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sábado, 24 de noviembre de 2012

Los remeros y la miseria de la teoría

Althusser creía que Spinoza hablaba de Dios para, amparándose en el lenguaje de la teología, introducir un sistema completamente novedoso y materialista. La obra de Spinoza tendría dos textos: el explícito, cargado de referencias al Ser supremo y uno implícito, accesible a iniciados o develado a conocedores, donde el mundo se compone del movimiento infinito de una realidad de la que solo conocemos el espacio y el pensamiento. El implícito, el subtexto, desmentía el mensaje manifiesto.
Es un análisis, no sé si convincente en cuanto a Spinoza, pero interesante como análisis ideológico. ¿Por qué no sé si es convincente? Porque obvia la posibilidad que me parece más interesante: la de que en Spinoza convivieran dos universos ideológicos distintos y que los ecos complejos de sus filosofía surjan de su entrecruzamiento. Tesis, por lo demás, coherente con lo mucho y bueno que enseña Althusser sobre la ideología

El asunto viene a colación porque acaba de aparecer en castellano el libro de Nicole Loraux La invención de Atenas. Historia de la “Oración Fúnebre” en la ciudad clásica (Buenos Aires, Katz, 2012), versión resumida de la Tesis de Estado que la autora publicó en 1981. La edición española, de solvente traducción, no ha incluido el sistema de notas del libro original, con lo cual el lector se encuentra con referencias en el texto que no le dirigen a parte alguna: difícil imaginar algo más frustrante. Pese a todo, su edición castellana es una excelente noticia.
Una de las ideas importantes de Loraux consiste en mostrar cómo los epitafios –el más conocido de todos, el de Pericles recogido/escrito por Tucídides- contienen un elogio aristocrático de la democracia. Efectivamente, el formato del discurso (clásica conmemoración de gestas guerreras) pero también la ideología dominante (completamente dominada por los patrones aristocráticos), imponían una forma de elogiar la democracia que disfrazaba a esta con los valores aristocráticos. Nicole Loraux desarrolla una tesis de Moses Finley, según la cual la democracia ateniense no pudo elaborar –excepto en la tragedia- su propia teoría. Cuando lo intentó, nos dice Loraux, presentó una ciudad sin conflictos internos (el rechazo a la división, a la stasis, unificaba a conservadores y demócratas), que nombra con miedo las instituciones –instauradas por el propio Pericles- que permitían la participación de los pobres. Lo más curioso, que se refiere de pasada a su flota, a la marina, el sostén de la democracia de remeros.
En el 411 a C., durante el régimen de terror oligárquico y  proespartano de los Cuatrocientos, la flota de Samos (perdónese el anacronismo, debió ser el primer “consejo obrero” de la historia, antecesor del Potemkin) formada por los tetes (la clase más pobre) se negó a asumir el golpe y consiguió revertir la situación. Esa gente, la marinería (beneficiada por las obras públicas, por la estrategia naval, por los salarios…) del Pireo, se diluia en el discurso de su gran dirigente. Cuando se refería a la potencia militar de Atenas hablaba de los hoplitas, modelo de la guerra de las clases medias, como los caballeros lo eran de la aristocracia.      
El caso, como se ve, es inverso al descrito por Althusser: eran demócratas más que sinceros (como Pericles), que quizá preferían actuar a escribir (solo los ricos, convertidos durante el siglo V en consumados panfletistas, lo hacían) y que desarrollaban una filosofía práctica ajena a la especulación dominante y conservadora: Finley y Loraux comparten esa tesis. Hannah Arendt, que conocía a Marx como a la niña de sus ojos, no se refiere a esta cuestión, pero podría haberla recordado para ilustrar su tesis de que la sociedad ideal de Marx era la Atenas de Pericles sin esclavos. Si alguna vez la filosofía se abolió en su realización (Protágoras redactando la constitución de Turio…) debió ser entonces.  
Lo cierto es que los demócratas no se atrevían a referirse a la política que efectivamente realizaban. Leyendo a Pericles, es como si el instaurador del misthós (el salario público para los cargos) temiese proclamarlo y teorizarlo, por miedo al ataque de los reaccionarios: entonces y ahora todos acusaban a la democracia de corrupción por permitir que la política no sea solo asunto de ricos ociosos, de aventureros sin otra vida que la búsqueda de emociones fuertes, o de místicos ansiosos de coger billete para el más allá y rentabilizar la inversión a plazo fijo que han hecho con su sacrificio en la tierra. Cornelius Castoriadis en Thucydide, la force et le droit discute acremente la tesis de Loraux. Sea o no justo respecto de Pericles, el análisis ideológico de la gran historiadora es modélico.
El otro día, tras un seminario sobre Foucault, charlaba con dos amigos profesores, íntimamente implicados en los movimientos sociales, y uno de ellos me hizo la siguiente reflexión entre bromas: “Esto de la biopolítica, bueno, se usa como se quiere, pero es útil. Hace un tiempo te sentabas en la Alameda y en una de cada dos mesas oías la palabra”. No podía quitarle la razón, porque lo mismo pasa en el mundo académico, por más que destaques la confusión semántica del término y la vaporosidad heurística del mismo: cuando Platón renegaba de la opinión del calderero calvo y gordo en La República, ¿hacía también biopolítica? ¿Cuando rechazaba a los atletas para la política porque dormían mucho, también? Bueno, pensemos que, como Spinoza con Dios, nosotros tenemos que hablar para hacernos escuchar, con los lenguajes (ahora plurales, en conflicto y en transformación) patentados por la academia y sus transmisores en la industria cultural. Pero cabe una pregunta que hacerse con Nicole Loraux. Cuando se habla con la lengua de otros, intentando encajar la experiencia real en un mundo ideológico fabricado por otras disputas, ¿de qué se acaba hablando? ¿Con quién se acaba dialogando y qué parte de la realidad se acaba perdiendo? ¿Sucede que los movimientos sociales, por ejemplo, pierden lo que son para disfrazarse de otra cosa, con tal de que quienes hablan sientan que su discurso es importante? ¿Puede la cultura culta vaciar la realidad de sus fundamentos, del mismo modo que Pericles escondía a los remeros cuando elogiaba aristocráticamente a su democracia?
¿Todo esto para qué? Simple y llanamente para hacer un elogio de la etnografía, de la descripción histórica, de la sociografía. Los conceptos, para ser empleados, deben de pasar la aduana de los datos: y suele ser un checkpoint la mar de puntilloso. Los datos irritan mucho a los que filosofan de amigos del pueblo porque los artefactos lógicos ocultan las contradicciones y cualquier intento de captar lo real, por fuerza, nos muestra lo arbitrario frente a lo legítimo, la mentira junto a la verdad, la suerte junto a la inteligencia, el oportunismo junto al desinterés. Pero sin jugar en el campo de la descripción, la mejor cabeza pierde a los remeros al disfrazarse con galas teóricas; cae, en suma, en la miseria de la teoría.

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