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lunes, 16 de abril de 2012

Conflictos entre disidencia política y exigencia intelectual: el caso de José Ortega y Gasset

Publico los apuntes para la comunicación del mismo título presentada en el IX Congreso ALEPH el pasado miércoles 11 de abril en Cádiz. Por ser un recurso destinado a la exposición oral, quizás resulten chocantes algunas expresiones y la ausencia de citas. La publicación por escrito será revisada e incorporará más contenido, particularmente filosófico.
En primer lugar, convendría aclarar el uso que voy a dar a los términos “disidencia política” y “exigencia intelectual”. Por “disidencia política”, parece más claro, se entenderá el compromiso con posiciones opuestas al polo dominante en un contexto histórico-político determinado. La “exigencia intelectual” supondrá, en un estado de un campo intelectual dado, la capacidad de manejar los recursos que son considerados legítimos y prestigiosos y producir efectos en el mismo, gozando del reconocimiento de los pares, particularmente de los pares más consagrados. No puedo detenerme en los criterios para medir ese reconocimiento, que es siempre revisable, pero daré por hecho e iré mostrando cómo Ortega, en 1914, disfrutaba de él. Aquí hablaremos, en el marco de la crisis de la Restauración en la España de principios del siglo XX, de la trayectoria política e intelectual de Ortega que, al menos por un tiempo, compatibilizó, con dificultades, las dos posibilidades que he esbozado anteriormente. Es importante insistir en que el conflicto entre estas dos posiciones que aquí planteamos no se resuelve de la misma manera en distintos momentos de la vida de Ortega. De hecho, se podría jugar con las diferentes posibilidades que ofrece el binomio político-intelectual para tratar de iluminar distintas fases de su biografía. Así, podría hablarse de disidencia política sin exigencia intelectual (o con ésta en un segundo plano) durante el período de actividad parlamentaria de la Agrupación al Servicio de la República, en 1931 y 1932. O, a la inversa, de exigencia intelectual sin disidencia política a partir de ese mismo año, incluyendo, con matices, la Guerra Civil y el primer franquismo. Sería difícil, en cambio, para el caso de Ortega, más allá de su juventud temprana, hablar de ausencia de compromiso político e intelectual. En todo caso, podría decirse que la Guerra Civil y el exilio en Argentina supusieron un grave deterioro de las condiciones en que Ortega venía desarrollando su proyecto filosófico y, con ello, de la posibilidad de mantener cierto nivel de exigencia intelectual.

¿Cuáles son las condiciones sociales del compromiso político asociado a la exigencia intelectual en este período?

No cabe duda de la existencia de una doble barrera de acceso: clase social y género. Sólo a partir de 1910 se regula por ley el acceso de la mujer a la universidad en las mismas condiciones que los hombres y, aún en 1930, sólo el 3’8 % de las mujeres españolas pasaban de la escuela primaria. Respecto a lo primero, basta señalar que los recursos económicos y simbólicos que eran condición de acceso al campo intelectual están muy desigualmente distribuidos en este período, como se observa en las trayectorias que he podido reconstruir hasta ahora.
En segundo lugar, existen una serie de espacios de sociabilidad e instituciones en la España de la época que soportan y alientan este doble compromiso. Es importante distinguir entre ambos elementos, aunque en ocasiones vayan de la mano. Entre los primeros se pueden contar las tertulias, los banquetes-homenajes, los mítines políticos, una campaña electoral, el proyecto de la Escuela Nueva socialista, las reuniones y debates del Ateneo de Madrid, las estancias en el extranjero como pensionados por la Junta de Ampliación de Estudios, o las clases de doctorado de Giner de los Ríos en la Universidad Central de Madrid. Entre las instituciones podemos contar la Institución de Libre Enseñanza, el propio Ateneo de Madrid, la Junta de Ampliación de Estudios, la Residencia de Estudiantes, los partidos políticos que forman parte de la breve coalición republicano-socialista de 1909, algunas revistas y periódicos, la Universidad en expansión y, en general, un Estado que mantiene un funcionariado público relativamente independiente de los vaivenes políticos y al que se accede por oposición. Veamos cómo se materializa la influencia de estos elementos en la trayectoria de Ortega.
Ortega nace en 1883, en el seno de una familia de la burguesía liberal de Madrid, muy bien relacionada: su padre, además de escritor de cierto renombre, fue director de El Imparcial, uno de los principales periódicos liberales, que era propiedad de la familia Gasset. Uno de sus tíos, Rafael Gasset, fue varias veces diputado en las Cortes de la Restauración, llegando incluso a ministro. También encontramos importantes vínculos con la Institución Libre de Enseñanza en el seno familiar. En definitiva, José Ortega y Gasset crece muy familiarizado con el entorno político y cultural liberal de finales del siglo XIX. Retomando los parámetros señalados anteriormente: varón perteneciente a una burguesía liberal con inquietudes intelectuales.
En 1902, a la vez que se licencia en Filosofía y Letras en Madrid, publica su primer artículo en El Faro de Vigo. Tres años después, tras doctorarse, Ortega emprende su primer viaje a Alemania, con el apoyo económico de su familia. La Junta de Ampliación de Estudios aún no existe y, aunque ya se habían dado algunos pasos para enviar al extranjero a estudiantes y profesores españoles para mejorar su formación, las pensiones de estudios no están regularizadas: costearse una estancia en Alemania no era cosa fácil, ni siquiera para un joven procedente de una familia con semejante capital económico y cultural. Más allá de los vínculos personales que puedan establecerse en estos viajes de estudios, que son determinantes para comprender las trayectorias intelectuales y también institucionales de muchos de estos miembros, es interesante comprobar cómo la estancia en el extranjero es una experiencia común fundamental (en su doble sentido: “que sirve de fundamento o es lo principal en algo”, en este caso, en una trayectoria, al abrir un nuevo espacio de posibilidades) para un determinado grupo de jóvenes que luego se presentará y representará socialmente como generación. Zulueta y Castillejo, por ejemplo, están en Alemania ese mismo año.
Detengámonos en este punto: ¿qué papel juega esa alquimia generacional en la trayectoria política e intelectual de Ortega y de este grupo de jóvenes? La distinción de Karl Mannheim entre posición, conexión y unidad generacional arroja luz al respecto. En la sociedad española de la época era evidente que estos jóvenes formaban, por tener un origen social y unas experiencias vitales similares, un grupo bien diferenciado de otros jóvenes que, sin embargo, compartían con ellos el hecho de serlo biológicamente: es decir, una posición generacional. Y eso dejando a un lado las muy razonables dudas que plantea el incluir en un mismo grupo social a Ortega y a un campesino que empieza a trabajar con 6 ó 7 años en el campo. En cualquier caso, este ambiente común, que dota de sentido a lo que Mannheim denomina “conexión generacional”, no basta para conformar un “grupo concreto”, en el sentido de una forma de asociación con un proyecto consciente de intervención en el mundo social. Este “grupo concreto” sería la “unidad generacional”.
Pero habíamos dejado a Ortega estudiando en Alemania… Aún no se puede hablar de “unidad generacional”. De hecho, Ortega se siente tremendamente solo en el extranjero y apenas tiene corresponsales españoles, más allá de su círculo familiar. ¿Cómo se va conformando ese grupo que, en 1914, suscribirá con entusiasmo el panfleto titulado Vieja y nueva política?
En 1906, Ortega vuelve a Alemania, esta vez con pensión del Ministerio de Instrucción pública y con Marburgo como objetivo, para estudiar el neokantismo. Se dedica con ahínco a su formación científica, no sólo filosófica y, pese a que entonces afirma que “en la España de su época no hay derecho a ser sólo periodista o sólo filósofo, metido cada uno en lo suyo”, ya empieza a hacerse presente esa contradicción que le acompañará toda su vida: un proyecto filosófico heterodoxo que le supondrá numerosas críticas y, sin embargo, será a la vez una de las fuentes más importantes de su originalidad y potencia intelectual. A su regreso de Alemania, Ortega comienza a publicar artículos asiduamente en el periódico familiar y crea una nueva revista, Faro, con apoyo económico de su tío, entre otros. Mantiene polémicas con Gabriel Maura, Maeztu, Azorín, Unamuno… Participa en las tertulias y seminarios del Ateneo, donde da su primera gran conferencia. Sus intercambios epistolares se hacen más amplios y, poco a poco, se va haciendo un nombre entre los intelectuales españoles de su tiempo, particularmente entre los de su edad, que comienzan a verlo como un referente. Mientras tanto, comienza a trabajar como profesor en la Escuela Superior de Magisterio de Madrid gracias a las recomendaciones de familiares y amigos y, un año más tarde (1910), gana la cátedra de Metafísica en la Universidad Central, esta vez por oposición. También en este sentido será un referente para muchos de sus coetáneos, que acudirán a él en busca de mediación para obtener pensionados, publicaciones, cátedras… El capital social de Ortega se suma al capital cultural, cultivado intensamente durante sus estancias en Alemania y ampliamente rentabilizado a su regreso a Madrid. Habría aún una tercera estancia en Marburgo, ahora sí con una pensión de la Junta de Ampliación de Estudios, pero nos interesa más centrarnos en la evolución de la posición política de Ortega hacia la cristalización de un programa generacional.
Ya desde su estancia en Alemania, Ortega coquetea con el socialismo y, después de los sucesos de la Semana Trágica (1909), se aproxima a dos de los principales partidos de la conjunción republicano-socialista: el PSOE y el Partido Republicano Radical de Lerroux. Pero no termina de encontrar acomodo en ellos: ve un enorme potencial lastrado por el dogmatismo socialista, por un lado, y la demagogia de Lerroux, por el otro. Otros partícipes de la “conexión generacional” tienen las mismas dudas, aunque con distintos grados de compromiso. Entre 1912 y 1913 se abre una nueva posibilidad en el campo político: el Partido Republicano Reformista de Melquíades Álvarez asume la accidentalidad en la forma de gobierno defendiendo a la vez la necesidad de romper con el turnismo. El mismo año de 1913 se publica el manifiesto de la Liga de Educación Política Española, redactado por Ortega: es la cristalización del programa político de la “unidad generacional” de la que antes hablábamos.

Una política en clave generacional

La posición política de la Liga de Educación Política pasa por un liberalismo social y apuesta por la pedagogía como práctica para alcanzar la modernización cultural, técnica y económica de España. Por otra parte, afirma la intención de hacer Política con mayúsculas, renunciando a las tradicionales formas de “la captación del gobierno” para dedicarse al “fomento de la vitalidad de España”. Respecto a su relación con los partidos políticos, subraya su simpatía por el potencial modernizador del socialismo a la vez que critica su dogmatismo; pero, sobre todo, destaca su proximidad con el reformismo. Por último, no pretende dirigirse a las masas, sino que considera “lo primero fomentar la organización de una minoría encargada de la educación política de las masas”.
Me parece que el concepto de hegemonía y bloque histórico de Gramsci podría ayudarnos a interpretar la apuesta política que aquí se presenta. Si nos preguntamos por qué se asocia este programa político a la cuestión generacional surgen tres respuestas. En primer lugar, porque la apelación a la generación permite movilizar un sentimiento de pertenencia que difícilmente podía expresarse de otra manera dadas las características de los componentes del grupo: alejados intelectualmente de la élite del turnismo y del dogmatismo socialista y republicano, y con unas condiciones materiales de vida igualmente distintas a las de la burguesía y aristocracia rentistas y a las de las clases populares (y también, por cierto, a las de los intelectuales de otra generación, salvo quizás en Cataluña). Así se entiende el llamamiento a “los nuevos hombres privilegiados de la injusta sociedad –a los médicos e ingenieros, profesores y comerciantes, industriales y técnicos–”. En segundo lugar, la representación del cambio político en términos generacionales compite con la división del mundo en clases sociales; de igual forma que un programa político que pretende armonizar los intereses de los distintos grupos sociales que componen una nación en aras de su modernización (otra vez lo nuevo, lo actual), compite con la lucha de clases como motor de la historia y el socialismo como horizonte. En tercer lugar, y en esto consiste el intento de configurar un bloque histórico de cara a una acción política futura, el discurso generacional de renovación, por la propia ambigüedad del concepto de generación en su uso cotidiano, acompañado de guiños a otros grupos sociales, permite presentar los intereses particulares –propios de la perspectiva compartida por la “unidad generacional”– como intereses nacionales que deberían ser asumidos por toda la sociedad o, al menos, conectar con un sector mucho más amplio.

Conclusión

Mi hipótesis es que hay elementos significativos de este proyecto de construcción de hegemonía, que persisten en los esquemas de percepción y en las formas de entender la participación política, para la mayoría de los componentes de esta “unidad generacional” a lo largo de su vida. Más allá de la concreción de su militancia o de su renuncia a participar en diferentes partidos, sindicatos, asociaciones, etc. Este proyecto tiene su primera materialización en la LEP y se fue forjando, como he tratado de mostrar mediante las notas biográficas sobre Ortega, en los años anteriores, a través de experiencias vitales comunes, soportes institucionales y espacios de sociabilidad compartidos. Es decir, que desde esta perspectiva se observaría una afinidad entre una serie de trayectorias personales, que no obstante sólo podrían explicarse combinando otros factores. Por ejemplo, la filosofía y la producción de Ortega como especialista, la resolución del conflicto entre la vocación literaria y política de Manuel Azaña, o las posiciones institucionales de ambos en el Ateneo y la Universidad.
La LEP, como asociación, tuvo una corta vida. De hecho, es probable que muchos de los firmantes no llegaran a reunirse ni una sola vez. Pero sus efectos en el campo político fueron muy intensos a medio y largo plazo: fue el trampolín de acceso de un nutrido grupo de intelectuales a puestos de cierta responsabilidad política, transformando las carreras de muchos de ellos, como la de Manuel Azaña, y, por supuesto, transformando también las reglas del propio juego político. Para la mayoría fue el primer paso decidido hacia un compromiso político organizado y, con ello, la revelación del conflicto entre disidencia política y exigencia intelectual. Azaña lo expresa muy bien en sus observaciones acerca de la ruptura de Ortega con el reformismo y el papel de los intelectuales procedentes de la LEP en las reuniones del comité nacional del partido: “La mayoría de los que a ellas asisten conocen la política de oídas o por lo que leen en los libros, con lo que todo se reduce a torneos en los que cada señor va a demostrar que es más culto, más ingenioso y más elocuente que los otros”, mientras que “los políticos están en contra de Ortega”, que defiende que la menor aproximación a Romanones “nos desprestigia ante la opinión pública y nos anula como fuerza política”. Oposiciones similares pueden, a veces, explicar lo que ocurre en departamentos de facultad o en disputas literarias mejor que clasificaciones escolásticas entre tradiciones intelectuales. O, por qué no, lo que ocurre en asambleas de movimientos sociales o en partidos políticos mejor que la división izquierda-derecha. Son la eficiencia y el pragmatismo frente a la búsqueda de la verdad. O en su cara oculta: la política de expertos y el maquiavelismo frente a la lógica de la distinción y el elitismo, ya sea intelectual o de otro cuño.

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