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jueves, 9 de agosto de 2012

Sobre "Los (anti) intelectuales de la derecha en España" de Mario Martín. Una reseña de José Luis Bellón


Mario Martín Gijón: Los (anti)intelectuales de la derecha en España. De Giménez Caballero a Jiménez Losantos. Barcelona: RBA 2011. ISBN: 978-84-9006-123-7. 412 pp. 
José Luis Bellón Aguilera (Masaryková Univerzita, Brno, República Checa). 116683@phil.muni.cz
Para la revista berlinesa Iberoamericana.



MMG ha escrito un libro en el que se dan la mano la investigación histórica de calidad y el ensayo. Esboza una historia del (anti)intelectualismo (término inventado por MMG) desde sus orígenes hasta nuestros días, centrándose en el panorama español y concretamente en casos considerados paradigmáticos: Gecé y Losantos; además, dedica largos espacios a (anti)intelectuales como Vicente Marrero o Rafael Calvo Serer. Las referencias son múltiples y recorren todo el paisaje intelectual del franquismo, de izquierdas o derechas, mostrando el saber de su autor y una prolijidad y rigor admirables. Vale la pena leer este libro, porque además el estilo es ameno y su lectura no se hace en absoluto pesada. Como la reseña no puede ser muy extensa, me concentraré en los planteamientos centrales del libro y en las fallas que (en mi opinión) contiene.

¿Qué es un “anti-intelectual”? Para MMG se trata de un falso intelectual, un ideólogo de la derecha, un intelectual  – valga la paradoja – orgánico de la reacción; tiene una visión de la sociedad cerrada, trágica y patriarcal; sus ancestros pueden encontrarse en los enemigos de los ilustrados (pp. 12-13) y siempre ha puesto su religiosidad o su fe en el darwinismo social (según sea el caso) al servicio de los poderes más retrógrados de la sociedad. El anti-intelectualismo o ideología reaccionaria llega hasta hoy y España, por sus especiales condiciones históricas, está plagada de sus ideólogos, aunque pueden encontrarse en Francia (de R. Aron y Lyotard a Sarkozy) y, sobre todo, en el entorno neocon anglosajón, de donde provienen plumíferos como Thomas Sowell y Paul Johnson.

El verdadero intelectual es, para MMG, progresista, tiene una concepción optimista, no patriarcal y abierta de la sociedad y participa en política a través de los medios de comunicación pero sin pringarse demasiado, manteniendo su autonomía intelectual: “La figura del intelectual moderno surge a finales del siglo XIX, cuando la secularización de la sociedad y la extensión de la educación, la formación de un espacio libre de discusión gracias a los medios de comunicación de masas y la disminución de los obstáculos gubernamentales a la libertad de expresión, hacen posible que personas que habían adquirido reconocimiento como escritores, filósofos o científicos, utilicen esta fama para pronunciarse sobre temas que afectan a la sociedad en su conjunto. Ser intelectual, desde el principio, ha conllevado siempre una determinada actitud, un componente intencional y acarreado un riesgo” (p. 11). “Intelectual” se asocia a la izquierda política y el individuo de la especie “nació como un héroe antiderechas” (15). Casos paradigmáticos: Zola en Francia y la Generación del 98 en España. La definición recuerda la de Santos Juliá en Historia de las dos Españas (pp. 17-20). MMG se apoya en Pierre Bourdieu y su concepción de la autonomía del campo, que utiliza de forma más que flexible.

Es posible que la palabra “intelectual” se haya asociado social y políticamente a izquierda y que tenga sus espectros icónicos en figuras como Sartre, Benjamin, Antonio Machado, Lorca y un etcétera largísimo, como también señala MMG. Pero reconstruir la estructura del campo intelectual requiere tratar esta concepción mítica, semicientífica, como un mito del campo y no como una realidad; puede deberse a una confusión de los efectos políticos del campo retraducidos de nuevo (de vuelta) al campo cultural. Se puede coincidir políticamente con el autor o disentir, pero no trasladar las simpatías políticas a una definición del campo. Tampoco MMG parece creerlo y suele proteger su argumentación.

La represión de los maestros, universitarios e intelectuales republicanos fue, por parte de los alzados del 18 de julio, brutal. El sistema franquista impuso una biopolítica (cf. Cayuela 2011) similar a la nacional-socialista y fascista italiana; consideraba al enemigo “rojo” como seres racialmente inferiores a los que había que exterminar, como ha demostrado Paul Preston (2011). Sobre eso no hay discusión. Pero los espacios filosóficos e intelectuales, sean arraigados o desarraigados, escolásticos, neocatólicos, orteguianos, marxistas o falangistas produjeron sus propias figuras de talla (ver el libro de Francisco Vázquez García, La filosofía española: herederos y pretendientes (2010)). Además, los recursos intelectuales con los que se contaba en los años cuarenta o cincuenta no son los mismos que veinte o treinta años después. El campo intelectual, como ha demostrado Randall Collins, existe a través de las ideas en conflicto. El autor de Los anti-intelectuales es consciente de estas paradojas, pero su texto parece reconstruir únicamente las “tomas de posición” (Bourdieu) en casos extremos de consagración periodística (entre ellos el “fascistilla de Jiménez Losantos”, como lo llamaba Carlos Blanco Aguinaga en sus memorias) y hacer del “resentimiento” la motivación del odio irracional de los elegidos hacia los intelectuales autónomos y de izquierdas (Gecé resentido con Ortega y Losantos con el campo barcelonés). Es muy posible que el análisis de MMG sea verdad, pero lo será en el caso de la ralea extremista que ha elegido para construir su argumentación: un converso al fundamentalismo posmoderno como Losantos, “huérfano” político en busca de un padre-Aznar, “curiosa síntesis de Hayek y Maeztu” (según Montalbán, cit. 337) y un lunático extravagante (como lo llamaba Azaña), fascista hasta la locura, como Giménez Caballero. Igual sería en el caso de elegir casos extremos de estalinismo letrado (Aron, amigo de Sartre, conocía bien el marxismo): tampoco dudo que MMG llamaría a estos “anti-intelectuales” y la gloriosa cita de E. Said: “¿Por qué como intelectual creíste en un dios, el que sea?” avala al autor.

Lo que quiero decir no es que el libro se haya basado sólo en una polaridad izquierda-derecha (“dos visiones en conflicto”) que impregne los planteamientos de fondo en torno a qué significa ser “intelectual”. ¿Se puede construir la estructura del campo intelectual franquista a partir de unos pocos casos y ensayos? Como estudio de varios casos monográficos el libro es bueno, sobre todo si se lo lee como historias de fracaso intelectual (que es como tiende a hacerlo el autor). Como ilustración ejemplar de cómo cada vez más la consagración intelectual va de mano de la consagración periodística, mejor: individuos en lucha por un espacio de atención y alguna forma de reconocimiento en lugares que no sean aquellos en los que se ha fallado. Valiosas son sus reflexiones sobre los periódicos de la Transición.

El término “anti-intelectual”, algo “ortopédico pero significativo” (p. 17) es algo descomedido y la argumentación discutible. El trabajo de investigación admirable. Como ensayo, espectacular: una llamada a la participación en la vida pública de esa figura que, por ejemplo en los tiempos que corren, parece no tener el protagonismo de antes: “Queda por ver si, en los próximos años, los intelectuales españoles serán capaces y tendrán voluntad para, yendo más allá de sus estrechos ámbitos científicos, académicos o literarios, crear lugares de discusión libre y reflexiva dentro del nuevo panorama de las comunicaciones o si se recluirán en una lamentación autocompasiva, añorando tiempos mejores” (363). Suelo encontrar llamadas similares en los periódicos, p. ej. el artículo del escritor Manuel Rico en El País (28-julio-2012), “La cultura y la izquierda de hoy”. Es justo y necesario, aunque yo siempre me acuerdo del libro La misère du monde (1993), realizado por varios investigadores y coordinado por Pierre Bourdieu, obra colectiva publicada hace casi veinte años, pero de una actualidad escalofriante.





Referencias



Blanco Aguinaga, Carlos (2011), De mal asiento. Ed. Caballo de Troya. Ebook (edic. formato digital). [2010, Barcelona, Random House Mondadori.]



Cayuela Sánchez, Salvador (2011), “Biopolítica, nazismo, franquismo. Una aproximación comparativa”, en Éndoxa: Series Filosóficas, 28, 2011, 257-286. UNED, Madrid.



Collins, Randall (2002 [1998]), The Sociology of Philosophies. A Global Theory of Intellectual Change. The Belknap Press of Harvard Universiy Press.



Preston, Paul (2011), El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después. Barcelona: Debate.



Juliá Díaz, Santos (2004), Historia de las dos Españas, Madrid, Taurus. 










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