Páginas vistas en total

miércoles, 24 de abril de 2013

Carlos Illades sobre Eric Hobsbawm: “Ser comunista” Eric Hobsbawm y el género autobiográfico.




Carlos Illades de la UAM-Iztapalapa nos presenta un texto que leyó el 18 de abril en el coloquio “En torno a la obra de Eric Hobsbawm”  en la Facultad de Economía de la UNAM.


“Ser comunista” Eric Hobsbawm y el género autobiográfico.

Sorprende que Eric Hobsbawm y Louis Althusser, dos de los intelectuales marxistas más influyentes de la segunda mitad del siglo pasado, dieran un sesgo tan diferente a sus respectivas autobiografías[1]. Nacidos con unos meses de distancia en la periferia de los imperios británico y francés -el primero en Alejandría en junio de 1917, y el otro cerca de Argel en octubre de 1918-, comunistas ambos, alistados en la segunda Guerra Mundial, defensores a ultranza de la cientificidad del marxismo y próximos a Latinoamérica, este paralelo biográfico no bastó para que adoptaran un patrón semejante en el complejo acto de hablar acerca de sus vidas, de explicarse a sí mismos.
Althusser optó por la introspección, por un autoanálisis que permitiera a la razón internarse en el laberinto de una psique dañada. Y Hobsbawm narró su paso por el siglo xx más como historiador que como protagonista, tomando la mayor distancia posible de algo que indudablemente le atañía, procurando omitir los detalles personales que consideraba carecían de interés general. No obstante, se permitió algunas licencias para hablar de los otros, como cuando recordó la visita que hizo el filósofo francés al University College, de Londres, y sus ataques de ansiedad, obsesionado consecutivamente por comprar un piano de cola y un Rolls-Royce. “Parecía evidente –escribió Hobsbawm- que aquella mente preclara estaba acelerando ya la marcha del motor de su cerebro alrededor de una pista mortal que había de conducirlo a un destino trágico”[2].
De Años interesantes, la autobiografía de Hobsbawm publicada en 2002, Perry Anderson escribió que bien podría considerarse el quinto volumen de su historia de la modernidad, pudiéndose titular por mérito propio “la era de EJH”[3]. Y lo es, no únicamente por el amplio y fino registro que ofrece del siglo xx, al que en 1994 había dedicado la que para muchos es su obra más importante (La era de los extremos), sino por la riqueza de las vivencias asociadas tanto con la nacionalidad de sus padres –británico el padre y austriaca la madre-, que contrajeron nupcias cuando ambos países se enfrentaban en la primera Guerra Mundial, como con su procedencia judía en una Europa que pronto padecería los estragos del nacionalsocialismo.
Así, los primeros quince años de la larga vida del futuro historiador transcurrieron en Alejandría, Viena y Berlín. La muerte de los padres durante su residencia en Austria había provocado el traslado de la familia (tenía dos hermanos) a casa de sus tíos a la capital alemana, donde estuvo entre 1931 y 1933. Por tanto, en una adolescencia que tenía sus recompensas a pesar de la situación de la familia, presenció el derrumbe de la República de Weimar, la devastadora crisis económica y la movilización de las camisas pardas. Pero, acaso lo más importante de esos años, definió su vocación política:
Los meses de mi estancia en Berlín hicieron de mi un comunista para toda la vida o, como mínimo, un hombre cuya vida perdería su carácter y su significado sin el proyecto político al que se consagró siendo un estudiante, a pesar de que dicho proyecto ha fracasado de forma patente, y de que, como ahora sé, estaba condenado a fracasar. El sueño de la Revolución de Octubre permanece todavía en un rincón de mi interior, como si se tratara de uno de esos textos que han sido borrados y que siguen esperando, perdidos en el disco duro de un ordenador, que algún experto lo recupere[4].
No obstante sus expectativas juveniles, las bases sobre las que se cimentó la empresa comunista no eran las idóneas para conducir el proceso hacia el final deseado. Las intenciones y los resultados, como muestra la obra historiográfica de Hobsbawm, rara vez coinciden. De esta manera, aunque los bolcheviques se planearon construir el socialismo, el mayor de sus éxitos consistió en postergar por setenta años la disgregación del último de los absolutismos y modernizar un país agrario atrasado[5].
El historiador británico racionalizó el fracaso del “socialismo realmente existente” desde una postura realista en la cual mostró el desenlace como necesario, estos es, dadas las condiciones concretas no podría ocurrir de otra forma. Sin embargo, los actores del momento no eran conscientes de esto: a la vez que jóvenes dotados e inquietos como él quedaron seducidos por la encendida retórica hitleriana –entre ellos el escritor Günter Grass, quien en sus memorias honradamente encaró este desliz-, otros muchos abrazaron “un compromiso apasionado con la revolución mundial”[6].
Al internarse en las motivaciones individuales, entra en juego la contingencia, un asunto teóricamente incómodo para el marxismo, por lo que Hobsbawm hizo ver la dificultad que esto entrañaba: “cuando más me remonto al pasado e intento comprender a ese muchacho, desconocido y lejano, llego a la conclusión de que, si ese niño hubiera vivido en otras circunstancias históricas, nadie habría previsto para él un futuro de compromiso político apasionado, aunque casi todo el mundo le hubiera predicho un futuro como intelectual”[7].
Pero la marea política del año de 1932, que arrastraba todo a su paso, lo urgió a tomar alguna de las opciones disponibles. Finalmente, la nacionalidad británica, su condición judía y cierta disposición sentimental que abrigó en Viena lo inclinarían hacia la izquierda. La manifestación callejera, sobre todo en esos tiempos revueltos, provocaban en los participantes una sensación cercana al éxtasis, lo que lleva al historiador a ofrecer una explicación de este paroxismo colectivo: “después del sexo, la experiencia que combina una actividad corporal y una emoción intensa en grado máximo es la participación en una manifestación de masas en un momento de gran exaltación ciudadana”[8]. También, fue entonces que se acercó al marxismo. Desde esta corriente teórica pensaría la Historia y haría el balance de la Revolución de Octubre.
Hobsbawm llegó a Londres en 1933 y, un par de años más adelante, ganaría una beca para realizar sus estudios de literatura en el King’s College de la Universidad de Cambridge. Se enroló al Partido Comunista de la Gran Bretaña (pgcb) en 1936 y permaneció en él prácticamente hasta su extinción, simultánea a la de la Unión Soviética. Con cáustico humor decía que nunca abandonó el partido “‘porque no quería encontrarse en compañía de todos esos ex comunistas que se convirtieron en anticomunistas’”. La lista era cuando menos larga e iba desde el conocido filósofo marxista Lucio Colleti, convertido en adepto de Berlusconi, como los fundadores del neoconservadurismo estadunidense, surgidos en las filas de la izquierda radical[9]; esto por no hablar de itinerarios intelectuales que nos resultan más familiares.
Ahora bien, ¿qué interés podría despertar el comunismo en un muchacho amante del jazz el cual colonizó su emotividad “convencido de ser físicamente falto de atractivo… en una vida por lo demás casi monopolizada por las palabras y los ejercicios del intelecto”? De acuerdo con François Furet, mientras el fascismo fue en origen una reacción anticomunista, “el comunismo prolongó su atractivo gracias al antifascismo”. Esto ocurrió, dice Hobsbawm en la reseña crítica de El pasado de una ilusión (1995), porque los actores históricos tienen ante sí “un conjunto de probabilidades determinadas por las opciones socialmente disponibles en circunstancias que les llevaron a considerar que tenían que decidirse por tales opciones políticas”[10]. Él, como otros jóvenes de su generación que abrazaron la alternativa comunista, estaban seguros de que lo que se jugaba en ese momento era el futuro y que la acción colectiva servía para mucho, que podía definir el curso de los acontecimientos en una Europa amenazada por la violencia y el irracionalismo fascista. Dentro de los partidos comunistas todos ellos encontraron la certeza de que alcanzarían la victoria y vivieron “la experiencia de la fraternidad”, pues, en su entorno, escribió el historiador, había tal convicción y compromiso hacia la organización partidaria que ésta era la única “que realmente tenía un derecho sobre nuestras vidas”[11].
1956 fue importante no sólo para la izquierda internacional sino para los historiadores comunistas británicos que habían formado su propia organización al concluir la guerra. La invasión soviética a Hungría disolvió la Agrupación de Historiadores del Partido Comunista, presidida en ese momento por Hobsbawm. A pesar de las divergencias dentro del grupo, convinieron en cuestionar frontalmente la línea partidaria en una carta abierta a la dirección del partido, dada a conocer por el New Statesman, donde se leía: “’La exposición de los graves crímenes y abusos en la urss, y la reciente rebelión de trabajadores e intelectuales contra las burocracias pseudocomunistas y los sistemas policiales de Polonia y Hungría, han mostrado que los últimos doce años hemos basado nuestros análisis políticos en una falsa presentación de los hechos’”[12].
Hobsbawm, junto con Maurice Dobb y A.L. Morton, permanecieron en el pcgb, en tanto que E.P. Thompson y su esposa Dorothy Towers, Christopher Hill, Rodney Hilton, Victor Kirenan, Royden Harrison, George Rudé, John Saville y Raphael Samuel, renunciaron a su militancia. Urgido en su autobiografía a explicar el porqué de su determinación, Hobsbawm rememoró los actos de abnegación y genuino compromiso de no pocos de sus camaradas: “Si no abandoné el partido en 1956 fue, entre otras cosas, porque el movimiento producía ese tipo de hombres y mujeres”[13]. Con los años ganaría su simpatía el Partido Comunista Italiano, al que veía más próximo a sus convicciones políticas.
No sólo desde posturas liberales o conservadoras se criticó la lealtad de Hobsbawm al socialismo soviético, si bien La era de los extremos ofreció una de las explicaciones más convincentes de su colapso; también desde la izquierda se objetó esta indeclinable lealtad, o cuando menos la justificación política de la misma, así como la poca atención que tanto en aquel libro como en su autobiografía dedicó a los procesos de Moscú y a los crímenes del estalinismo.  Perry Anderson,  quien señaló esto en la magnífica reseña de Años interesantes publicada en el London Review of Books, reconoció de todos modos que, “introducidas todas las salvedades o excepciones, la elegía de Hobsbawm a la tradición política a la que dedicó su vida tiene una dignidad y una pasión que deben suscitar el respeto de todos”[14].
Más allá de las razones políticas, o por haber forjado su espíritu militante en el periodo de los frentes populares, con las portentosas solidaridades engendradas por la lucha antifascista y ante la expectativa de la revolución mundial, hay un elemento de índole personal, destacado por el historiador del socialismo Donald Swassoon el cual contribuye a comprender la tozudez comunista de Hobsbawm: éste fue lograr el mayor reconocimiento a pesar de ir contra la corriente, sin negociar sus convicciones íntimas. Lo cual vale también con respecto de los dos polos del espectro ideológico: para la derecha, fue un marxista incorregible; para la nueva izquierda, un ortodoxo recalcitrante. No obstante, ninguno de sus libros llegó a traducirse al ruso, lo cual ofrece la medida exacta de su distancia con el marxismo soviético[15]. La suya fue una rebeldía desprovista de los arrebatos bayronianos de E.P. Thompson, quien renunciaba a lo que fuera a cambio de su libertad, o como saldo de su ira, pero bastante acorde con quien se sabía desprovisto de una figura atractiva y dotado a la vez de los atributos suficientes para marchar solo. Esto, como veremos hacia el final de estas páginas, también estaría muy presente en la aversión de Hobsbawm hacia las modas historiográficas provenientes del continente.
No cabe duda que las credenciales intelectuales del historiador marxista perturbaron a un establishment académico tan conservador como el británico. De hecho, toda la autobiografía de Hobsbawm transpira la altivez de quien se sabe más dotado que el prójimo y, al mismo tiempo, plenamente consciente que los honores siempre le llegaron tarde: no lo contrataron ni en Oxford ni Cambridge, permaneciendo en el Birkbeck College de la Universidad de Londres desde 1947 hasta su retiro en 1982; ingresó a las academias estadounidense y sueca antes que a la Academia Británica, a la que se incorporó en 1978; tampoco lo invitaron pronto a enseñar en los Estados Unidos, aunque en los quince años posteriores a su jubilación se incorporó cuatrimestralmente a la New School of Social Research, de Nueva York. Desde su “marginalidad”, sin embargo, podía ufanarse que, con el paso de los años, en el departamento de Historia donde trabajaba fueron “acostumbrándose a los diversos acentos de extranjeros que le preguntaban por el despacho del profesor Hobsbawm, al sonido de lenguas no anglosajonas alrededor de mi mesa en la cafetería, y al gradual acomodo a la vida londinense de investigadores peruanos, mexicanos, uruguayos, bengalíes o de la Europa del Este”[16].
Comunista en política, Hobsbawm fue marxista dentro del campo historiográfico convirtiéndose en uno de los clásicos de la “historia desde abajo”, tan reputada hace medio siglo. Desde esta perspectiva teórica es que abordó en Años interesantes la crisis de la disciplina surgida con la posmodernidad. Como hizo con el comunismo, realizó una apasionada defensa de los métodos de la Historia así como su pretensión de verdad. Tanto la escuela de los Anales como la historia social británica, que animó la publicación de Past and Present a partir de 1952, a las que después se agregó la cliometría estadounidense, fueron los pilares de apoyo de la renovación historiográfica del segundo tercio del siglo pasado. “Los modernizadores –recuerda Hobsbawm- no eran en absoluto reduccionistas”; si bien creían “que la Historia debe explicar y generalizar, sabían perfectamente que no era como las ciencias naturales”. Sin embargo, “aquéllos que pensaban que habían ganado casi todas las batallas desde los años treinta se encontraron de pronto nadando contra la corriente”, de tal forma que, mientras “la ‘estructura’ estaba de capa caída, la ‘cultura’ estaba en auge”[17].
Para Hobsbawm la universalidad discursiva “es la esencia de toda Historia entendida como disciplina erudita”, sobre la cual los antiguos y los modernos compartieron “la creencia que las investigaciones de los historiadores, realizadas siguiendo las normas aceptadas por todos de la lógica y la prueba, distinguen entre el hecho y la ficción, entre lo que puede ser determinado como hecho y lo que no, entre lo que es y lo que nos gustaría que fuera”. Esta “confusión”, por llamarla de alguna manera, es la que vio el historiador británico detrás del análisis de Hannah Arendt acerca de las revoluciones (Sobre la revolución, 1963), donde la filósofa judío-alemana consideró a la “cuestión social” un ideal espurio manipulado por los revolucionarios, pues “nada podía ser más inútil y peligroso” que pretender liberar a la población de la pobreza por medios políticos[18].
Cuando comentó este libro en 1965, Hobsbawm señaló que la alumna de Karl Jaspers sustituía la realidad por un tipo ideal, que no mostraba ningún interés por los “simples hechos” y que cabía “inferir que cualquier revolución en la que el elemento social y político juegue un papel destacado se invalida a sí misma ante la señorita Arendt, quien elimina en mayor o menor grado toda revolución susceptible de interesar a los estudiosos del tema”. En un sentido parecido, aunque reconociéndole más méritos que a aquélla, calificó El Pasado de una ilusión, de Furet, como un producto tardío de la Guerra Fría, esto es, un texto más atrapado dentro de disputas ideológicas y menos atento a explicar convincentemente los hechos. Esta vez, parafraseando la onceaba Tesis sobre Feuerbach, Hobsbawm ironizó: “’Hasta ahora los historiadores sólo se han preocupado por cambiar el mundo. El problema es interpretarlo’. Sobre todo cuando efectivamente ha cambiado”[19].
Explicar cómo y por qué se transformó el mundo en el “corto siglo xx” fue el objetivo del último gran libro del historiador nacido en Alejandría: La era de los extremos. Tan poderoso análisis de un ingente número de acontecimientos a escala global y la deslumbrante síntesis lo sitúan como la obra mayor de su producción intelectual y en el mismo nivel de calidad, rigor, complejidad y vigencia que La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963), de E.P. Thompson. Separados ambos libros por tres décadas, a los setenta y siete años de edad el nada precoz Eric Hobsbawm fue quien cosechó todo lo plantado por la historia social británica, cuyo mejor fruto hasta entonces lo había producido un vanguardista Thompson con tan sólo treinta y ocho. La constitución de la clase obrera como sujeto histórico, magistralmente tratada por Thompson, la cierra Hobsbawm con su muerte como sujeto revolucionario.
Significativamente, el fracaso del comunismo convirtió la obra de Hobsbawm en un tributo al marxismo en la medida en que éste podía explicarla de manera satisfactoria como un episodio amargo del periodo más luminoso y violento de la historia humana. Introducirse en esa experiencia colectiva de esperanza, lucha, errores y derrota como un testigo de La era de los extremos, tratando al mismo tiempo de mantener la distancia para comprender sus acciones en el contexto en las que se produjeron y evitando la estrategia escapista de achacar a irreflexivos “pecados de juventud”, o al engaño de una voluntad externa a la suya, la responsabilidad de las decisiones tomadas, dan cuenta del calibre de su autobiografía en la que, pese al obscuro final del milenio, Hobsbawm jamás renegó de lo que siempre fue. Por eso, y a pesar de todo, todavía convoca a “que no abandonemos las armas, ni siquiera en los momentos más difíciles. La injusticia social debe seguir siendo denunciada y combatida. El mundo no cambiará por sí solo”[20].


[1] Eric Hobsbawm, Años interesantes. Una vida en el siglo xx (Barcelona, Crítica, 2003); Louis Althusser, L’avenir dure longtemps (París, Editions Stock/IMEC, 1992).
[2] Hobsbawm, Años interesantes, p. 203.
[3] Perry Anderson, Spectrum. De la derecha a la izquierda en el mundo de las ideas (Madrid, Akal, 2008), p. 298.
[4] Hobsbawm, Años interesantes, p. 62.
[5] Eric Hobsbawm, Cómo cambiar al mundo (Barcelona, Crítica, 2011), pp. 412-413; Eric Hobsbawm, Historia del siglo xx (Barcelona, Crítica, 1995), pp. 19, 72.
[6] Günter Grass, Pelando la cebolla (México, Alfaguara, 2007), pp. 43; Hobsbawm, Años interesantes, p. 63.
[7] Hobsbawm, Años interesantes, p. 62.
[8] Ibid., p. 76.
[9] Cit. “Muere Eric Hobsbawm, historiador y pensador imprescindible del siglo xx”, La Jornada, 2 de octubre de 2012; Hobsbawm, Años interesantes, p. 328; Priestland, Bandera roja. Historia política y cultural del comunismo (Barcelona, Crítica, 2010), pp. 507 y ss.
[10] Hobsbawm, Años interesantes, p. 84; François Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo xx (México, fce, 1995), p. 36; Eric Hobsbawm, “Historia e ilusión”, New Left Review, núm. 4, 2000, p. 160 [edición en español].
[11] Hobsbawm, Años interesantes, p. 131.
[12] Cit. Donald Sassoon, “Eric Hobsbawm 1917-2012”, New Left Review, núm. 77, 2012, p. 34 [edición en español].
[13] Hobsbawm, Años interesantes, p. 136.
[14] Anderson, Spectrum, p. 307.
[15] Sassoon, “Eric Hobsbawm”, p. 35; Hobsbawm, Años interesantes, p. 190n.
[16] Hobsbawm, Años interesantes, p. 286.
[17] Ibid., p. 273.
[18] Ibid., p. 271; Hannah Arendt, Sobre la revolución (Madrid, Alianza, 2004), p. 151.
[19] Eric J. Hobsbawm, Revolucionarios. Ensayos contemporáneos (Madrid, Ariel, 1978), pp. 285, 289, 286; Hobsbawm, “Historia e ilusión”, p. 164.
[20] Hobsbawm, Años interesantes, p. 379.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada