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viernes, 10 de febrero de 2012

José Luis Bellón Aguilera sobre Harold Bloom y el conflicto intelectual

Un fragmento de un artículo de próxima aparición sobre “Tres teorías del conflicto intelectual: Randall Collins, Pierre Bourdieu y Harold Bloom” por José Luis Bellón Aguilera 



3. “No es una cuestión personal, sólo negocios (canónicos)”: Harold Bloom.
Tom Hagen: Your father wouldn’t want to hear this, Sonny. This is business not personal.
Sonny: They shoot my father and it’s business, my ass!
Tom Hagen: Even shooting your father was business not personal, Sonny!
Sonny: Well then, business is going to have to suffer. And please, do me a favor, Tom. No more advice on how to patch things up just help me win, please?
                               The Godfather (Francis Ford Coppola,1972)

En un grado pasmante de negación del mundo social se encuentra la teoría de Harold Bloom, flamante teórico y crítico literario cuya principal e indeleble contribución a los estudios literarios es la de la teoría de la angustia de la influencia [anxiety of influence] y sus ideas sobre el Canon occidental (BLOOM, 1975 y 1995). Si Collins escribió una historia de los cánones de la filosofía global, Bloom había teorizado y desarrollado la mitología del canon literario (inglés y global) unos veinte años antes, si bien The Western Canon: The Books and School of the Ages, de 1994, casi coincide en su aparición con The Sociology of Philosophies, de 1998.
En su ya clásico The Anxiety of Influence, Bloom planteó el conflicto entre los creadores aspirantes y sus figuras canónicas (aquellas en las que se reflejan) como tensión interna en la que el nuevo poeta se desdobla en su lucha por la supervivencia literaria o sortear el olvido. Esta vez la lucha agónica, la tragedia griega, sucede entre individuos vivos que escriben y fantasmas literarios. La teoría es bastante conocida, de modo que tampoco reincidiré demasiado (véase BELLÓN, 2005). Su “historia de las relaciones intra-poéticas” divide los poetas en fuertes y débiles, todos sometidos a la angustia (o ansiedad, preocupación) de la influencia: superar al “padre” literario, entrar a formar parte del Canon, cuyo centro es Shakespeare. Baste decir que H. Bloom hace un uso algo sui generis de la teoría de la “novela familiar” de Freud: por ser excesivamente intertextual o simplemente textual (incluso interpretando el poeta-Padre como un fantasmático Superyo) y porque la temática recuerda más al tema del “doble”, que no es estrictamente freudiano.
Bloom ha destacado también por el matonismo verbal desplegado (en este caso en nombre de Shakespeare) en sus ataques a lo que llama, en El canon occidental, “la escuela del resentimiento”, la cual incluye las corrientes deconstructivistas, historicistas, feministas, post-coloniales, etc. Pero su teoría incorpora mucho de esos otros lenguajes, como si los hubiera asumido para disolverlos en su propio andamiaje culturalista, con una serie de comentarios sarcásticos y lamentables análisis que sólo son posibles por la fuerza de su misma consagración como teórico y crítico, ya que Bloom es una institución dentro de la institución. Hay que decir que la lucha fantasmática y seudofreudiana entre los poetas aspirantes y los ejes poéticos del Canon recuerda sin duda a un libro posterior de Derrida, los Espectros de Marx (1993). No planteo que haya ninguna deuda entre los dos, pero la forma del análisis es parecida y puede deberse a los inicios “deconstructivistas” del mismo H. Bloom. Si éste plantea Shakespeare como el fantasma fundamental sin el cual nada es posible en literatura, Derrida, en filosofía, hace algo parecido con Marx. Sin olvidar que la fantología de Bloom es anterior a la de Derrida, puede decirse que aquél usa métodos deconstructivos y psicoanalíticos, descentradores, para re-centrar el Canon.
Esta forma de proceder se debe a la propia “red” o “cadena” en la que Bloom está situado: primero, su mentor en Cornell University fue Meyer Howard Abrams, el autor de El espejo y la lámpara (citado arriba) y del cual, como se sabe, es la Norton Anthology of English Literature (el texto estándar para los estudiantes universitarios en USA y en otras partes); segundo, fue discípulo de Northrop Frye (1912-1921), autor de de Fearful Symmetry (1947) y Anatomy of Criticism (1957), quien puede ser considerado como un precursor[1]; tercero, tras una crisis a finales de los sesenta, empezó a interesarse por la Cábala, por el gnosticismo hebreo, lo que explica el tono místico de su The Anxiety of Influence (1975)… y lo enlaza de alguna forma a Derrida, cuyo pensamiento ha sido tildado por Habermas de neo-nietzscheano y de “misticismo judaizante”. Ha sabido colocarse en el centro de atención de la teoría y crítica de la literatura anglosajona primero y luego, por razones obvias (expansión del inglés, centralidad de los estudios), global; su producción en publicaciones es impresionante y ha sido desde siempre miembro de una de las universidades norteamericanas más prestigiosas, Yale.
Su indignada impugnación de las escuelas postestructuralistas, deconstructivistas, postmodernas, feministas y materialistas, en suma, los que nombra lemmings resentidos, todo esto recuerda lo que enseñaba Collins a propósito de Montaigne: “Montaigne’s “plague on all houses” represents the culminating skepticism in an age when the bases of intellectual life were fragmented and in flux” (COLLINS, 2002: 501). “Plague on all houses” es una referencia, quizás, a la cita de Shakespeare (Romeo and Juliet Acto 3, escena 1, 90-92 (habla Mercucio): “I am hurt. / A plague a' both your houses! I am sped. / Is he gone and hath nothing?” (“Estoy herido. ¡Malditas vuestras familias! Se acabó. ¿Se fue sin llevarse nada?”). Yquizás la clave se encuentre en los planteamientos de Bourdieu en ‘Censorship and the imposition of form’ (en 1992: 137-163), versión corregida, de 1982, del trabajo La ontología política de Martin Heidegger (1975). Una época de estancamiento académico, de rutina escolástica, de sentimiento del sinsentido de la literatura (véase RODRÍGUEZ, 2002) explican este “plague on all houses” que se encuentra en otras épocas, como en el postmodernismo. Puede ser un deseo de situarse en el centro de atención dando un salto ontológico hacia atrás, hacia el culturalismo anglosajón, occidental, del turno de siglo. Bloom, fuera o no consciente de su andadura, sí ha sabido y sabe cómo caminar en un espacio académico dominado por los que él siente como roedores resentidos: “Un paso adelante, dos pasos atrás”.
4. Desenlaces.
Objetivar a Bloom es fascinante – tanto como justo y necesario – al igual que a Collins o Bourdieu. Pero la fuerza de la teoría del neocon cultural Bloom es sugestiva, arrolladora. En Bourdieu y en Collins se tiene la sensación de que la rivalidad estructural en la república de las letras tiene poco que ver con la literatura. Es esto lo que ha hecho que sean miradas, en la mayor parte de las ocasiones, con el altivo desprecio del culturalismo, tanto académico como no académico. Que hayan sido  desestimadas como reducciones brutales, desencantadoras, destructoras del valor artístico y literario. Esta lectura superficial y simplona de Bourdieu y Collins llega a conclusiones similares a las del personaje de “La polémica literaria” de Larra (Revista Española, 84, 9/8/1833)[2]; al final del artículo, cuando el joven crítico (“un cariacontecido mozalbete con cara de literato, es decir, de envidia”) pregunta por qué se atacan sus escritos con chorradas, Fígaro contesta: “No sé qué sabio ha dicho que las más de las cuestiones son cuestiones de nombre; aquí, amigo mío, las más son cuestiones de personas”. Digamos que tanto Fígaro como el mozalbete cariacontecido se equivocan. Por un lado se acostumbra a recordarnos que la literatura son textos que poco o nada tienen que ver con sus autores. Es posible que sea cierto (en la biblioteca de Babel solo hay libros), pero la sacralización de un texto conduce a la misma patafísica que el culto a la personalidad. Por otro lado, lo que estudiamos – el autor, la obra – poco tiene que ver con el individuo empírico, real, con toda su complejidad, y las zonas de sombra de un texto, a las que no se llega ni se llegará nunca. 
Lo que sí está claro es que el único sentido de la literatura es ella misma como forma de vida, como subraya el subtítulo del último libro de Bloom: La anatomía de la influencia. La literatura como forma de vida (2011). Ello implica estilos de vida y visiones del mundo desarrolladas en espacios sociales para los que hay unos objetos sagrados y unos valores (estéticos, intelectuales), espacios de atención y grados de consagración. Esto sucede en grupos humanos, generalmente generacionales, ligados por intereses comunes. Sin duda hay un grado de sobredeterminación de la política y de la economía, pero por este camino volvemos al problema de la refracción. El campo literario es un universo de creencia, por tanto, el objetivo vital es la literatura, la angustia canónica. Claro que no podemos ser mecanicistas y generalizar demasiado. Con mucha frecuencia la misma literatura ironiza sobre esto:
– Si acaso – le dije – oye usted decir a las gentes cuando le vean por el mundo: «Ahí va el cliente de Fígaro: ése es el del artículo», «No lo creo – responda usted –: el cliente de Fígaro es un ente ideal, que tiene muchos retratos en esta sociedad, pero que no tiene original en ninguna». (Larra, op. cit.)



[1] “Frye estaba convencido de que la crítica se hallaba en un estado de lamentable desbarajuste que nada tenía de científico y que necesitaba ser cuidadosamente puesta en orden. Había tantos juicios de valor subjetivos como garrulería ociosa, y, por consiguiente, se necesitaba con urgencia la disciplina de un sistema objetivo. Esto era posible, sostenía Frye, porque la misma literatura formaba ya un sistema así. No se trataba, en realidad, de una colección fortuita de escritos dispersos a través de la historia: si se la examinaba con cuidado podía verse que funcionaba aplicando ciertas leyes objetivas, y que la crítica podría hacerse sistemática al formularlas. Estas leyes encerraban las diversas modalidades, los arquetipos, mitos y géneros con los cuales se estructuran todas las obras literarias.” (EAGLETON, 1998: 59).
[2] <http://bib.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=7799&portal=51>  [consultado 10/09/2011].


[Artículo para Romanica Silesiana 7 - Controverses littéraires]

1 comentario:

  1. Intersantísimo,
    estoy haciendo un trabajo de doctorado con este tema ¿me podríais pasar el mail de José Luis Bellón? Me encantaría hacerle algunas preguntas.
    Muchas gracias,
    mi mail: pilar234@yahoo.es

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