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martes, 15 de noviembre de 2011

Los intelectuales y la crisis de la izquierda. Por Carlos Illades.




Nuestro compañero Carlos Illades del Seminario "Enfoque metodológicos para el estudio de la historia intelectual y de la filosofía" ha presentado la siguiente intervención en el encuentro "La cultura política de la Revolución y de la izquierda democrática en México" que tuvo lugar en el CIDE México el 8 de noviembre de 2011.





Intelectuales y la crisis de la izquierda. Por Carlos Illades.


Hoy día es tópico afirmar que la izquierda está en crisis. El meteoro neoliberal debilitó apreciablemente a la clase obrera industrial, sujeto revolucionario del marxismo clásico, al grado de que su retroceso parece a Eric Hobsbawm irreversible, y desmanteló el Estado benefactor, soportes ambos de la socialdemocracia. Tras la implosión del socialismo realmente existente en Europa oriental, el flanco comunista todavía no recompone su paradigma político de manera tal de articular una alternativa creíble al statu quo que coloque en el centro la cuestión social, ese logos que da sentido a su existencia, y su expresión socialdemócrata no ha ido más allá de asumir las premisas de sus adversarios. Entre tanto, día a día la derecha europea en el poder socava las conquistas que los trabajadores lograron en la posguerra (pleno empleo, educación gratuita, salud pública, pensiones y seguro al desempleo). La desconfianza, dice Tony Judt, ha roto los lazos cohesivos incluso en sociedades que se caracterizaron por ser las más igualitarias del planeta
[1].
En América latina el curso ha sido algo distinto, ya que después de dos décadas de administraciones neoliberales actualmente la mitad es gobernada por la izquierda, pero, salvo Brasil y Bolivia, no hay evidencia de que el discurso y las prácticas políticas de aquélla sufrieran transformaciones significativas, por no hablar de un retorno al populismo en varios países. México, la única de las naciones grandes del subcontinente donde la izquierda todavía no alcanzó la presidencia de la república, aunque con oportunidades reales en 1988 y 2006, tampoco escapó a esta ruta. De hecho, la respuesta de la izquierda comunista al colapso del bloque soviético fue la evasión, incluyendo a las tendencias marginales que habían combatido el estalinismo: primero hacia el nacionalismo revolucionario, y después, en dirección del neozapatismo; esto es, asimilándose a otras corrientes históricas de la izquierda nacional. Algunos abandonaron el activismo o literalmente se reacomodaron en otros puntos del espectro político.
De los noventa para acá, la elaboración teórica de la izquierda con respecto de sí ha sido escasa, en tanto que el análisis de los comentaristas políticos no pasó de ser superficial, cuando no equívoco[2]. Al menos del lado de aquélla esto no deja de sorprender, sobre todo si tomamos en cuenta que había tenido un papel fundamental en el debate público y la ciencia social mexicanos. Este texto presenta en una perspectiva histórica las líneas generales de esta discusión, intentando insertarla dentro del campo intelectual y sus desplazamientos ideológicos recientes.

¿Reforma o revolución?

Después de lustros de persecución, los setenta ofrecieron a la izquierda la coyuntura propicia para participar en la competencia política. La confluencia de varios factores abrió esta posibilidad. Para empezar, la recesión de 1974-1975 (seguida por la de 1980-1981) fue la primera crisis global del capitalismo de posguerra y la fuerza acumulada por los sindicatos en los “treinta gloriosos” se pondría a prueba ante el inminente ataque a sus conquistas. Tras una actitud más bien pasiva en la revuelta estudiantil de 1968, y con la excepción del movimiento consejista en Italia al año siguiente, el proletariado industrial europeo podría ahora salir de su letargo. En segundo lugar, la ola revolucionaria en Sudamérica, potenciada con la victoria de la Unidad Popular chilena en las elecciones presidenciales de 1970 (después el foco se desplazaría hacia América central). Y, más específicamente mexicanos, el distanciamiento de la alta burguesía neoleonesa con la administración echeverriísta a raíz de la ejecución de Eugenio Garza Sada a manos de la Liga Comunista 23 de Septiembre, haciendo prever el resquebrajamiento de la alianza Estado-empresarios fraguada en el alemanismo y exclamar a Carlos Fuentes “Echeverría o el fascismo”; también, la emergencia del sindicalismo independiente, que permitía vislumbrar el debilitamiento del corporativismo, y el renacimiento de la guerrilla rural y la aparición de la urbana. Por último, la reforma política de 1977 como respuesta a la erosión del régimen.
Mientras Octavio Paz se quejó de “las actitudes ambiguas que [el terrorismo] ha provocado y provoca entre los intelectuales de izquierda”, Luis Villoro condenó el asesinato de Garza Sada, argumentando que la violencia únicamente servía de pretexto al empresariado “para exigir un gobierno represivo”, pues el temor real de éste era la democracia. Sin embargo, fue precisamente desde la izquierda donde Carlos Pereyra elaboró el análisis más contundente acerca de la violencia política de los setenta. De un lado estaba la violencia represiva del Estado, con el ejemplo reciente de la dictadura chilena, pero también estaban los casos guatemalteco, soviético y los excesos criminales del diazordacismo. La introducción de la violencia en la política –sostenía Pereyra— provenía de las clases dominantes. La contraparte de ésta la constituía la violencia aventurera de los pequeños grupos que pretendían sustituir a las masas en su proceso de emancipación, partiendo del supuesto equivocado de que la revolución era el resultado de la voluntad y no del “desarrollo de las condiciones históricas”. Caso aparte eran las insurrecciones populares, como la vietnamita, donde la dinámica de la lucha de masas, la ausencia de opciones democráticas para canalizar la insurgencia civil y la represión estatal condujeron a la violencia. El mismo Paz fue indulgente con la guerrilla rural, a la que consideró un “recurso de excepción en una situación de excepción… [que] encarna en su misma clandestinidad y aparente aislamiento la voluntad de una población a la que se ha negado la posibilidad de expresarse, organizarse y actuar”[3].
Reacia en principio para intervenir en la política parlamentaria, suponiendo que ésta la desviaría de la lucha social, el grueso de la izquierda partidaria decidió finalmente hacerlo: unos por táctica, otros por estrategia, todos por necesidad. El eurocomunismo rompió con las tesis leninistas sobre la toma del poder y la transición socialista. Teóricos como Pietro Ingrao y Nicos Poulantzas asumían que el marco democrático era el terreno propicio para alcanzar el socialismo, en tanto que para Louis Althusser y Étienne Balibar el abandono del leninismo significaba renunciar a este objetivo. De acuerdo con Ernest Mandel, la estrategia eurocomunista era consecuencia de la crisis del estalinismo, terreno común en el que se movían los eurocomunistas y la oposición dentro de sus propios partidos[4].
En cierta manera, aunque con una lógica propia, este debate se trasladó al Partido Comunista Mexicano (pcm) enfrentando a los llamados renovadores con los dinosaurios hacia comienzos de los ochenta. Los “renos”, encabezados por Enrique Semo y con su base en el Distrito Federal y Puebla, defendieron la definición leninista del partido bajo la consideración de que “la vía parlamentaria aparece como un recurso táctico importante, pero no como el terreno propicio para la elaboración de una estrategia global”; los “dinos”, asentados en la dirección de la organización y con un apoyo más extendido en el país, se pronunciaron por “el poder democrático obrero” abandonando el dogma de la dictadura del proletariado. Según Jorge Castañeda Gutman, la publicación de la revista El Machete por decisión del grupo hegemónico, incluso abría la puerta a “ciertas corrientes marxistas mexicanas y europeas, francamente oportunistas tanto en la teoría –antimarxismo en boga— como en la política. Obviamente la línea de los “dinos” ponderaba la estrategia reformista por encima de la revolucionaria. Este era el parecer de Roger Bartra, quien estaba cierto que si bien las tradiciones democráticas de la izquierda eran precarias, “en la derecha son casi inexistentes”, y “el liberalismo mexicano desconoce casi completamente lo que significa la democracia”[5].
De antiguo, otras corrientes de la izquierda concedieron un valor capital a la democracia. Tal fue el caso de los intelectuales y sindicalistas que se agruparon alrededor de Rafael Galván e integrarían en 1981 el Movimiento de Acción Popular (map) y las distintas tendencias trotskistas que, por muchos años, demandaron la democratización del bloque socialista, el respeto de los derechos civiles de la población e hicieron campañas para excarcelar a los disidentes. Pereyra fue quien hiló más fino al vincular la democracia con la cuestión social. Desde la perspectiva del filósofo mexicano, las reivindicaciones populares (salariales, autonomía sindical, derechos sociales, etcétera) formaban parte de un proyecto nacional incluyente el cual sólo podía realizarse por la vía democrática, entendida ésta como la democracia representativa. No obstante, una cosa era el mecanismo procedimental y otra el control del poder por parte de la sociedad, el cual no quedaba agotado con “la vigilancia de los órganos de decisión política, pues ha de cubrir también el control de las empresas y de las instituciones de la sociedad civil”[6].
Rolando Cordera y Carlos Tello intentaron recuperar el proyecto de la Revolución mexicana. Detectaron el embrión de una alianza social que reunía a obreros, campesinos, indígenas, empresarios nacionalistas y un segmento del Estado. De índole nacionalista, pugnaba ésta por reducir la desigualdad social y la marginalidad rural y urbana, desarrollar una industria propia e insertar de manera autónoma al país en el mundo globalizado propulsándolo con el motor de la industria energética. Su adversario era el neoliberalismo, quien amenazaba con consolidar la dominación de la burguesía rentista, las transnacionales y del capital especulativo concentrado en el sistema financiero, ofreciendo por único horizonte la integración subordinada a los Estados Unidos. Preveían que su aplicación significaría un costo muy alto para la sociedad mexicana haciendo peligrar “la estabilidad y la vigencia del orden jurídico-institucional”[7].
Si bien respetable la perspectiva política y económica de los intelectuales del map, Bolívar Echeverría la consideraba síntoma del desencanto de la izquierda latinoamericana de los ochenta, que reemplazaba el paradigma revolucionario por la “modernización”, la “democracia inmediata” por la democracia liberal, la alternativa crítico-utópica por el realismo político. Al final de su vida, el filósofo ecuatoriano-mexicano situó en perspectiva este realismo, concibiéndolo como la autolimitación que se impusieron las democracias occidentales en la posguerra para prevenir los totalitarismos fascista y estalinista. De esta forma, las cuestiones sustantivas de la vida comunitaria, particularmente las concernientes a la producción y reproducción social, fueron desterradas del mundo de la política[8].

Promesas del Este

Con razón, Enrique Krauze destaca que el interlocutor de los ensayos políticos de Octavio Paz fue la izquierda intelectual; sin ella, soslaya las convicciones democráticas, el rechazo de la violencia política y la crítica del “socialismo realmente existente” que cuando menos una parte de ésta inició desde la década de 1960. Salvo unas cuantas organizaciones pro-soviéticas, la izquierda mexicana era crítica del régimen estalinista, por lo cual no deja de sorprender lo poco que sus intelectuales escribieron acerca del colapso del bloque socialista. El pcm, aunque no lo enfrentó abiertamente, desaprobó la intervención del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia y el estado de sitio decretado por el general Wojciech Jaruzelsky en Polonia, mientras el Partido Revolucionario de los Trabajadores (prt), sección mexicana de la Cuarta Internacional, dio un apoyo incondicional a Solidarnosc. Ya en 1968 José Revueltas había rechazado las “dictaduras burocráticas” y, desde los tempranos setenta, Carlos Pereyra fue categórico en reconocer el “carácter no socialista de la Unión Soviética”. Partiendo de Rudolf Barho y Roy Medvedev, Roger Bartra caracterizó a principios de la década de los ochenta al socialismo realmente existente como un sistema en el que la política ocupa el lugar de las leyes económicas en una suerte de transposición de la base con la superestructura. Y Adolfo Gilly, antiestalinista de toda la vida, escribió un pequeño libro acerca de la transición socialista, tratando de fundamentar, de acuerdo con La alternativa del disidente germano-oriental, cómo el fin de la sociedad de clases era la reversión del sistema de castas que condujo a ella. Según su compañero de militancia Guillermo Almeyra, el curso de las huelgas polacas confirmaba la predicción de Trotsky con respecto de la revolución política en el Este[9].
Bolívar Echeverría, uno de los contados marxistas mexicanos sin adscripción leninista, apuntó en su primer libro que tanto el comunismo como la izquierda y el marxismo estaban en crisis, no por la debilidad de su pensamiento político y la limitación que le confería concebir al Estado únicamente como negatividad, como afirmaba Althusser, o por su ausencia “de la confrontación crítica y el debate contemporáneo”, como escribió Pereyra en uno de sus últimos textos, sino –decía Echeverría— por la incapacidad de la clase obrera industrial para “ofrecer un plano homogéneo de acción a los demás sujetos de la rebeldía”, el Gulag y la comprobación de que la tecnología moderna no conducía a la liberación de las potencialidades humanas, antes bien encerraba una destructividad desaforada[10]: el acongojado “ángel de la historia” de Benjamin miraba lo que la civilización devastó en nombre del progreso.
Para Echeverría la caída del muro de Berlín ponía fin al “bolchevismo como una figura despótica peculiar de la gestión económica-política que adoptó el imperio ruso en estos últimos setenta años”; según Gilly el emblemático acontecimiento renovaba la validez del marxismo-leninismo, en tanto que Enrique Semo, quien había sido bastante discreto en sus objeciones al modelo soviético, recorrió el escenario de las revoluciones de terciopelo esperando descifrar las claves de la coyuntura. Con todo, fue el único que escribió un libro al respecto. La rapidez del derrumbe de todo el bloque, hizo que la expectativa de que la oposición de izquierda tomara la dirección del movimiento cediera ante la evidencia de la restauración, de una “revolución conservadora” que permitió el retorno de la burocracia, el segundo desenlace previsto por Trotsky. Antes de concluir el siglo, el historiador búlgaro-mexicano declaró muerto al comunismo inspirado en la Revolución de Octubre[11].

“Un paso adelante, dos pasos atrás”

Las izquierdas dieron pasos consistentes hacia la unidad, primero con la formación del Partido Socialista Unificado de México (psum) en 1981, el cual agrupó al grueso del arco socialista, esfuerzo al que no se sumaron los trotskistas. Y seis años después, con la fusión de los socialistas con la izquierda nacionalista, dando lugar al Partido Mexicano Socialista (pms) en 1987. Unos meses habían pasado cuando apareció la marea neocardenista a la cual se adheriría un segmento del prt, quien tomó prestado el nombre de Movimiento al Socialismo (mas) de otros grupos latinoamericanos. Según los críticos de la unidad a toda costa, los intereses de los aparatos partidarios fueron los que se impusieron, pasando a segundo término los de la militancia y las diferencias ideológicas. Otros pensaron en contrario que el proyecto de la izquierda socialista tocó fondo con la implosión del socialismo del Este. Para Semo el “réquiem por las viejas izquierdas” había sonado[12].
Con la excepción de Gilly, casi toda la intelligentsia de la izquierda menospreció el alcance de la escisión neocardenista, en buena medida porque no se ajustaba a la presunción de que la izquierda independiente por sí sola derribaría las puertas de la fortaleza priísta, y también, porque a esas alturas la Revolución mexicana no presentaba signos de vida. De hecho, hacía más de cuarenta años que Jesús Silva Herzog y Daniel Cosío Villegas le habían dado la extremaunción. Descolocados por el acontecimiento, los intelectuales fueron afinando el pronóstico. No deja de llamar la atención la poca simpatía que despertó en los militantes del map, más si tomamos en cuenta que si algo estaba en disputa en ese momento era justamente la nación. Por su parte, la resurrección del cardenismo casaba muy bien con la tesis de la “revolución interrumpida” expuesta por Gilly en los comienzos de los setenta, lo que lo llevó a participar en la campaña del Frente Democrático Nacional (fdn) en 1988, la fundación del Partido de la Revolución Democrática (prd) al año siguiente, y en el gobierno capitalino del hijo del general en 1997. A la vez que se distanció del prd a finales de esa década, porque éste “se desplazó gradualmente hacia el centro, convirtiéndose en una organización únicamente centrada en la política electoral y en las alianzas carentes de principios que ello implica”, reforzó sus lazos con el neozapatismo, movimiento que considera también heredero de la Revolución mexicana. Sin embargo, advierte que “en la actualidad, en México, como en otras partes, el espacio para una izquierda revolucionaria simplemente no existe, de acuerdo con los criterios del siglo xx[13].
Al arrancar los noventa, intelectuales como Jorge G. Castañeda, de pasado comunista y brigadista del sandinismo, vislumbraban un futuro alentador para la izquierda latinoamericana porque el fin de la Guerra Fría le había permitido arrojar por la borda el lastre soviético y comenzar a zafarse del cubano, ofreciéndole buenas posibilidades en la competencia electoral. Castañeda fue tenaz impugnador del fraude de 1988 y crítico agudo del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (tlcan), pugnando por un acuerdo en el sentido del que negociaron los europeos en Maastricht. Perdida esta batalla, el evidente declive del cardenismo, la insurrección neozapatista y el imaginario “choque de trenes” que descarrilaría al país en 1994, lo hicieron caminar por la ruta conocida del itinerario neoconservador, como destaca David Priestland para los intelectuales radicales estadounidenses[14].
Menos estridente fue el repliegue político del también comunista Roger Bartra. De los intelectuales del pcm fue quien más temprano se acercó al eurocomunismo, reconoció el valor de la democracia para el proyecto de la izquierda y se alejó del socialismo realmente existente. No obstante su explícito rechazo del nacionalismo revolucionario, en 1988 se sumó a las voces disconformes con el fraude electoral, combatiendo en la prensa el minimalismo de los intelectuales que llamaban a capitalizar lo que el régimen cediera en el recuento final de los votos y a negociar una reforma política sustantiva. Ningún entusiasmo le motivó el neozapatismo, preocupándole en cambio que en el país comenzaran a establecerse “mecanismos postdemocráticos de legitimación”. Sin embargo, celebró que el prd contribuyera a atajar una salida represiva del régimen, asumiendo que en México “los tradicionales administradores del capitalismo son cualquier cosa menos democráticos”, en tanto que las fuerzas de la izquierda “albergan una persistente vocación democrática”[15].
Consistente en su desprecio hacia los mecanismos autoritarios y clientelares del nacionalismo revolucionario, llevándolo a una dura crítica del candidato presidencial de la izquierda en 2006, no dejó de asombrar la simpatía de Bartra por el prospecto de la “derecha moderna”, tanto porque no reconocía esa faceta de la derecha mexicana (La democracia ausente y La sangre y la tinta simplemente negaron tal posibilidad), como por el talante autoritario que pronto mostró el candidato panista. En verdad no sabemos cuán moderna pueda ser una derecha cuyo primer acto de gobierno fue ocupar militarmente una parte del país, por no mencionar sus objeciones diarias a la secularización, esto es, a uno de los rasgos capitales de la modernidad. A juicio de Bartra, “el marxismo y el socialismo comunista se encuentran en proceso de desaparición y no parecen ser campos fértiles que podrían ser trabajados por un reformismo intelectual renovado”[16].
Enrique Semo --rival político e intelectual de Bartra no obstante que codirigieron por varios años la revista Historia y Sociedad patrocinada por el pcm--, participó en la fundación del prd y, a pesar de reconocer las enormes taras del partido, ha tratado de recuperar de los escombros tribales algunos muebles de la izquierda independiente que por medio siglo contribuyó a formar. Coincidió con Bolívar Echeverría en el grupo de intelectuales que elaboraron el Proyecto Alternativo de Nación de Andrés Manuel López Obrador. Esto no deja de ser ilustrativo del trayecto de la izquierda de los sesenta para acá. Entonces, cada uno estudiaba en uno y otro lado del muro de Berlín, bastando ese elemental dato postal para diferenciar dos perspectivas irreconciliables del comunismo.
Mientras el orden de posguerra llegó a su fin en 1989, ahora crece la evidencia del agotamiento del modelo que lo reemplazó. La ilusión de traspasar un horizonte poshistórico, y por tanto infranqueable, sintomáticamente aproxima el apotegma neoliberal al credo comunista, de la misma manera que ambos comparten la creencia de que basta la ingeniería social para corregir las desviaciones de una ruta preestablecida por la razón. El siglo xx dejó crueles enseñanzas al respecto, mostrando la imposibilidad de esta tentativa. No obstante el innegable progreso material de los últimos doscientos cincuenta años, en grandes porciones del planeta la cuestión social permanece irresuelta y en el mundo desarrollado ha tomado renovada actualidad desde la crisis de 2007-2008. La izquierda debería tener algo que decir, pues la solución de ésta es la razón de su existencia y el trasfondo de su tradición bicentenaria. Desde tres perspectivas distintas han surgido algunas recomendaciones para salir del pasmo de los últimos treinta años: “democratizar la economía de mercado y… profundizar la democracia”, sugiere Roberto Mangabeira Unger; recuperar lo público, plantea Tony Judt; “tomarse en serio a Marx”, recomienda Hobsbawm[17].

Bibliografía

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Periódicos

Excélsior, México D.F.
La Jornada, México D.F.
Unomásuno, México D.F.

Entrevistas

“‘Lo que existe no puede ser verdad’”, entrevista a Adolfo Gilly, New Left Review, núm. 64, 2010, pp. 28-44.
“Viaje a las entrañas de Octavio Paz”, entrevista de Rafael Rodríguez Castañeda a Enrique Krauze, Proceso, 1823, 9 de octubre de 2011, pp. 6-17.


[1] Hobsbawm, Cómo cambiar al mundo, p. 419; Judt, Algo va mal, pp. 72-73.
[2] Véase, por ejemplo, Aguilar Camín, Pensando en la izquierda, 2008.
[3] Paz, “Aterrados doctores terroristas”, pp. 489n, 490; Luis Villoro, “El miedo a la democracia”, Excélsior, 29 de septiembre de 1973; Pereyra, Política y violencia, p. 48.
[4] Ingrao, Crisis y tercera vía, 1980; Poulantzas, Estado, poder y socialismo, 1979; Althusser, Lo que no puede durar en el Partido Comunista, 1978; Balibar, Sobre la dictadura del proletariado, 1977; Mandel, Crítica del eurocomunismo, 1978.
[5] Semo, Viaje alrededor de la izquierda, p. 84; Jorge G. Castañeda, “Lo que puede cambiar en el pcm v. Prueba de dispersión: El Machete”, Unomásuno, 22 de octubre de 1980; Bartra, La democracia ausente, p. 285.
[6] Pereyra, El sujeto de la historia, p. 237.
[7] Cordera y Tello, México: la disputa por la nación, p. 11.
[8] Echeverría, “Carlos Pereyra y los tiempos del ‘desencanto’”, p. 49; Echeverría, Modernidad y blanquitud, p. 217.
[9] Krauze, “Viaje a las entrañas de Octavio Paz”, pp. 8 y ss.; Revueltas, México 68, p. 275; Pereyra, Política y violencia, p. 10; Bartra, Las redes imaginarias del poder político, p. 180-181; Gilly, Sacerdotes y burócratas, 1980; Almeyra, Polonia, obreros, burócratas y socialismo, pp. 196-197.
[10] Althusser, “El problema del Estado”, p. 23; Pereyra, “Señas de identidad”, p. 629; Echeverría, El discurso crítico de Marx, p. 13.
[11] Echeverría, Las ilusiones de la modernidad, p. 17. Énfasis propio; Gilly, “1989”, pp. 83 y ss.; Semo, Crónica de un derrumbe, p. 199; Semo, La búsqueda, II, p. 286.
[12] Anguiano, “El eclipse de la izquierda en México”, p. 359; Modonesi, La crisis histórica de la izquierda socialista mexicana, p. 148; Semo, La búsqueda, I, p. 65.
[13] Gilly, “‘Lo que existe no puede ser verdad’”, pp. , 43, 42, 43-44. Sobre el neozapatismo véase Gilly, Chiapas: la razón ardiente, 1997.
[14] Castañeda, La utopía desarmada, p. 299; Priestland, Bandera roja, pp. 507 y ss.
[15] Roger Bartra, “Legalidad subversiva: las paradojas del fraude”, La Jornada, 5 de agosto de 1988; Bartra, La sangre y la tinta, pp. 24, 22. Se cita éste.
[16] Bartra, Izquierda y derecha en la transición mexicana, p. 25.
[17] Mangabeira Unger, La alternativa de la izquierda, p. 10; Judt, Algo va mal, p. 158; Hobsbawm, Cómo cambiar al mundo, p. 424. Sobre las perspectivas de la izquierda en el horizonte posmoderno merece verse Semo, “La metamorfosis de la izquierda”, 2011. Sin embargo, no deja de sorprender que la “cuestión social”, queda prácticamente al margen de su reflexión.

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