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miércoles, 12 de enero de 2011

La teoría de las generaciones: Ortega y Mannheim

Este texto es un fragmento en parte modificado del trabajo de investigación en torno a la teoría de las generaciones de Ortega y Gasset para el Máster de Estudios Hispánicos de la Universidad de Cádiz.


La comparación entre El problema de las generaciones, de Karl Mannheim, con la teoría propuesta por Ortega permite precisar algunos aspectos de esta última. La disección que hace Mannheim (1993: 221-223) del concepto “generación” para distinguir entre “posición generacional”, “conexión generacional” y “unidad generacional” ofrece la oportunidad de redefinir en esa clave el uso que hace Ortega del término. Para Mannheim es evidente que no basta la coincidencia de nacimientos en una zona de fechas concreta para el establecimiento de vínculos efectivos:
“Resulta fácil probar que el hecho de la contemporaneidad cronológica no basta para constituir posiciones generacionalmente afines. Nadie querría sostener que la juventud china y la alemana se encontraran en afinidad de posición en torno a 1800. Sólo se puede hablar, por lo tanto, de la afinidad de posición de una generación inserta en un mismo período de tiempo cuando, y en la medida en que, se trata de una potencial participación en sucesos y vivencias comunes y vinculados” (Mannheim, 1993: 216).
Así, en primer lugar, la “posición generacional” implica una comunidad de fechas de nacimiento, pero también un ámbito socio-histórico compartido. Ortega contempla esta primera precisión en su teoría, cuando dice que “comunidad de fecha y comunidad espacial son los atributos primarios de una generación”.
La “conexión generacional” implica un paso más en el establecimiento de vínculos concretos: supone que el vínculo potencial de una “posición generacional” se hace efectivo mediante la participación real en un destino común (Mannheim, 1993: 221). La elección de los términos es muy significativa porque también Ortega y Petersen hablarán de “comunidad de destinos” generacionales. De esta manera, el concepto de generación aúna dos perspectivas: la primera indica una determinación socio-histórica compartida y se comprende bien mediante el fenómeno de la “estratificación de la vivencia” (Mannheim, 1993: 216), según el cual puede determinarse una comunidad entre individuos en función de la edad a la van viviendo sucesivas experiencias históricas. El mismo acontecimiento histórico no tiene el mismo significado para un individuo joven que para otro cuyas vivencias anteriores le han hecho adquirir una distinta imagen del mundo desde la que incorporar esa nueva vivencia. La segunda perspectiva acentúa la meta en detrimento del punto de partida: las distintas representaciones del mundo ofrecen diferentes lecturas de los problemas que deben afrontar los seres humanos que las sustentan, a la vez que sugieren posibles vías de transformación. Por tanto, estas vías, concretadas en proyectos, pueden ser agrupadas generacionalmente. El término “destino” sintetiza ambas perspectivas si se considera que remite a un fin en parte ya prefigurado por unos orígenes compartidos; aunque la misma oposición puede leerse en términos de pasivo/activo.

Para ilustrar el concepto de “conexión generacional”, Mannheim (1993: 222) vuelve a la Prusia de 1800 diferenciando entre la juventud campesina y la juventud de las ciudades. Señala que “la mencionada juventud campesina sólo se encuentra en la correspondiente posición generacional, pero no participa de la conexión generacional en cuestión. Se encuentra en la misma posición generacional en la medida en que puede incluirse potencialmente en los nuevos destinos”. Dicha potencial incorporación se podrá hacer efectiva en tanto que la juventud campesina se incorpore a la transformación de los destinos de la nación. Para Ortega, esta distinción es la equivalente a la interacción entre élite y masa dentro de cada generación: es la élite –equivalente a la categoría epistemológica de “conexión generacional”– la que interpreta y define los proyectos colectivos, pero éstos sólo se llevarán a cabo con la aquiescencia o la implicación activa –según el período histórico– de las masas. Es decir, la distinción que hace Mannheim entre “posición generacional” y “conexión generacional” es el equivalente a la distinción orteguiana entre una “generación delincuente” y una “generación auténtica”. La traducción científica que elabora el primero no debe hacer pasar desapercibida la connotación jerárquica y elitista que se trasluce más claramente en Ortega y que, en ambos casos, no queda limitada al plano epistemológico. Cabría preguntarse, por ejemplo, por qué los jóvenes campesinos prusianos sólo pueden formar parte de la conexión generacional definida por la juventud urbana y, sobre todo, cómo permite esto explicar las dinámicas generacionales propias del mundo campesino. Parece que Mannheim (1993: 222) contempla la existencia de una conexión generacional “sólo en la medida en que [los individuos coetáneos] participaban en aquellas corrientes sociales y espirituales que constituían precisamente el momento histórico respectivo, y en la medida en que tomaban parte, activa y pasivamente, en aquellas interacciones que conforman la nueva situación”, es decir, en aquellos grupos históricos que están “a la altura de su tiempo”. Aplicando términos orteguianos, la élite urbana ejemplifica y define el ideal de conexión –el proyecto– al que puede incorporarse –o no– la masa campesina en el ejemplo propuesto por el húngaro. En ambos casos, la idea de generación requiere de la existencia de una transformación social relativamente profunda y restringida a un período de tiempo muy concreto: el de vigencia de la generación en cuestión. Pero mientras que Mannheim opta por definir en una escala ascendente distintos niveles dentro de la idea de “generación”, según los vínculos son más estrechos; Ortega fija un tipo ideal de generación y señala, en negativo, posibles desviaciones de la norma.
Por último, Mannheim (1993: 223) indica que “dentro de cada conexión generacional, aquellos grupos que siempre emplean esas vivencias de modos diversos constituyen, en cada caso, distintas «unidades generacionales» en el ámbito de una misma conexión generacional”. Por ejemplo, liberales y conservadores serían distintas unidades generacionales que formarían parte de una misma conexión generacional en el siglo XIX. Ortega resuelve esta distinción de Mannheim estableciendo una nueva jerarquía: hay variaciones humanas más generales que otras (Marías, 1967: 98). La distinción entre liberales y conservadores sería, por tanto, secundaria respecto a una misma actitud vital compartida que se ha fraguado siguiendo los esquemas implantados por la generación anterior. La pluralidad que permite el esquema de Mannheim en este último punto contrasta con el privilegio epistemológico que otorga Ortega a la teoría de las generaciones. La posibilidad de que existan diferentes “unidades generacionales” introduce determinaciones externas a la lógica de sucesión generacional en el mismo esquema teórico que la explica. Así, para analizar la divergencia entre liberales y conservadores habría que acudir, además de a la teoría de las generaciones, a otros marcos teóricos. En cambio, Ortega sitúa esta diferencia al margen del problema fundamental: la transformación de la estructura vital del ser humano y el método de las generaciones como sistema que permite comprenderla. ¿Dónde ubicar entonces la distinción entre liberales y conservadores? Según Ortega, se pueden distinguir tres niveles a la hora del hombre “cuestionarse el mundo” (OC, VI: 380-383):
- Nivel individual: el ser humano es reflexivo y tiene que dar respuesta a los problemas que le plantea una circunstancia cambiante.
- Nivel ideológico: la sociedad dispone de un acervo cultural o tradición acumulada que responde a muchas de las inquietudes planteadas o, al menos, señala posibles caminos (y obvia otros).
- Nivel técnico: los problemas planteados y las herramientas técnicas disponibles para su resolución varían históricamente.
Las generaciones son la correa transmisora de los dos últimos niveles, que son colectivos y previos al nivel individual. De esta forma, liberales y conservadores comparten una herencia colectiva común. Ambas opciones forman parte del repertorio de soluciones que el hombre de su generación maneja a la hora de enfrentarse a su circunstancia y las dos son una innovación respecto al repertorio que manejaba la generación anterior. Ortega no niega la pluralidad de opciones, pero tal diversidad se explica desde la sucesión generacional y está subordinada a ella: la razón-vital y el método de las generaciones no pueden incluir determinaciones externas, puesto que constituirían la realidad última desde la que se tiene que hacer la Historia.
En este intento de dar un programa concreto para el estudio de las generaciones y de acuerdo con su afirmación previa de que el método de las generaciones busca recoger una realidad sustancial humana, Ortega desarrolla un ensayo de estudio empírico sirviéndose de él. El tema elegido es la crisis de la Edad Media y el tránsito a la Modernidad, como reproducción del esquema de la última gran crisis vital sufrida por Europa Occidental. Para ello, Ortega concreta un esquema preciso de divisiones en grupos de edad cada quince años:
“Tenemos, según esto, que desde el punto de vista importante a la historia, la vida del hombre se divide en cinco edades de a quince años: niñez, juventud, iniciación, predominio y vejez. El trozo verdaderamente histórico es el de las dos edades maduras: la de iniciación y la de predominio. Yo diría, pues, que una generación histórica vive quince años de gestación y quince de gestión”. (OC, VI: 404)
Aunque el esquema en sí no es fijo, ya que depende de las circunstancias históricas –de los avances de la medicina, por ejemplo–, sirve como referente para construir una serie completa de las generaciones partiendo desde un acontecimiento fundador. De este modo, el contraste empírico del método de las generaciones consistiría, como explica el propio Ortega, en tratar de encajar una cuadrícula con divisiones de quince años a cualquier período histórico. La necesidad de establecer una serie de generaciones es consecuencia ineludible del postulado expuesto anteriormente: el método de las generaciones revela los sucesivos “sistemas de vigencias” desde los que el ser humano interpreta el mundo. Igualmente ineludible es señalar que tal serie completa carece de sentido si se pone en duda este supuesto fundamental; algo que ocurre al plantear las coordenadas sociales e históricas que acompañan a una formulación teórica que pretende poder definir el “motor de la historia”.

2 comentarios:

  1. Buenas tardes!
    Me gusto mucho el articulo, el análisis generacional es una herramienta valiosa que se ha dejado de lado para dar cuenta del cambio social.

    Soy estudiante de sociología y me interesa mucho este tipo de metodología, ya que pienso hacer mi trabajo de grado sobre las generaciones y el conflicto en mi país, pero cuento con poca bibliografía y fuentes que puedan dar fuerza a mi propuesta. Sería de gran ayuda para mi proyecto contar con su valioso aporte. Mi correo es gaherreras@unal.edu.co. Espero poder comunicarnos pronto!

    Gracias!

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    1. Supongo que habrás conectado ya con el estudio preliminar que acompaña la traducción del artículo de Mannheim en la Revista Española de Investigaciones Sociológicas, que es la que emplea Costa. Podría empezar por ahí, pero creo que debes seguir los escritos de José Luis Moreno Pestaña en los que ha empleado la clave generacional de un modo refinado para analizar la evolución de la filosofía académica en España. Lo tienes aquí a tiro, y lo mejor es que mires su página o que te dirijas directamente a él. Su generosidad y su deferencia van a la par de su talento.
      Mi cordial saludo.

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