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domingo, 17 de marzo de 2013

¿Cómo puede ayudar la ciencia social a la acción política?


Imagen: Kleroterion, instrumento para el sorteo en la Atenas democrática




Mi amigo Luis Roca me dedicó un post en su blog el otro día. No lo merezco. En él se reflexiona se apunta a la concepción weberiana de la relación entre la ciencia y la política. Con esta entrada le respondo a alguna de las cuestiones que plantea.

Por otro lado, los colegas de la revista Encrucijadas. Revista crítica de ciencias sociales me invitan a presentar su número 4 esta semana, titulado “Metodologías de las ciencias sociales: disputas y consensos”. Leyendo los artículos de Luis Enrique Alonso (cuya filosofía de la práctica ciencias sociales comparto), las tesis de Félix Ovejero (que plantea interrogantes sobre los retos propuestos por el naturalismo) y la entrevista con Salvador López Arnal (centrada en la relación sobre saber y emancipación) he pergeñado estas líneas. 




¿Cómo puede ayudar la ciencia social a la política? El problema es filosófico y científico. Depende de la concepción que se tenga de ambas, de la ciencia social y de la política: y hasta dónde llega una y otra, eso solo puede responderse desde consideraciones filosóficas –siempre que se basen en qué puede hacerse efectivamente desde las ciencias sociales. Intentaremos ver qué ciencia social es posible y hasta donde puede ayudar a la acción política.[1]
El primer problema que se presenta es el del alcance de la ciencia social. Ésta se enfrenta a un dilema, ¡siempre!: a mayor formalización matemática menor contenido histórico, a menor, menos capacidad de generalización. Cuando su sube en el eje de la demostración (existencia de un vínculo entre dos variables) se pierde capacidad de comparación y explicación. Resulta fácil cuantificar allí donde los sujetos hayan dejado rastros y se tengan competencias estadísticas. Uno puede detectar la presencia de un bajo índice de masa corporal en profesionales de la salud y en los cantantes y los artistas. Suponiendo que tuviera datos sobre el índice de masa corporal en un periodo histórico amplio vería fácilmente que no fue así siempre. Podría, sin duda, producirlos, lanzando una encuesta sobre las generaciones disponibles –dado que el susodicho índice es una invención reciente. Requeriría medios muy importantes, salvo que sea uno un potentado. Quedaría por ver si la información relevante final superaría a la obtenida con un trabajo razonado (en su elección, su desarrollo y su interpretación) de diez historias de vida de profesionales de la salud de diferentes edades. Cabe dudarlo.
La ciencia social relevante puede y suele ser artesanal a la hora de producir datos significativos desde el punto de vista político. La cuestión no es que los datos sean cuantitativos o cualitativos, sino que suelen ser un número limitado de datos. Importa más que la cantidad, cómo se razone con ellos, es decir, cómo se les compare con otros datos disponibles, surgidos en otros contextos y en otras investigaciones. Razonar con muchos datos nos lleva a la simplificar los mismos en ciertas dimensiones para poder agruparlos. Vayamos a ejemplos. Constatemos la presencia de bajo Índice de masa corporal en escritores y médicos: ¿cómo establecer un vínculo causal entre uno y otro acontecimiento? La exploración intensiva de la historia concreta –que salvo planes de trabajo fantásticos (en los dos sentidos: envidiables y, a menudo, delirantes, en primer lugar porque no hay quien los financie)- sólo puede realizarse sobre un número determinado de casos constituye la única solución. La ciencia social cuando generaliza demasiado enseña poco sobre las razones del vínculo entre dos variables. Al demostrar mucho, se acerca a una historia concreta difícil de generalizar. Una de los datos centrales de una sociología del conocimiento de la epistemología es el escaso amor por la investigación real de los epistemólogos más severos. No los llamo positivistas, porque no lo merecen: un positivista atiende a la ciencia positiva sobre la que legisla. Al hacerlo sabe que la explicación (qué pasa exactamente y cómo pasa) sólo se aprende con monografías circunstanciadas: él mismo la practica (Paul Lazarsfeld en Los parados de Marienthal) y cuando preconiza una epistemología suele ser más que duro con el pseudoracionalismo (Otto Neurath), con el intento de imponer criterios absolutos que separen la ciencia del trabajo artesanal. El cientismo extremista suele ser como todos los extremismos: asunto de quienes piensan la realidad desde la distancia escolástica, desde el ocio ajeno a los inconvenientes imprevisibles de la investigación.
 
En segundo lugar, la ciencia social ayuda a conocer cómo se producen los acontecimientos, nunca cómo deberían producirse. Supongamos que el Índice de masa corporal desciende entre los médicos porque suele ser una profesión de destino de personas angustiadas por su físico, o que la angustia procede del medio burgués del que proceden los médicos o de los simples beneficios de la competencia profesional: quien sabe sobre el cuerpo tiende a mantenerlo en la ortodoxia. ¿Debe o no ocurrir eso? ¿No sería mejor un cuerpo médico menos ortodoxo somáticamente y más cercano a la realidad de las vidas que se desenvuelven en otros contextos y en otro problemas? ¿No nos arriesgamos a producir diagnósticos envueltos en parafernalia científica, pero que testimonian únicamente sobre nuestra ansiedad? Otro tanto cabe pensar sobre los artistas: ¿tanto trabajo corporal aumenta o diminuye la calidad de las prestaciones de una cantante o un escritor? ¿No se opone a la incorporación de recursos culturales? O quizá no, porque facilita las relaciones sociales y buena parte del capital cultural necesario para ser actor o actriz, para ser escritor o escritora, cantante o bailaora, se adquiere en redes sociales y los guapos tienen más conexiones que los feos. La respuesta a la cuestión de qué resulta deseable o no hacer depende de un sistema de valores que ninguna ciencia puede proporcionar.
Algo sí puede hacer: anunciarnos qué valores específicos configuran el mundo que se analiza. Podemos imaginarnos cómo serían los médicos y los sanitarios pero es mejor escucharlos y atender a sus reflexiones críticas. Veremos que el conocimiento especializado hace tiempo que dejó de estigmatizar la obesidad y que los conceptos de sobrepeso y de los índices de medición de los mismos han sido objeto de agrios debates. El valor científico se encuentra, o puede encontrarse en conflicto, con la cultura médica de muchos sanitarios.[2] Y, seguramente, sólo la buena calidad clínica –y a ver quién es el lince que la formaliza…- deberá elegir atendiendo a cada caso.
También podemos atender a los valores existentes ya en los mundos del arte. Sin duda no faltarán quienes se lamenten la distorsión que produce la existencia de requisitos físicos crecientes. El sociólogo francés Jean-Louis Fabiani lo hacía el 8 de julio de 2008: “Je voudrais aborder un [...] point : la nécessité croissante pour un universitaire, homme ou femme, d'avoir un physique avenant pour faire carrière. [...]. C'est le cas [...] de jeunes philosophes français qu'Elle présentait naguère en pages mode. Sartre serait-il possible aujourd'hui ?”[3].  La respuesta positiva a la última pregunta supondría violentar profundamente la República de las Letras y da razones para oponerse a la constatación -todo apunta a que es cierta- realizada por Fabiani.
¿Por qué recurrir a los valores en conflicto en el campo para elegir nuestra opción? Sin duda, porque la atención a la moralidad existente y a sus conflictos nos libra de uno de los peligros más tremendos de la legitimación científica de la política: que ésta se base en datos que se presumen científicos pero que, en el fondo, dependen de una doctrina fantasiosa que todo lo explica (lo que la vuelve muy seductora, además) pero que nunca ha funcionado. Como toda doctrina de tal tipo, se mantiene coherente a costa de registrar la realidad selectivamente y de violentarla cuando se encuentra lejana. Existen ejemplos muy dramáticos de lo primero. Orlando Figes muestra cómo la tesis de agudizar la lucha de clases en el campo al año siguiente de tomar el poder los bolcheviques fue absurda y provenía del doctrinarismo de Lenin. Los famosos kulaks o campesinos ricos eran menos del 2% de la población agraria. Lo normal es que hubiera diferencias mínimas entre los agricultores, que podía tener su importancia relativa pero que no justificaban la tesis de un aumento de la lucha de clases en el campo. Además, era inoportuno pues los campesinos no eran un peligro para los bolcheviques aunque sólo fuera porque odiaban y temían más a los blancos. Pero la fantasía marxista de Lenin (y de Trotsky) no se hubiera sostenido sin dicha tesis y el Partido se dedicó a enviar a la vanguardia proletaria a requisar alimentos (en realidad eran lumpen y aventureros, sin más oficio que la guerra y el pillaje “revolucionarios”: otra obcecación de la fantasía) que violaron y asesinaron a mansalva, hasta que la gente prefirió la vida bajo el Zar. Los bolcheviques que miraban sin engañarse los resultados de la política de su fanático líder (un señorito sin vida personal, que llevaba viviendo toda su vida en el Partido y nada más que en el Partido y que no conocía Rusia)[4] no podían creerlo.
La ciencia puede ayudar a la política a desterrar mentiras. Los datos son los que son y las realidades se organizan de forma que ningún artificio lógico –dialéctico o no, importa poco- puede prever. Los científicos pueden enseñar que existe un sentido objetivo de los actos, independientemente de la voluntad de los actores y que éste sentido objetivo puede descarriar los mejores deseos. Recuperando ejemplos menos dramáticos: incluso aunque estemos seguros de la morbidez del sobrepeso, ¿debemos impulsar a todo el mundo al régimen cuando sabemos que hay contextos sociales, hábitos y gustos que lo derivarán, inexorablemente, hacia muy peligroso yo-yo de engordar y adelgazar? Es una opción que depende de la valoración del bien más bueno o del mal menos malo.
Pero, en fin, la ciencia social ayuda a detectar regularidades importantes para la acción humana. Puede pronosticarse mucho con indicios razonables de fiabilidad. Podemos saber que cuando determinados recursos se valoran por encima de otros, los individuos tenderán a persistir en lo que los beneficia más allá de toda lógica. Orlando Figes recuerda en qué consistió el “comunismo de trepas” que tantos disgustos costó a Trotsky cuando quiso racionalizar el Ejército Rojo: “La camaradería y la clase eran las cualificaciones necesarias para el ascenso militar”[5], aunque eso contribuía a pérdidas enormes de vidas y de material bélico. Tal es el principio de lo que Bourdieu llamó Principio de Jdanov: los privilegios que el capital político tiene sobre el cultural y el económico permite a los individuos apropiarse de los bienes y servicios públicos. La URSS llevó al extremo una tendencia que también se presenta en países socialdemócratas –e incluso en los movimientos sociales, plataforma de acceso para muchos a los bienes políticos. Y, lo más importante, ahora mismo: explica también cuál es el principio de la corrupción política en los países capitalistas.[6] Existe un jdanovismo capitalista.
Por supuesto, más allá del sistema económico que exista, ese mal no se resolverá si no se corta la raíz del mismo. ¿En dónde se encuentra? En que la política se profesionalice hasta tal punto en que se convierta en un sistema cerrado permitiendo privilegios al acceder a los bienes públicos y, como pasa hoy en nuestros países, ponerlos al servicio del capital privado. Podemos recortar el poder del capital privado mediante la introducción del poder público. Pero la variable del capital político puede seguir operando, anulando la cualificación técnica o sometiendo todos los valores (morales, artísticos, científicos pero también de simple racionalidad económica: mejor un tren revolucionario con retraso que uno revisionista puntual, decían los maoístas chinos): tal fue la corrupción socialdemócrata o comunista.
¿Cuáles han sido los instrumentos históricos –recuerdo el principio de no inventarse composiciones que nunca han funcionado- que han permitido enfrentarse a ello? En primer lugar discernir bien qué requiere competencia técnica absolutamente especializada hasta el punto de que ningún profano pueda hablar con juicio sobre el asunto. A esas personas hay que elegirlas democráticamente entre un plantel restringido de personas competentes. Eso sí, tales personas tienen que rendir cuentas de su actuación periódicamente –una cosa es que lo hagan sea complejo, si no saben explicarlo con palabras simples a lo mejor es que no son tan especialistas- y rotar en sus cargos mediante elecciones periódicas. El control de los pares no es suficiente criterio y el de la prensa tampoco. Ya sabemos cómo funcionaba la Reserva Federal: a quien se oponía a Alan Greenspam se le llamaba ludita. Los pares callaban como corderos (o como lobos, quién sabe… en cualquier caso, como doctrinarios) y  la prensa, el gran Bob Woodward escribían panegíricos sobre un hombre tan completo y neoyorquino (hasta tocó el clarinete y todo).[7] Algo similar cabe decir sobre los expertos del Índice de Masa Corporal, si los datos científicos citados antes son de fiar.
El segundo principio consiste en abrir al máximo la posibilidad de ocupar un cargo público que no requiera de excesiva especialización y exigir la rotación en el mismo. Por dos razones: una, es que dificulta la corrupción, ya que nadie tiene la estabilidad suficiente para prepararla y el corruptor tampoco sabe a ciencia cierta a quien acudir. En cualquier caso, la inspección y la rendición de cuentas se imponen también. Pero, ¿ante quién? Ante gente capaz de preguntar sin complacencia, protegidos por la ley y que no surjan de las complicidades políticas de casta.
Esos cargos pueden ser provistos por sorteo. Pese a que pocos lo saben, el sorteo fue la práctica que identificó a la democracia hasta las revoluciones burguesas. No sólo a la ateniense, sino también a la Florencia de Maquiavelo e, influencia italiana mediante, a muchas ciudades de la Corona de Aragón –quien pudo librarse con ello de la Guerra Comunera. La elección –de los mejores- fue un principio aristocrático, realizado sobre un cuerpo restringido de ciudadanos: hoy, los especialistas a tiempo completo en la política.[8]
Esta opción tiene sus críticos, que consideran un atraso no organizar nuestras democracias por la ideología. Se supone entonces que, en todos los ámbitos de la acción pública, los ciudadanos prefieren pensar por paquetes ideológicos y que sus políticos también lo hagan así.[9] Nadie puede negar la importancia de la tesis. Pero tiene sus riesgos y contradice el hecho de que más allá del voto se encuentra consensos entre las preferencias ciudadanas (salud, educación) más allá del voto: lo muestran los diarios a propósito de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca[10]. La ideología en sentido moderno, fabricada en parte por los partidos de masas y por las elites políticas que produjeron (muchas de ellas de origen humilde), se encuentra aquí para quedarse. Puede pensarse también que muchos asuntos podrían gestionarse al margen de la división derecha/izquierda, sencillamente porque la salud, el trabajo o la vivienda son condiciones de la vida que sólo gustan de problematizar los ideólogos extravagantes –como los que buscan sobresalir en todos los círculos académicos elitistas: los neoliberales son un ejemplo.   
La ciencia social –aunque sólo sea reconstruyendo la historia y mostrando que no siempre fue así- puede ayudar a la creatividad política haciendo algo muy sencillo: cuestionando las falsas evidencias, algo que de Marx a Nietzsche constituye el principio del pensamiento crítico. Eso no nos dice qué hacer: simplemente que tenemos opciones. Ya es mucho.



[1] La mayoría de cuanto digo se inspira en Jean-Claude Passeron aunque los fallos son de exclusiva cosecha mía. Véase por ejemplo su artículo : “Le sociologue en politique et viceversa: enquêtes sociologiques et réformes pédagogiques dans les années 1960”,  Jacques Bouveresse et Dénis Richet, La liberté par la connaissannce. Pierre Bourdieu (1930-2002), París, Odile Jacob, 2004.
[2] Véase Miguel Ayuso, “El sorprendente beneficio de la gordura: las personas con sobrepeso viven más”, El confidencial, 9 de marzo de 2013, http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2013/01/04/el-sorprendente-beneficio-de-la-gordura-las-personas-con-sobrepeso-viven-mas-112129/, consultado el mismo día.
[3] Jean-Louis Fabiani, “Pourquoi j’ai failli arreter mon blog”, http://blogs.mediapart.fr/blog/jean-louis-fabiani/080708/pourquoi-j-ai-failli-arreter-le-blog, consultado el 9 de marzo de 2013.
[4] Orlando Figes, La revolución rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo, Barcelona, Edhasa, 2010, pp. 675-678.
[5] Ibíd., p. 650.
[6] Pierre Bourdieu, “La variante soviética y el capital político”, Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción, Barcelona, Anagrama, 1997, p. 30.
[7] Antonio Muñoz Molina, Todo lo que era sólido, Barcelona, Seix Barral, 2013, p. 27.
[8] Yves Sintomer, Petite histoire de l’expérimentation démocratique. Tirage au sort et politique d’Athènes à nos jours, París, La Découverte, 2011, pp. 39-102.
[9] Ignacio Sánchez-Cuenca, Más democracia, menos liberalismo, Buenos Aires, Katz, 2010, p. 11.
[10] Fernando Garea, “Los españoles confían mucho más en los movimientos sociales que en los políticos”, El País, 16 de Marzo de 2013, http://politica.elpais.com/politica/2013/03/16/actualidad/1363470095_882443.html, consultado el mismo día.




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