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viernes, 10 de junio de 2016

Sobre el sorteo y las instituciones culturales: lecciones del sistema ateniense


Algunos amigos y amigas me preguntan sobre el sorteo y la cultura. Al respecto creo que el mundo antiguo puede enseñarnos algo. En concreto, las lecciones filosóficas que pueden extraerse de cómo se formaban los jurados de las tragedias. Recordemos que un fondo estatal permitía a los ciudadanos asistir a los concursos, uno de los grandes rituales políticos de integración cultural. 
Si yo entiendo bien el sistema (como siempre, bienvenido sea el especialista que me corrija), previamente existe una designación y posteriormente se produce un doble sorteo. Por un  lado, se asignan los actores a cada poeta, lo cual se asemeja a un sorteo de los recursos públicos disponibles. ¿El objeto? Interpreto que evitar las ventajas en el uso de los recursos públicos. En nuestro tiempo esto contrastaría con la enorme tendencia al Principio de Mateo en cultura: darás más al que más tiene. O, más prosaicamente, a permitir que las redes de contactos acumulen las subvenciones.
En segundo lugar, se sortea previamente a partir de un censo previo, propuesto por las tribus. ¿Cómo operaba esa cualificación de las tribus (que eran, no lo olvidemos, distritos políticos)? No lo sabemos. Cabe interpretar, a no ser que mi información sea mala, que el sorteo sin discriminación no se considera correcto y que debe haber cierta competencia previa. Entre esos votos, como si se temiese una distorsión en el jurado, se sortean de nuevo aquellos que valdrán. 
Entre nosotros, el ejemplo podría inspirar cámaras de cultura sorteadas a partir de un censo previo de las personas competentes. ¿Quién podría participar en el Patronato de un Museo (por ejemplo, el Reina Sofía)? Tras discusión pública de las cualidades, no veo qué podría impedir el sorteo sin desmejorar las competencias de los implicados. ¿Por qué razón? Para evitar el clientelismo. 
Esta unión de sorteo con elección (que tiene puntos en común con el sistema de sorteo en la Florencia republicana: allí se sorteaba a partir de un voto previo) permitiría encarnar una de las contribuciones más importantes del sorteo a la cultura liberal y republicana: la  creación de un espacio público libre de manejos de facción. En la configuración del mismo se reconoce la existencia de expertos; se cuida únicamente de que no los designen redes oligárquicas, las cuales no son precisamente fiables para seleccionar a los mejores.
Liliane López-Rabatel, tras leer esta lo dicho anteriormente, aclara lo siguiente. Me parece muy importante todo cuanto dice (sobre el voto, sobre el complejo equilibrio entre personas autodesignadas y sorteadas) y particularmente la puntualización acerca de cómo se financiaban los coros. La liturgia, un impuesto con el que la polis conminaba a los ricos a mostrar su patriotismo, formaba parte de un modo de atrapar los recursos de los pudientes sin quitarles el honor de celebrar su liberalidad y de competir entre ellos por hacer… aquello a lo que se les obligaba. Arthur Rosenberg explicaba así el particular modelo fiscal de la democracia: el pueblo ateniense exprime la vaca de los ricos, pero sin expropiarla…
Según lo que nos dejan saber las fuentes, que como siempre, son escasas, y según lo que entiendo yo. Una cosita más: el censo previo se hacía bajo el control del Consejo y con los choregoi, cuyo cargo era la financiación de un coro para un concurso (dejando de lado a los poetas, los actores y los auletas que los financiaba el Estado). Eran de los más ricos y elegidos por el arconte o los miembros de su tribu, no se sabe según qué criterios pero probablemente en este caso serían importantes los recursos de los mismos para organizar el concurso con el fasto necesario para conseguir la corona. Dado que algunos como Temístocles, Nicias, Andócides y Platón fueron designados como choregoi cabe suponer que la competencia no sólo era financiera sino política, a no ser que fuesen las dos íntimamente unidas. Un obrero a finales del siglo V cobraba una dracma por día. El coste de este tipo de liturgia podía alcanzar 2.000 dracmas. Esta contribución del choregos, que debía parecer voluntaria mantendría en el seno de la élite ateniense una competición honorífica que le proporcionaba un prestigio seguramente ventajoso a la hora de votos populares en la asamblea. Se supone que el Consejo, cuyos miembros eran sorteados, ejercían un contrapoder cuando los choregoi proponían su lista de jurados entre los cuales se sorteaba uno por tribu el día del concurso.
Así que el sorteo sin discriminación no vale pero tampoco vale la discriminación sin sorteo. Por eso se sorteaba uno de cada dos votos al final del concurso. ¿Por qué uno de cada dos? La razón, creo, es matemática. Es la única manera, entre 10 votos, de conseguir un número impar de votos que pueda valer.
Al final, en cuanto a los concursos, no sé si la discriminación previa se hace sólo acerca de la competencia cultural…
Tu idea de cámaras de cultura sorteadas a partir de un censo previo de personas competentes me parece buena ya que siempre se le opone al sistema del sorteo el argumento de la falta de competencia de los sorteados. Un término medio interesante…



2 comentarios:

  1. Imagino un concurso de poesía de un premio importante con un jurado de varios cientos de personas, elegidas por sorteo, entre expertos, ciudadanos, escritores... hoy hay medios técnicos para llevarlo a a cabo. Eso sería cultura popular y eliminaría los efectos de las redes clientelares en el (los) campos.

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