuel Mindán, etc., hasta Ángel González Álvarez, José Luis López Aranguren, etc.) que van a dominar la filosofía universitaria y el Instituto Luis Vives de Filosofía, y que van a excluir de la universidad el orteguismo y a transformar en sentido “escolástico” la institución filosófica española tras la Guerra Civil. En esta composición, el profesor Moreno Pestaña se ha basado en el punto de vista de los autores dominantes en el período, y en el análisis de expedientes de oposiciones, de expedientes de depuración política, y de registros administrativos sobre asignaturas universitarias, etc., consultados en la Fundación Ortega y Gasset, en el Archivo General de la Administración, y en el Archivo Central del Ministerio de Educación; también en el análisis de entrevistas a testigos de excepción, como Rábade, Garrido, etc.
En el capítulo segundo, tomando como marco el debate de los años cuarenta entre Laín Entralgo y Julián Marías en torno al concepto de generación, se presentan las trayectorias de los filósofos orteguianos (Gaos, Zubiri, Marías) y de los intelectuales falangistas (Laín Entralgo, Javier Conde, etc.), entre los que se va a fraguar la crisis interna del proyecto de Ortega. Insiste de manera especial en la contrapartida que representaron la figura y la obra de Xavier Zubiri y sus seguidores en el período. El marco elegido y la atención preferente a las figuras dominantes explican tal vez que no encontremos las trayectorias de orteguianos como Antonio Rodríguez Huescar o Manuel Granell. En este apartado se sirve también de biografías, como la de Zubiri, obra de Jordi Corominas y Joan A. Vicens, o de memorias, como las de Laín Entralgo o Julián Marías.
En el capítulo tercero, se analiza desde el punto de vista de la estabilización del canon filosófico, en la “escolástica” del período, la persecución de la figura y la obra de Ortega por parte de los jesuitas Joaquín Iriarte, José Sánchez Villaseñor y Juan Roig Gironella en los años cuarenta, por parte del dominico Santiago Ramírez en los años cincuenta y por parte de Vicente Marrero en los sesenta. Así mismo, se alude a la presión ejercida por el nacional-catolicismo imperante sobre el orteguismo en la España de Franco. Y, en fin, se interpreta La idea de principio en Leibniz… (1947) como “una devastadora crítica, a la par filosófica y política, del mundo filosófico español” (p. 152), a la vez que aprovecha el concepto orteguiano de “escolasticismo”, procedente del “§ 20. Breve paréntesis sobre los escolasticismos” de la mencionada obra, para caracterizar la norma de la filosofía, académica y cerrada, que se impone en los años cuarenta y cincuenta, y que contrapone a la norma filosófica con proyección socio-política y abierta al resto de las disciplinas y campos de la cultura, impuesta por la Escuela de Madrid en los años treinta (p. 159).
En el capítulo cuarto, se estudia el debate entre Manuel Sacristán y Gustavo Bueno en torno al lugar de la filosofía desde el punto de vista de la caracterización de la norma de la filosofía discutida en la obra. Presenta a Sacristán como un orteguiano radicalizado, que no tiene arraigo institucional, pero si proyección socio-política y una concepción abierta de la Filosofía, y a Gustavo Bueno como un profesor asentado institucionalmente, académico, pero conservador “heterodoxo“ del canon con una práctica filosófica en conexión con las ciencias y consciente de su proyección ideológica. Desde el punto de vista de esta caracterización sociológica del patrón filosófico,  tanto Sacristán como Bueno conciben la filosofía como un saber de segundo orden, en lo que “continúan y especifican el proyecto de Ortega de hacer filosofía en diálogo con las artes liberales de nuestro tiempo y construir totalizaciones precarias de los saberes contemporáneos.
El pensamiento metafilosófico de Bueno y Sacristán continúa pues una reflexión orteguiana sobre cómo la filosofía debe asimilar los desafíos de las ciencias históricas. Para Ortega la filosofía debía proporcionar una estructura conceptual clara a dichas ciencias; esas ciencias debían ayudar a la filosofía a salir de un comentario deshistorizado, al anacronismo de identificar (como “problemas eternos”) como propios los problemas de coyunturas pasadas” (p. 207).
La obra se cierra con un “Epílogo” en el que el autor conecta sus resultados con los obtenidos por su compañero de trabajo e investigación, Francisco Vázquez, en su obra de referencia para esta sociología de la filosofía, La filosofía española. Herederos y pretendientes. Una lectura sociológica (1963-1990).
Se podrá cuestionar el punto de vista polémico de esta obra, su caracterización sociológica de la norma de la filosofía, habida cuenta de la extraordinaria complejidad alcanzada por la institución filosófica en la primera década del siglo XXI; así como la suficiencia de esta sociología, en general, para sacar conclusiones relevantes desde el punto de vista de la filosofía y su historia,  o, más en concreto, para caracterizar de manera adecuada la filosofía de Ortega. Pero me parece indudable que esta aproximación sociológica a la ruptura de la norma orteguiana de la filosofía que se produjo tras la Guerra Civil, de manera especial sus capítulos primero, segundo y tercero, representa una aportación relevante para la historia  de la filosofía española interesada en las décadas de posguerra, los años cuarenta y cincuenta, que puede dar lugar a un debate tan necesario, como fecundo, en torno a nuestra filosofía oficial durante ese período.

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