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domingo, 2 de enero de 2011

¿Cómo medir la grandeza de un filósofo?



José Luis Pardo escribía en la presentación de su libro La regla del juego, premio nacional de Ensayo en 2005, que todos los libros de filosofía comenzaban al día siguiente de la muerte de Sócrates y acababan cuando Aristóteles agonizaba (el resto son poco más que comentarios técnicos pero no, se supone, libros en los que refulja la verdadera “filosofía”).
Wittgenstein, un gran burgués con veleidades geniales desde muy joven, que cuidaba obsesivamente su aspecto desgarbado, explica Collins , escribió poco y cuando lo hizo utilizó un estilo “perentoriamente asertivo, típicamente carente de argumentos de apoyo, pero con un aire aforístico y un brillo literario que hacen de sus manuscritos el equivalente literario de la poesía”. Ello no evitó que Wittgenstein fascinase a sus contemporáneos, que se le dedicaran poesías y que pasase buena parte de su vida compitiendo en extravagancias con su círculo germinal de Bloomsbury, siendo incapaz de discutir con quien no se mostrase servil y variando su posición filosófica según las coyunturas.
Explicar lo primero exige analizar cómo se consagra un conjunto de objetos (más bien cómo se les celebra: Platón y Aristóteles no esperaron al libro de Pardo para consagrarse), lo segundo reclama un análisis de la facturación de los estilos (vitales, literarios) que permiten a un individuo ser identificado como un gran filósofo. Sin esas tareas ni se hace sociología de la filosofía ni, estaría tentado a decir, tan siquiera historia de la filosofía que sea algo más que la exposición arbitraria de sucesiones de autores.
Ambos procesos, según Collins, exigen un análisis de cómo se estructuran las cadenas intelectuales de interacción en situaciones locales pero con efectos que trascienden o no tales situaciones. Éstas, por un lado, contienen símbolos capaces de provocar efectos positivos en una interacción. Para apropiarse de tales símbolos es necesario adquirir unos recursos culturales determinados y, además, saber invertirlos allí donde se presenta la oportunidad del modo que pueda concitar mayor atención por parte de sus contemporáneos. Los símbolos más cargados de valor cultural son aquellos que han recibido una atención más amplia en los rituales de interacción intelectual y, por ello, han pasado a formar parte del capital intelectual compartido por los filósofos.
 Así, un gran objeto filosófico no es más que el producto acumulado de las inversiones intelectuales que las generaciones de filósofos han realizado en él. José Luis Pardo escribe desde una herencia de siglos que facturó a Aristóteles como referente simbólico privilegiado, pero como explica muy bien Collins no siempre fue así.  
 La grandeza de un filósofo procede de los efectos que tenga en la historia intelectual. En ese sentido, toda celebración filosófica contiene algo de circular: se celebra como grande aquello que lo es única  y exclusivamente por haber merecido celebraciones repetidas. Ciertamente, esta concepción parte de una metodología que también tiene una manera circular de producir un ranking de filósofos importantes: son aquellos que han ocupado más espacio en la historia de la filosofía quienes son por definición los filósofos más grandes.
El interés estriba en mostrar que las celebridades intelectuales de hoy no siempre merecieron las celebraciones del presente. Collins muestra que Diógenes Laercio dedica 75 páginas a Epicuro, 71 a Zenón, 49 a Platón, 22 a Pirrón y Aristipo y 19 a Aristóteles. Los pensadores con los que José Luis Pardo considera que comienza y acaba la historia de la filosofía no fueron siempre tan trascendentales. Platón no era más conocido en vida que Aristipo o Antístenes. Aristóteles, por su parte, tuvo más éxito en vida que después. Entre el 80 y 50 a. c., hubo una reordenación de sus escritos que circularon de forma sincrética. Eso fue durante 200 años, después Aristóteles se sumergió ante el predominio del platonismo. Fue en las escuelas medievales, cuando Aristóteles se convirtió en EL filósofo, alcanzando el cenit de su carrera entre 1235 y 1300.
Una de las salidas posibles a este dilema es la pluralización de las fuentes de grandeza: las hay reconocidas por las instituciones, reconocidas por los colegas y grandezas a largo plazo. Es lo que venimos defendiendo hace un tiempo. Tales formas de pluralizar la grandeza recogen por ejemplo las distinciones entre largo y corto plazo de Collins (o las producciones de ciclo largo y corto de Bourdieu), pero las amplian y, al hacerlo, permiten distinciones más ricas.

1 comentario:

  1. Hay un comentario de Wilamowitz: "Laertius era un apodo familiar muy usado en tiempos post-clásicos, inventado para distinguir a este Diógenes de otros muchos, y basado en la fórmula homérica ‘diogenès Laertiáde’ usado para Odiseo".
    DL parte de los Sabios de Asia, pero refuta que la filosofía provenga de otro que Pitágoras, el que la inventó. A partir de ahí, cuenta la vida de los filósofos arreglándolos en "sucesiones" (diadochaí), método usado ya por Teofrasto y Soción de Alejandría. La supervivencia de DL es posible quizás por la traducción al latín de W. de Burleigh, discípulo de Duns Scoto, en el siglo xiii, con el interés de conocer a aquellos de los que habla Aristóteles.
    DL no juzga categóricamente a las distintas escuelas o sistemas; no sienta cátedra, lo cual puede deberse a las características de la obra o bien a cierta simpatía por los escépticos. La obra es del siglo III d. C. y no menciona a ningún filósofo romano. Tal vez porque la obra desemboca en los escépticos, los atomistas y, finalmente, en el epicureísmo. Es posible que aquella nueva escuela extraña, el cristianismo, estuviera tergiversando a las auctoritates veneradas y venerables. Por mencionar algunos cercanos: S. II: S. Justino, Tertuliano, Clemente de Alejandría; S. III: Orígenes.

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