Páginas vistas en total

jueves, 28 de julio de 2016

Anacronías oligárquicas: Colomer y la democracia antigua como pretexto

La relación con la democracia clásica sigue arropando las apuestas presentes, hipótesis que se encuentra en el centro de nuestro proyecto de I+D. La claridad histórica sobre lo que fue y sobre quiénes la leen permanece como horizonte de comprensión de las apuestas sobre las democracias posibles. He aquí una respuesta publicada primero en el blog Hexis a un reciente artículo.
Jacques Rancière llama anacronías a las escenas descontextualizadas que viajan entre los periodos históricos y sirven como fermento de la sensibilidad política. En este caso, la democracia ateniense y las lecturas sobre la misma sirven para exorcizar el mito de una turba demagógica intemporal que solo existió en la imaginación de Platón -y los escritores reaccionarios de la época- pero no en la de Aristóteles, si se le lee con atención. Para defender tópicos sobre las masas esencialmente envilecidas de la democracia hay que buscarse a otro.  

Josep M. Colomer, con el título de "Oligarquía o demagogia", nos propuso ayer en El País recuperar a la filosofía clásica para pensar el dichoso Brexit. El artículo es una colección de lugares comunes elitistas sobre la política. Lugares comunes que solo se atreven a enunciar abiertamente los conservadores pero que, en la práctica, en los hechos, se actualizan también en la izquierda política, incluso en la que se ufana de su radicalidad. Efectivamente, los problemas complicados no son para ignorantes, sino que deben resolverlos las élites políticas, entre las que se supone que se cuenta Colomer y otros tantos que menudean en cúpulas y cupulillas de partidos.
Sería innoble pedirle a alguien desarrollos complejos en un artículo de prensa. En cualquier caso, ahí van unas precisiones de profesor de Filosofía, ahora que nuestra pobre disciplina se encoge para dar espacio, entre otras, a las que preparan a expertos como Colomer. 
Nuestro experto comienza hablando de la democracia clásica y restringiéndola a las pequeñas ciudades-estado. Una acotación que recojo de Castoriadis: no eran megalópolis, mas tampoco tan pequeñas. Cualquier gran ciudad de hoy, con sus facilidades de transportes y de comunicación, podría asimilarse, guardando muchas distancias, a la democracia del Ática. La diferencia es que Atenas -y las muchas ciudades-estado- tenían su orgullo en promover la participación política de la gente común, facilitando la distribución de los saberes políticos a través de procesos rápidos de rotación y no repetición; por supuesto, no hay saberes políticos que distribuir si no se goza de un mínimo económico que lo permita: la democracia era también una maquinaria de redistribución económica. Puede ser, o no, que la experiencia no pueda trasladarse al presente. La cuestión, sin embargo, no es el tamaño. Si ahí estuviera la clave, pero el sistema nos gustase ¿por qué no regimos ciudades como Madrid, o al menos como Granada, al modo antiguo, asegurando procesos de aprendizaje político y permitiéndolos económicamente? 
Y algo más en este punto. Hasta el Renacimiento, los mecanismos de distribución de cargos públicos recurrieron a menudo al sorteo, a veces fue el caso de Florencia, previa cualificación de los candidatos por el voto. Todos aquellos que traspasaban un umbral de apoyo electoral entraban en un sorteo de cargos, siempre con la rotación y la rendición de cuentas. El sorteo de cargos impedía los manejos mafiosos entre las élites, siempre contentas de encastrarse en aquellos que permitan más beneficios privados. 
Todavía en nuestras democracias, el sorteo ha conocido una auténtica renovación, precisamente para que no se hagan pasar por expertos -a los que Colomer no dudo que conozca y sepa distinguir- unos caraduras o, lo que viene a ser lo mismo, una facción de especialistas que presentan su puntos de vista litigiosos como si fueran la verdad incuestionable de su ciencia (o de su supuesta ciencia...). Se aprovechan para ello de la incultura, a menudo petulante, de los mediadores culturales (los periodistas tienen al respecto una responsabilidad enorme), especialistas en facturar como indiscutibles argumentos que, entre los que verdaderamente saben, resultan disputadísimos. Los principios de lo que se ha dado en llamar "democracia técnica" no son otros que asegurarse de que los expertos lo sean de verdad: capaces de defender su posición ante paneles donde estén presentes sus rivales y los legos. Una selección sorteada de los expertos y los legos permite que la deliberación no se produzca militarizada por redes de servidumbres previas. 
Y a propósito, mi segunda precisión de profesor. Colomer parece sacar de Aristóteles argumentos contra la democracia, a la que identifica con la demagogia. Muy sesgado. Me atrevería a decir que nuestro experto no ha leído a Aristóteles, ni siquiera una buena monografía sobre la política de Aristóteles -dicho sea de paso: el que ha aceptado su artículo en El País tampoco. Aristóteles consideraba que era posible que una multitud de mediocres fuese infinitamente mejor que los pocos excelentes. Los excelentes lo suelen ser en solo una cosa, tienden a mirar el mundo desde ella y, eso es tremendo, a hablar con arrogancia de especialistas de temas en los que son campanudamente tan ignorantes como cualquier hijo de vecino (es decir, en la mayoría de los temas). Los muchos, más prudentes y capaces de escuchar no sólo a un experto sino a todos, pueden concluir a menudo con más altura intelectual. Aristóteles no era un demócrata radical, sea; ahora: mucho de lo bueno que conocemos de la democracia ateniense -por ejemplo, de la utilización del sorteo- proviene de la Política o de la Constitución de los atenienses. 
Tampoco, tercera precisión, Aristóteles analiza exclusivamente la política desde un esquema lógico de regímenes virtuosos (democracia, aristocracia, monarquía) y sus degeneraciones (demagogia, oligarquía y tiranía).  Eso está, sin duda, pero no es lo único. Además nuestro experto no se fija en algo evidente del modelo: existe un posible virtuoso para la democracia. Pero lo más interesante no es un modelo lógico en el que encajar regímenes, no: lo mejor es cómo Aristóteles ve componentes de cada régimen en cualquiera: hay componentes democráticos en aristocracias y aristocráticos en democracia. Aunque el régimen dominante sea uno, la formación política es compleja, y sobreviven en ella aspectos de otros regímenes. Lección que se me ocurre podría oponérsele a Colomer: ¿no existen otras maneras de mejorar la ilustración de los elecciones de competencia entre mercadotecnia? ¿No cabría introducir pautas de radicalismo democrático, de manera sostenida y estratégica, para incrementar la capacidad de los ciudadanos de hacerse cargo de los problemas políticos? Muchos creemos que dispositivos de la democracia antigua como los jurados ciudadanos sorteados contribuirían grandemente, por ejemplo, me repito, para que los expertos se acostumbren a hablar entre colegas que les contradigan y ante ciudadanos que los escuchen; y no a ejercer de tiralevitas entre cargos públicos que se creen expertos que seleccionan expertos pero que fueron seleccionados por ser grandiosos expertos en tirar de levitas. 
Cuarta precisión: la posición del experto Colomer y de su gremio ante lo del Brexit me recuerda en algo a la autopercepción de los estoicos. Los viejos maestros de la Escuela del Pórtico consideraban a los sabios miembros de una Ciudad Universal, regidos por las leyes divinas -que conocían ellos-, y enfrentados a bandas de insensatos que existían en las ciudades pequeñas, en las existentes. Así nuestros sabios de las necesidades de la globalización -o la nueva economía mundial o cualquier otra manifestación contemporánea de las leyes divinas- parecen los sabios de la Stoa, resignados a tratar con nosotros, pobres ignorantes. Y ya sin remedio: hace falta mano dura e ir a la oligarquía, concluye, me supongo que resignado, Colomer. 
Sin embargo, destacaré dos diferencias enormes. Los maestros del Pórtico consideraban que sabios había muy pocos y que por tanto el resto -la mayoría de ellos incluidos- debían tantear entre tinieblas, con el común de los mortales. Además, los estoicos desplegaban de su creencia en una ciudad universal un mensaje de fraternidad humana y se exigía mezclarse con el vulgo para acercarlo, tanto como se pueda, a la ilustración previa mejora de sus necesidades económicas básicas. A un estoico la muerte le sorprendería -es una imagen empleada por Séneca- ajustándose sus cabellos blancos en el casco de la batalla política, intentando salir colectivamente de la insensatez, peleando por salvarse con todos en la Ciudad Universal. Colomer parece condenar a los insensatos fuera de su ciudad de expertos, obligándoles a ser pastoreados por oligarquías. 
Ni Platón llegó tan lejos. Pero no quiero aburrir más a los lectores de este comentario. Me parece que Colomer se equivoca y mucho, pero que hace bien recurriendo a las fuentes clásicas sobre la política. Ahora bien, para pensar con ellas, recurran a estudiosos de la filosofía que sepan de lo que hablan. Porque en ese tema, Colomer de experto tiene poco. En otros no me meto, pero en ese le falta un añito de lecturas intensas. Si le interesa, le recomiendo algunos libros. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada